Mostrando entradas con la etiqueta Vaticano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vaticano. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de noviembre de 2013

SOBRE LAS RELACIONES DE LA IGLESIA CON LAS RELIGIONES NO CRISTIANAS.

CONCILIO VATICANO II Y JUDAÍSMO

Dados ciertos lamentables acontecimientos que son de dominio público, coinsidero prudente reproducir in totum la Declaración del Vaticano II sobre las religiones no cristianas. He puesto en itálicas la parte referente a la religión judía, y además he puesto en negrita el claro rechazo a la teoría del "deicidio".

(http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decl_19651028_nostra-aetate_sp.html )



DECLARACIÓNNOSTRA AETATE
SOBRE LAS RELACIONES DE LA IGLESIA
CON LAS RELIGIONES NO CRISTIANA
S

Proemio
1. En nuestra época, en la que el género humano se une cada vez más estrechamente y aumentan los vínculos entre los diversos pueblos, la Iglesia considera con mayor atención en qué consiste su relación con respecto a las religiones no cristianas. En cumplimiento de su misión de fundamentar la Unidad y la Caridad entre los hombres y, aún más, entre los pueblos, considera aquí, ante todo, aquello que es común a los hombres y que conduce a la mutua solidaridad.
Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la faz de la tierra, y tienen también un fin último, que es Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y designios de salvación se extienden a todos, hasta que se unan los elegidos en la ciudad santa, que será iluminada por el resplandor de Dios y en la que los pueblos caminarán bajo su luz.
Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre, cuál es el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio, la sanción después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia donde nos dirigimos?
Las diversas religiones no cristianas
2. Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días se encuentra en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana y a veces también el reconocimiento de la Suma Divinidad e incluso del Padre. Esta percepción y conocimiento penetra toda su vida con íntimo sentido religioso. Las religiones a tomar contacto con el progreso de la cultura, se esfuerzan por responder a dichos problemas con nociones más precisas y con un lenguaje más elaborado. Así, en el Hinduismo los hombres investigan el misterio divino y lo expresan mediante la inagotable fecundidad de los mitos y con los penetrantes esfuerzos de la filosofía, y buscan la liberación de las angustias de nuestra condición mediante las modalidades de la vida ascética, a través de profunda meditación, o bien buscando refugio en Dios con amor y confianza. En el Budismo, según sus varias formas, se reconoce la insuficiencia radical de este mundo mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con espíritu devoto y confiado pueden adquirir el estado de perfecta liberación o la suprema iluminación, por sus propios esfuerzos apoyados con el auxilio superior. Así también los demás religiones que se encuentran en el mundo, es esfuerzan por responder de varias maneras a la inquietud del corazón humano, proponiendo caminos, es decir, doctrinas, normas de vida y ritos sagrados.
La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn., 14,6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas.
Por consiguiente, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que en ellos existen.
La religión del Islam
3. La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todo poderoso, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse con toda el alma como se sometió a Dios Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia. Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su Madre virginal, y a veces también la invocan devotamente. Esperan, además, el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por ello, aprecian además el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por tanto, aprecian la vida moral, y honran a Dios sobre todo con la oración, las limosnas y el ayuno.
Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres.
La religión judía
4. Al investigar el misterio de la Iglesia, este Sagrado Concilio recuerda los vínculos con que el Pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido con la raza de Abraham.
Pues la Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los Patriarcas, en Moisés y los Profetas, conforme al misterio salvífico de Dios. Reconoce que todos los cristianos, hijos de Abraham según la fe, están incluidos en la vocación del mismo Patriarca y que la salvación de la Iglesia está místicamente prefigurada en la salida del pueblo elegido de la tierra de esclavitud. Por lo cual, la Iglesia no puede olvidar que ha recibido la Revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo, con quien Dios, por su inefable misericordia se dignó establecer la Antigua Alianza, ni puede olvidar que se nutre de la raíz del buen olivo en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que son los gentiles. Cree, pues, la Iglesia que Cristo, nuestra paz, reconcilió por la cruz a judíos y gentiles y que de ambos hizo una sola cosa en sí mismo.
La Iglesia tiene siempre ante sus ojos las palabras del Apóstol Pablo sobre sus hermanos de sangre, "a quienes pertenecen la adopción y la gloria, la Alianza, la Ley, el culto y las promesas; y también los Patriarcas, y de quienes procede Cristo según la carne" (Rom., 9,4-5), hijo de la Virgen María. Recuerda también que los Apóstoles, fundamentos y columnas de la Iglesia, nacieron del pueblo judío, así como muchísimos de aquellos primeros discípulos que anunciaron al mundo el Evangelio de Cristo.
Como afirma la Sagrada Escritura, Jerusalén no conoció el tiempo de su visita, gran parte de los Judíos no aceptaron el Evangelio e incluso no pocos se opusieron a su difusión. No obstante, según el Apóstol, los Judíos son todavía muy amados de Dios a causa de sus padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación. La Iglesia, juntamente con los Profetas y el mismo Apóstol espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y "le servirán como un solo hombre" (Soph 3,9).
Como es, por consiguiente, tan grande el patrimonio espiritual común a cristianos y judíos, este Sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos, que se consigue sobre todo por medio de los estudios bíblicos y teológicos y con el diálogo fraterno.
Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar nada que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, ni en la catequesis ni en la predicación de la Palabra de Dios.
Además, la Iglesia, que reprueba cualquier persecución contra los hombres, consciente del patrimonio común con los judíos, e impulsada no por razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos.
Por los demás, Cristo, como siempre lo ha profesado y profesa la Iglesia, abrazó voluntariamente y movido por inmensa caridad, su pasión y muerte, por los pecados de todos los hombres, para que todos consigan la salvación. Es, pues, deber de la Iglesia en su predicación el anunciar la cruz de Cristo como signo del amor universal de Dios y como fuente de toda gracia.
La fraternidad universal excluye toda discriminación
5. No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. la relación del hombre para con Dios Padre y con los demás hombres sus hermanos están de tal forma unidas que, como dice la Escritura: "el que no ama, no ha conocido a Dios" (1 Jn 4,8).
Así se elimina el fundamento de toda teoría o práctica que introduce discriminación entre los hombres y entre los pueblos, en lo que toca a la dignidad humana y a los derechos que de ella dimanan.
La Iglesia, por consiguiente, reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación realizada por motivos de raza o color, de condición o religión. Por esto, el sagrado Concilio, siguiendo las huellas de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, ruega ardientemente a los fieles que, "observando en medio de las naciones una conducta ejemplar", si es posible, en cuanto de ellos depende, tengan paz con todos los hombres, para que sean verdaderamente hijos del Padre que está en los cielos.
Todas y cada una de las cosas contenidas en esta Declaración han obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la potestad apostólica recibida de Cristo, juntamente con los Venerables Padres, las aprobamos, decretamos y establecemos en el Espíritu Santo, y mandamos que lo así decidido conciliarmente sea promulgado para la gloria de Dios.
Roma, en San Pedro, 28 de octubre de 1965.

Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia católica.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Bergoglio peronista.

¿Un Vaticano peronista?

POR HORACIO GONZÁLEZ*

Como en el Medioevo, se ha desparramado por el mundo una profusa gestualidad que convierte la política en una nueva hermenéutica, una ciencia de los signos con interpretaciones que se sitúan entre lo cabalístico y las más diversas hechicerías. Nunca como hoy, en plena era de los medios, la política de gestos se establece como arte interpretativo, ya no de la manera en que los viejos cultores de la razón económica analizan la curva de precios, sino el orden simbólico que se puede analizar por el misterioso significado de la curva de desgaste de los sencillos zapatos del Papa, sin hablar de los sillones despojados en que se sienta, del tamaño y la materia de su cruz pectoral y del tiempo que insume viajando en ómnibus para abonar de su propia faltriquera una cuenta impaga de hotel.

Entre las tantas reflexiones surgidas de un arsenal siempre disponible de reacomodamientos humanos, leemos en paredes y escuchamos en comentarios diversos la expresión ?el papa peronista?. Por muchas razones está equivocada, pero es tan dificultoso descubrir la raíz del error como perentorio hacerlo. Bergoglio, sin duda, es un habiloso tejedor de lenguajes, donde entre sus glosas sobre las escrituras, siempre un tanto marciales, como corresponde a los hijos del santo capitán Ignacio de Loyola, suelen colarse expresiones barriales. Ya en el Vaticano dijo que si no se camina hacia Jesucristo, abandonando un estado de ?ONG piadosa, la religión o el propio Vaticano pierden el rumbo?. Y remató: ?Así la cosa no va?. Es el idioma de los argentinos, seguramente con un lejano aire tomado de las jergas del idioma italiano. De algún modo, ?así no va la cosa?, parece un latinazgo, pero del barrio de Balvanera, Boedo o de las esquinas de Buenos Aires en donde, según piadosos testigos, se ve a Bergoglio ir a comprar remedios a la farmacia ?a sus pobres curitas?.

Vaya, que sea ?así la cosa?, o ?così la cosa?, puede permitir a muchos interpretar que ahora cambiaría todo, que expiraría el largo período de pobreza en el mundo y las grandes casamatas eclesiásticas comenzarían a pensar en su propia conciencia agrietada y a exonerarse a través de una nueva conciencia social. Y hasta en los ensueños más audaces, en un llamado contra el colonialismo. He aquí el Papa que emerge de conglomerados humanos que viven en el barro, que toma mate en los balcones del Vaticano y hará asaditos en parrilladas argentinas cerca de los frescos de Miguel Angel, lo que nadie se animará a criticarle. Algún que otro gol de un equipo argentino, podrá verse inspirado, en la voz de relatores imaginativos, en la vida de este hombre austero. Vaya, vaya, quizá sea così la cosa. Los jesuitas son pintados en Rojo y Negro, de Stendhal, como personajes cuyo pensamiento yacía bajo rostros inescrutables, siendo los proveedores de la máxima condición conspirativa en la Europa moderna, por la necesidad de actuar bajo diversas formas de clandestinidad frente a las acciones que les dirigen las monarquías del siglo XVIII, considerándolos ?un Estado dentro del Estado?. Un escrito apócrifo tuvo cierta circulación entre los siglos XVII y XIX, la Monita secreta societatis Jesé, considerado el vademécum de la ?conspiración jesuítica? que se abatiría sobre el mundo y que podía ser colocada sobre el bastidor del naciente marxismo. En efecto, los jesuitas fueron tan conspiradores como a otros se les atribuyen feroces conspiraciones contra ellos. Y desde luego fueron víctimas de muchas de ellas. Soldados y clérigos a un tiempo, no se privaban de amenazar a las instituciones monarquistas, imperiales o republicanas durante diversos períodos históricos. A los influjos de estos relatos conspirativos, no siempre injustos contra la Orden más conservadora, pero modernamente militante, no eran ajenos ni Stendhal, ni Eugenio Sue ni Michelet.

No olvidemos que es una orden de cuño militar y que actúa en destacamentos de frontera. Conocemos las famosas ?Misiones?, raro y complejo experimento tomado como ejemplo de comunidad utópica por muchos, y por eso mismo condenado por Sarmiento, que tiene a los jesuitas como obsesión permanente, al punto de que una de las consignas de Loyola (?perinde ac cadáver?: disciplinado como un cadáver) es motivo de ridiculización en sus más diversos escritos, y se la dedica polémicamente al pobre Alberdi, que de jesuita no tenía nada. Pero en el índex sarmientino, el poverello Alberdi figura con ese pesaroso mote. Las fronteras del jesuitismo incluyen los confines ideológicos del marxismo. En el siglo XX, es el jesuita Calvet el que escribe un gran libro sobre Marx, también un trabajo, en este caso de calidad, en las fronteras de la ideología. Lo cierto es que la Compañía es una majestuosa interpretación del barroco político, como forma moderna de sujeción de lo popular dentro de grandes intuiciones místicas. Los jesuitas se destacaron con sus traducciones de los idiomas de los pueblos sujetados: son autores de los más importantes diccionarios de traducciones del guaraní al español. Enemigos de los Borbones de España, incluso llegaron a malquistarse con un papa que admitió sus sucesivas expulsiones de sus propias provincias, entidades territoriales diseñadas por ellos según su propia geopolítica universal, lo que les daba un gran poder frente al Vaticano. Aunque en nombre de él se expresaban, sin dejar también de disputarle posiciones.

Leopoldo Lugones, mucho antes de su incursión en un ultramontanismo, igual al que muchos jesuitas compartieron y toleraron luego, escribe en El imperio jesuítico una crítica monumental repleta de grandes análisis de signos y símbolos de la Compañía de Jesús, desde el punto de vista de la autonomía de la república liberal, que no podía permitirse, como tantos ya lo habían dicho, ?un Estado dentro del Estado?. Este libro es un antecedente de dos grandes trabajos posteriores, El mito de la nación católica, de Loris Zanatta, y la gran investigación de Horacio Verbitsky sobre la historia política de la Iglesia argentina, cada uno con sus profundas características.

Volvamos a la improvisada noción de ?papa peronista?. Además de su equivocada inconsistencia histórica, se priva de considerar las hondas implicancias del nombramiento de Bergoglio y su trabajo sobre los nombres, que no incluyen sólo a Loyola sino al poverello Francisco, que intentó cristianizar a los musulmanes ?misión que como se sabe estaba muy lejos de poder ser exitosa incluso para alguien tan pobre y tan hábil?, pero se conservan sus parábolas de Gubbio, donde cristianizó a un viejo lobo y después de otros milagros que sin duda son ajenos a la tradición jesuítica, murió con las señales de las heridas místicas provocadas por el mismo Jesús reaparecido, como signos de su propia crucifixión doliente. La vida de Francisco de Asís, en el santoral, replica la de Jesús. El tema de fondo es la identificación mística con la vida popular, entendida como entramado de leyendas, ante cierta incomprensión de las jerarquías religiosas o políticas.

La mezcla de jesuitismo y franciscanismo que imaginó Bergoglio con sus primeras exhibiciones de ?estigmas vivientes? ?en este caso no clavos ardientes sino zapatos de uso común, sentarse fuera del trono, no usar mitra? deriva en un debate profundo para nuestro país. Decir ?el papa peronista? es una figura alegórica de engañosos resultados en cuanto a esta polémica. Bergoglio, en realidad, viene a cerrar de un modo oscuro los grandes debates de los años ?70, que implicaban distintas interpretaciones sociales, políticas y teológicas. Viene a cerrarlo con rostro conservador y astuto (recordemos que la astucia era la principal virtud que Julien Sorel, el personaje de Stendhal, les atribuía a los jesuitas, con perdón de los otros grandes representantes de la orden intelectual de la Iglesia, que cuenta con insignes escritores e investigadores). Lo cierto es que estaba aún en tensión en estos años de historia nacional la antigua querella entre los sacerdotes tercermundistas que hacían ?la opción por los pobres? y la idea de controlar la pobreza con el ingenio militante propio del jesuitismo conservador. Se habría impuesto al fin éste, con rara facilidad, aunque en el misterio, mayor que el de una misa, de la reciente votación vaticana.

Tenemos ahora un papa que bendice a todos ?urbi et orbi?, según la ironía del propio Perón, que habría sido superado en estos días por la propia Iglesia, ya en condiciones de bendecir realmente a todo el mundo, desde Lilita Carrió hasta Binner, desde al jugador de fútbol que pone en su camiseta el rostro papal hasta los devotos del ?papa peronista?. La broma ?todos son peronistas? se convertiría en política real por primera vez en la historia argentina: todos son papistas. Lo que ningún papa del pasado habría logrado con la totalidad de los duques y emperadores del Medioevo. Por el momento, esta fruición incluye a los condenados por crímenes contra la humanidad, y es deseable que por fin Bergoglio, con su nombre o con el otro manto lingüístico casi milenario que se puso, pueda decir qué significan su nombre terrenal y su nombre celestial, haciendo lo que hasta ahora no hizo. Sabemos que no quiere ser una ONG misericordiosa. No sabemos aún si quiere esclarecer el pasado o desea astutamente saldar el conflicto de las décadas pasadas en medio de vaporosas tinieblas, enfundando a las clases populares en un orden místico conservador populista, desviándolas de un destino latinoamericano más justo. En este otro destino, debemos ser insistentes en esto, una latencia cristiana social conviviría dignamente con todas las vetas emancipadoras, con las que también podría redimirse un cristianismo enmohecido, no sólo porque no usó sandalias de pescador.

Ahora, cuando decimos el nombre, como si fuera un pigmento secreto, de Guardia de Hierro, no es ni para distraernos con juicios diferidos hacia una ?Orden laica? interna del peronismo, ni usar el fácil exorcismo de los que dicen no olvidar, pero su renuencia a olvidar la ejercen mal. Esta es una cuestión presente y de la que es menester hablar con circunspección. Disuelta esa Orden interna del peronismo, que era un acto de paciente espera mimético en el seno de un orden popular e institucional mayor, quedó como espectro errante su espíritu de centinelas de las ?misiones? disciplinadoras. La otra versión evangélica, asociada a diversas insurgencias y a hombres armados, y que supo invocar a la ?teología de la liberación?, parecía ser la que se había transfigurado, luego de cuatro décadas, hacia zonas de cambio social más reposadas y viables, como las que en parte proponía el kirchnerismo. Este movimiento acude a nombres como el de Cámpora, cercano a esas teologías de emancipación (entre laicas y místicas) y desconocedor de las teologías políticas más fuertes, muy decisionistas y a la vez poseedoras de nociones más estatistas. Recordemos la idea de ?organizaciones libres del pueblo?, de tintes neoderechistas, que moran en los recuerdos de la lengua de Guardia de Hierro y no dejan de evocarse en las homilías de Bergoglio. Son más popularistas que estatistas.

Este debate es como si viniera a cerrarse muchas décadas después, no en la Argentina, sino en el Vaticano. Bergoglio, más allá que haya tenido contactos con aquella disuelta organización y de su dudoso comportamiento en aquellos años, pertenece a esta saga política del ?encuadramiento de lo popular? actuando en el ?interior? de esquemas estatales o militares, para realizar un nuevo activismo que en este caso, como ?organización popular libre?, disputará la dirección de los pueblos que se rigen por un noción no empaquetada de emancipación social. Pueblo organizado libremente, en esta versión, tiene aires de provincia jesuítica y ahora será enigma para vaticanistas. ?Caminar hacia Jesucristo, si no la cosa no va?, dijo Bergoglio en su lengua laminada por lo popularesco. Ratzinger era un intelectual más conservador aún, también de dudoso pasado, y que había dicho en su debate con Habermas que ?Cristo es la estructura del mundo?. Noción demasiado spinoziana y clausurada, para poder actuar en ese ?caminar?, que en Francisco (?llámenme padre Bergoglio?, dice, como podría decir ?llámenme Ismael?) se resuelve en un llamado a la militancia más conservadora. Llamarlo ?papa peronista? se revela entonces, si no fuera una astucia menor, como un lamentable traspié. No quiere este escrito ser anticlerical, como fácilmente imaginan los vertiginosos publicistas vaticanos, que mal copian a las grandes agencias publicitarias de la globalización, sino desentrañar en la fe de los pueblos y en nuestras propias ?creencia en las creencias?, el destino no sólo de la democracia profunda en un país, sino también del alma de las religiones mundiales, que deben despojarse de sus préstamos teológicos a los peores cerrojos políticos que sufren los pueblos del mundo.

* Director de la Biblioteca Nacional, profesor de la UBA.

martes, 19 de febrero de 2013

"!La Santa Sede es, en los hechos, un gran grupo capitalista que actúa en diversos sectores de la economía."


La dimisión del Papa es, en gran parte, 
el resultado de la bancarrota económica. La
 reforma que impulsó el Pontífice fracasó
 y precipitó su caída. 

Alejandro Guerrero para Diario Tiempo Argentino
  

En la primavera boreal de 2009, en lo peor de la crisis, cuando
 todas las chicharras sonaban con luces rojas en el Vaticano,
 el Papa Ratzinger decidió que había llegado el tiempo de
 una reforma profunda en el aparato financiero del trono de
Pedro. Tenía sus razones: la Fiscalía de Roma y la policía
financiera italiana llevaban varios meses con los ojos puestos
en el Instituto para las Obras de Religión (IOR), más conocido
como Banco del Vaticano, después de detectar una cadena de
maniobras ilícitas, transferencias fraudulentas de fondos y
 hasta la sospecha de lavado de dinero.
Ratzinger fracasó. La reforma propugnada por él y su grupo
 de leales (más bien escaso, conducido por el influyente
cardenal Georg Ganswein) no sólo no pudo prosperar; además,
 multiplicó la ferocidad de una lucha interna –llena de conspiraciones, conciliábulos clandestinos y hasta proyectos de asesinato–
 develada, en otra manifestación de la fractura, por los
documentos secretos que el mayordomo infidente Paolo
 Gabriele le entregó al periodista  Gianluigi Nuzzi.
Cuando, en una noche de fines de mayo del año pasado, Ettore
 Gotti Tedeschi, presidente del IOR, vio entrar en su casa
de Milán a un grupo de hombres armados, estuvo seguro,
 según él mismo admitió, de que eran sicarios que iban
 a asesinarlo. Gotti habló de su alivio al comprobar que
 se trataba de policías que llegaban para detenerlo por
 fraudes bancarios. Seguramente, Gotti habrá recordado
a Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano y
 "banquero de Dios", que en 1982 apareció colgado
bajo un puente londinense después de habérsele
 comprobado delitos parecidos.
Gotti fue designado al frente del IOR por Benedicto XVI,
 y ese nombramiento fue, precisamente, una parte clave
 de su intento de reforma financiera. Gotti era un conocido
y exitoso consultor financiero e industrial al servicio de grandes corporaciones europeas, presidente de la filial italiana del Banco
 Santander y profesor de Ética de los Negocios en la Universidad
 de Turín. Su objetivo al frente del banco de San Pedro era
adecuar la contabilidad del IOR a las normas del Banco Central
 Europeo y, de ser necesario, blanquear y hasta admitir la
filtración de dinero ilícito en el Banco del Vaticano.
En definitiva: aquella partida policial que entró, armas
en mano, en la residencia milanesa de Gotti para llevárselo
 preso, da una idea aproximada de la profundidad del
fracaso de Joseph Ratzinger.
Incluso, hubo quienes sospecharon que la caída de Gotti
 obedeció a delaciones que se generaron dentro del Vaticano;
 por lo menos, sus planes chocaban de frente con franjas
 poderosas de la Iglesia. El 24 de mayo de 2012, el día en
que lo destituyeron, dijo: "Me debato entre el ansia de contar
la verdad y el no querer perturbar al Santo Padre con
 tales explicaciones". Parte de esa verdad se conoció por
los documentos que Gianluigi Nuzzi recibió de Paolo Gabriele
 y publicó en su libro "Las cartas secretas de Benedicto XVI".

EL AJUSTE QUE VIENE. Poco antes de la abdicación de
Benedicto, el presidente de la Prefectura para los Asuntos
 Económicos del Vaticano, el cardenal Giuseppe Versaldi,
 anunció que el Vaticano deberá ajustar sus cuentas
 después de haber registrado un rojo de casi 15 millones
de euros el año pasado. Versaldi anunció un nuevo
reglamento orientado a vigilar y controlar las actividades
económicas del Estado vaticano. Por supuesto, se trata
de la economía formal, la que figura en los libros, porque
 las finanzas de la Iglesia son una región oscura, demasiado
 oscura.
El secretario de esa Prefectura, el español Lucio Ángel Vallejo
 Balda, aseguró que el ajuste vaticano no implicará despidos
entre sus 5500 empleados, porque eso, dijo, iría "contra la
doctrina social de la Iglesia". No obstante, habrá recortes
salariales y en las cargas sociales.
En verdad, la crisis vaticana se anticipó a la caída de Lehman
 Brothers. Ya en el periodo 2007-2008, un informe de la
Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA)
 informaba del derrumbe de los beneficios financieros de la
Iglesia por "la brusca y acentuada inversión de tendencia en
 la fluctuación de los tipos de interés, sobre todo del
dólar estadounidense". En ese momento comenzaron cinco
 años de pérdidas continuas.
Así las cosas, ya en 2007 la curia romana aplicó ajustes
severos sobre sus trabajadores, en especial los de rango
bajo y medio, cosa que provocó malestar entre los afectados.
En noviembre de ese año se anunció un nuevo sistema de
"meritocracia" laboral. El cardenal Atilio Nicora, presidente
de la APSA, creó un nuevo "tabulador" con diez categorías
 de sueldos. En principio, la medida fue presentada como
una ventaja, pero pronto los empleados vieron desaparecer
 de sus recibos de sueldo varios rubros históricos que
representaban buena parte de sus ingresos y ahora
les eran cancelados. Además, Nicora ordenó a todos
 los jefes administrativos que no contrataran empleados
 laicos con familia, para evitar el futuro pago de pensiones.
 No obstante, la crisis no ha hecho más que avanzar.
Poco antes de su detención, Gotti, en una carta al secretario
 de Benedicto, el ya nombrado Georg Ganswein, decía que
 los peligros para Roma en el siglo XXI "no residirán en la
 expropiación de los bienes de la Iglesia sino en su pérdida
de valor (…) en el final de los privilegios y en los mayores
 impuestos previsibles sobre sus bienes".
La Iglesia, se sabe, tiene inversiones múltiples y es parte
 del paquete accionario de grandes corporaciones
(por ejemplo Beretta, uno de los principales fabricantes
internacionales de armamento). Además, tiene en todo
 el mundo decenas de miles de inmuebles que explota
comercialmente. Sin embargo, la crisis ha hecho que
 los ingresos por esa explotación disminuyeran
 drásticamente. En algunos casos se ha llegado a una
 situación de descalabro: por ejemplo, la arquidiócesis de
Filadelfia ha puesto en venta gran parte de su patrimonio
y ni siquiera encuentra comprador.



Gotti proponía, y así lo dijo en una carta que envió al secretario de Estado vaticano, Tarcisio Bertone, organizar un organismo de control que estableciera un método para "valorar los bienes, aumentar las recaudaciones, reducir los costos y minimizar los riesgos". En otro documento, dirigido al mismo destinatario, recomendaba instaurar un sistema que introdujera "mínimos estándares, ya sea para la seguridad y el provecho de las inversiones, dado que el clero es a menudo víctima de asesores interesados, ya sea para la gestión y valorización
 del patrimonio." En esa carta, Gotti aludía además
 a la necesidad de proceder a una "revisión total"
 de la contabilidad de la Iglesia, incluidos todo tipo de bienes.
Casi enseguida, la Fiscalía de Roma "se enteró" de una serie
 de maniobras fraudulentas cometidas por Gotti y por
 el director general del IOR, Paolo Cipriani.
Así, el 21 de septiembre de 2010, las autoridades financieras
 confiscaron los activos de una cuenta del Banco del Vaticano
en la sucursal romana de Crédito Artigiano SA. Los
 investigadores explicaron que el IOR se abstuvo de informar
 sobre el origen y el destino de los fondos, cosa a la que estaba
 obligado por la ley italiana. La mayor parte de ese dinero (unos
 20 millones de euros), estaba destinado al JP Morgan en
 Francfort; el resto, a la Banca dei Fucino.
En otro caso, las autoridades sicilianas anunciaron, a fines
 de octubre de 2011, que habían descubierto una maniobra
de lavado de dinero en la que estaba involucrada una cuenta
 del IOR, abierta a nombre de un sacerdote romano.
Los investigadores aseguraron que de esa cuenta habían
salido unos 250 mil dólares –obtenidos ilegalmente–
 con destino a una empresa de cultivo de peces, a título
 de "donación caritativa". Esa empresa era propiedad de
 un tío del sacerdote, condenado por asociación ilícita. Luego,
 ese dinero fue enviado de regreso a Sicilia desde otra cuenta
 del IOR, mediante una serie de operaciones de banca
 electrónica que hacen muy difícil rastrear la ruta del dinero.
En aquel caso, antes que una maniobra con un monto
 pequeño de dinero, quedaba develado un método delictivo.
Así fue que una noche de mayo del año pasado la policía sacó
 a Gotti de su casa, esposado. Así terminaba su carrera y
 así terminaba, también, el papado de Benedicto XVI.

EL ORO DE ROMA. Según reportes confidenciales que
trascendieron el año pasado a la prensa italiana, el Vaticano
 hizo entonces compras de oro por unos 19 millones de euros,
equivalentes a casi una tonelada de metal.
De todos modos, esas inversiones forman parte de la
contabilidad "blanca" del Vaticano. Los libros secretos,
 en cambio, deben contener la información a la que seguramente
se refería Gotti cuando decía debatirse entre "la necesidad de
 decir la verdad" y el deseo de "no perturbar al Santo Padre"
con esos informes.
Si bien la contabilidad formal del Vaticano parece desmentir
las versiones sobre las riquezas de la curia, otros investigadores
sostienen tesis que parecen emparentarse con las sugerencias
 de Gotti.
Por ejemplo, Avro Manhattan, tal vez la más alta autoridad
en materia de política vaticana, fallecido en 1990, escribió en
 su libro Los billones del Vaticano que la Iglesia de Roma
tenía fuertes inversiones con los Rothschild de Inglaterra,
Francia y los Estados Unidos; en el banco Hambros y en el
 Credit Suisse de Londres y Viena. En los Estados Unidos,
indica Manhattan, se habían detectado inversiones vaticanas
 en los bancos Morgan, Chase-Manhattan, First National de
Nueva York, Bankers Trust Company y otros.
Manhattan informa también de porcentajes importantes,
en manos de la Iglesia, de los paquetes accionarios de
grandes corporaciones como la Gulf Oil, Shell, General
Motors, Betlehem Steel, General Electric, IBM, TWA y
muchas otras. En la década de 1970, sólo en Estados Unidos,
las inversiones de la curia romana sobrepasaban ya los 500
millones de dólares.
Mucho más tarde, The Wall Street Journal aseguró que el
 Vaticano era el corredor de bolsa más importante del mundo,
 con capacidad de mover un millón de dólares en lingotes de
 oro en una sola operación bursátil –es decir, en unos
minutos– sin que se conocieran los fondos que el ministerio
 petrino guardaba en la Reserva Federal norteamericana.
Otro medio financiero, el United Nations World Magazine,
calculó que el tesoro de oro sólido del Vaticano llega a
muchos cientos de millones de dólares. Más conocida
es la participación de la Iglesia en el paquete accionario
del Continental Illinois Bank, que llegó a ocupar la 14ª
posición entre los grandes bancos del mundo, y el 8º de
los Estados Unidos. La curia tuvo un sacerdote sentado
en el consejo de administración de esa entidad financiera.
En definitiva, las actividades financieras del Vaticano son
una región penumbrosa, que en el pasado derivó en el
 asesinato de un banquero y en el pedido de captura de
un cardenal, Paul Marcinkus, director del IOR y el hombre
 más influyente, por lo menos en materia financiera, durante
 el papado de Juan Pablo II. Ahora, la crisis financiera ha puesto
a la luz del sol una parte de lo que antes estaba en aquella penumbra.
Y, por primera vez en 600 años, ha hecho que un Papa decida
 retirarse a la soledad de un convento de clausura.  «

El antecedente del banco ambrosiano

El Banco Ambrosiano, cuya mayoría accionaria pertenecía al IOR,
 o Banco del Vaticano, era una institución antigua: se fundó en
 1896, y perduró hasta su derrumbe estrepitoso en 1982.
La caída del Ambrosiano develó una asociación delictiva
entre su presidente, Roberto Calvi, y el entonces titular
 del IOR, el cardenal norteamericano Paul Marcinkus.
 Y, con ellos, un mafioso de la vieja escuela: Michele
Sindona, empresario, banquero, vinculado con la logia
 Propaganda Due (P2) y con lo más selecto de la política
italiana, como, por ejemplo, el ex primer ministro
 democristiano Giulio Andreotti. Incluso, la posibilidad de
que Juan Pablo I haya sido asesinado por el entretejido
 mafioso del Ambrosiano y el IOR fue uno de los
argumentos secundarios de El Padrino III, de Francis
Ford Coppola.
Nacido en Patti, Sicilia, de padres pobres, Sindona fue
 educado por la Compañía de Jesús. Con aptitudes
 inusuales para la matemática y la economía, se graduó de
 abogado en 1942 y, a fines de los años 50, ya era amigo de
 Giovanni Montini, quien luego sería Paulo VI. En ese entonces,
 Sindona estaba asociado con la familia criminal de los Gambino,
a quienes les administraba las ganancias obtenidas por el tráfico
de heroína.
Poco después, Sindona comenzó a comprar bancos por intermedio
 de su grupo financiero, Fasco, y se asoció con la banca
vaticana, el IOR.
El 11 de julio de 1979, Giorgi Ambrosoli, el abogado que
 liquidó los bancos de Sindona cuando el grupo Fasco se
derrumbó, fue asesinado en Milán. Condenado a 25 años
de prisión, fue envenenado con un café en el penal de
Voghera, el 27 de marzo de 1986. En ese momento, su
antiguo socio Roberto Calvi llevaba cuatro años muerto:
había aparecido ahorcado bajo un puente de Londres. El
 cardenal Marcinkus, por su lado, eludía, refugiado en el
 Vaticano, un pedido internacional de captura.

El libro del escándalo y las infidencias del mayordomo gabriele

Por primera vez, al menos en la historia moderna de la
Iglesia, secretos vaticanos guardados bajo siete llaves
salieron a la luz por la infidencia del ex mayordomo del
 Papa, Paolo Gabriele, quien entregó documentos
confidenciales del papado al periodista Gianluigi Nuzzi,
quien las publicó en un libro explosivo: Las cartas secretas
 de Benedicto XVI.
En el prólogo, Nuzzi relata que Gabriele (identificado allí
con el pseudónimo "María") le dijo: "En algunos momentos
de la vida se es hombre o no se es ¿La diferencia? Viene
 dada sólo por el valor de decir y hacer lo que sabes y
 consideras justo. Mi valor es conocer las vicisitudes más
 atormentadas de la Iglesia. Hacer públicos ciertos secretos,
 pequeñas o grandes historias que no superan el portón
de bronce. Sólo así me siento libre, desligado de la
insoportable complicidad de quien, aun sabiendo, calla".
Por el texto desfilan el despido de Dino Boffo, ex director
 de Avvenire, a quien una campaña de prensa de Il Giornale
obligó a dimitir. En cartas reservadas, Boffo atribuye
 a Tarsicio Bertone una conspiración contra él por
 razones dinerarias. "El enredo es demasiado grande", dice allí.
"Santidad, la confusión reina en el corazón de la Iglesia", le
 escribe Bertone a Ratzinger en otra de esas cartas. Bertone,
entre otras cosas, había atribuido a "una ínfima minoría"
 los casos de pedofilia que le costaron a Roma el pago
de indemnizaciones millonarias a las víctimas (Bertone,
en 2011, recibió cartas amenazantes que comenzaban con
 una cita de Don Juan Bosco, fundador de la orden salesiana:
 "¡Grandes funerales en la corte!"
Ese mismo año, Bertone se vio envuelto en varios escándalos
 financieros, que no trascendieron, con la dirección contable
 de la Universidad Católica de Milán, con el proyecto de crear
 un nuevo polo sanitario y con la fusión del policlínico Gemelli,
 de Roma, con el hospital San Rafael y la clínica Niño Jesús.
 "En el centro de la atención –escribe Nuzzi– estaba el pulmón
financiero que contiene el ateneo milanés y el hospital de la
 capital: el Instituto Toniolo de Milán". El presidente del
Toniolo era el cardenal Dionigi Tettamanzi, ex director de
 la arquidiócesis de Milán, a quien Bertone quería desplazar
para poner en su lugar, cosa que finalmente logró, a un ex
 ministro de Justicia de Romano Prodi: Giovanni Maria Flick.
Bertone acusaba a Tettamanzi de haber dilapidado 8 millones
 de euros destinados a la ampliación de un colegio católico en
 Roma. Finalmente, aunque Tettamanzi había sido nombrado
por Juan Pablo II y ratificado por Benedicto XVI, Bertone lo
echó con un fax.
Más adelante, al referirse a documentos sobre el IOR, Nuzzi
 señala:
"No se sabe si fueron los bancos de las finanzas blancas del
Norte los que presionaron sobre Gotti Tedeschi, como el
banquero confía a los amigos, o si fue un sueño llevado a
cabo con obstinación por Bertone con el objetivo de crear
 un polo hospitalario controlado por el Vaticano", en una
 operación que, según el periodista, terminó con una pérdida
de 1500 millones de euros y desvíos de otros montos importantes, investigados ahora por la Fiscalía de Roma. El sacerdote Don
 Verzé, "padre patrón" del hospital San Rafael, involucrado en
 el affaire, tomó una decisión inusual en un católico: se pegó un tiro.
 Mario Cal, que había sido su principal colaborador, dijo:
"No sabemos a cuánto asciende el agujero de la estructura.
 Falta cualquier contabilidad. Caminamos en la oscuridad."
En otro párrafo, el libro dice:
"Sobre los riesgos del futuro económico del mundo occidental, la preocupación de la curia romana es muy alta. Entre temores y preocupaciones crecientes, los análisis y las propuestas que
llegan de expertos acreditados se vuelven esenciales. Tanto
 que los profesores y los economistas que ofrecen más
credenciales y confianza aumentan su poder, asumiendo
 papeles relevantes".
Era el caso, por ejemplo, de un católico conservador que en
 poco tiempo se convirtió en uno de los hombres más
 poderosos del Vaticano: Ettore Gotti Tedeschi. Ya se sabe
 qué pasó con él.

Monjas díscolas, otro problema económico

Otro problema financiero puede surgirle al Vaticano por el
 lado menos pensado: la rebelión de las monjas o, por lo
 menos, de algunas de ellas.
En los Estados Unidos ha surgido un movimiento disidente
 entre las religiosas, que ya agrupa a varios miles de ellas
. Las monjas rebeldes sostienen una propuesta de
renovación eclesiástica en puntos tan importantes
 para la Iglesia como el control de la natalidad, la
 tolerancia de la homosexualidad y, sobre todo, la
 revalorización femenina. Esas monjas se agruparon
en la Conferencia de Mujeres Religiosas (LCWR,
 su sigla en inglés) se reunieron hace poco con tres
 obispos enviados por el Vaticano. En abril de 2008,
la Congregación de la Doctrina de la Fe (sucesora
de la Santa Inquisición) dictaminó que las religiosas
 tienen "serios problemas doctrinales". La hermana
 Pat Farrell, presidenta de la LCWR, declaró ahora
que "el diálogo sobre doctrina no será nuestro punto
 de partida. Será nuestra vida religiosa." Así, en Roma
 ya calculan las consecuencias que esa postura puede
tener para las arcas clericales, pues entre los católicos
 norteamericanos están varios de los donantes más
 generosos de la Iglesia.