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miércoles, 20 de mayo de 2015

El remoto origen de ciertas cosas.

Como afiliado al Partido Liberal Likud de Eretz Israel que soy,me da bronca que los antisemíticos comunistas y musulmanes nieguen los holocaustos sufridos por nuestros heroicos hermanos hebreos en Jesús de Nazareth,pues ya en su origen el traidor Karel Mordejai,más conocido como el antisemita Karl Marx,fue el fundador del antisemitismo moderno,y su solo apellido me da verguenza porque soy un admirador ferviente del humor hebreo de Groucho Marx y de sus hermanos Chico y Harpo...
Por ello me enoja que,para inventar el antisemitismo comunista,Karel Mordejai cambiase el apellido báltico-prusiano de toda su familia por el augusto apellido alsaciano germano-francés de Marx,el cual es católico y judío al mismo tiempo...
Cuando el austro-húngaro de origen ucraniano Adolphe Czapnik,más conocido como el enchastraparedes Füehrer Adolf Czapnik-Hitler,quien era descendiente de los traidores Schieckengruber,inventa el mito antisemita titulado como"Raza y Destino",lo único que hizo fue plagiar los escritos de Marx y del bochornoso Muftí musulmán de Jerusalém...
El primer libro escrito por el traidor Karl Marx fue una mentira infamante denominada como"La Cuestión Judía",en la cual trata de ensuciar el buen nombre de nuestro común Pueblo Elegido por ser el preclaro linaje de Nuestro Señor Jesucristo,y por ser el Pueblo Hebreo una de las cinco raíces de nuestro europeizante Occidente judeo-cristiano junto a nuestras raíces caucásicas tirsenas latinas grecorromanas,germanoides,íbero-gaélicas,celto-goidélicas,vasco-francesas,escandinavas,bajo-sajonas,y eslavo-occidentales.
Asi fue como Marx escribió sus malintencionadas diatribas vinculando con pervertida falsedad a nuestras comunes Colectividades Hebreas con el exitoso capitalismo de Adam Smith,y,como nadie en su sano juicio le creía ni el bendito,entonces este traidor de Karl Marx inventó una secuela de su libro"La Cuestión Judía",y la denominó como"Das Kapital",es decir,"El Capital"...
Y esta última obra también estaba plagiada de los escritos musulmanes de la familia''Palestina"del infecto Muftí de Jerusalém,y también del Torám de los Emperadores Turcos Otomanos,debido a que antes de la Primera Guerra Mundial,tanto lo que hoy denominamos como Palestina,asi como también Siria,Armenia,y Líbano,eran satrapías del criminal Imperio Otomano,pero,mientras tanto en la Rusia Zarista los últimos tres Zares escribían otra infamante mentira antisemita titulada como"Los Protocolos Sionistas"...
Con todas esas fuentes tan falsas originadas por los criminales que gobernaban el pervertido Imperio Otomano y el criminal Imperio Zarista,este asqueroso traidor de Marx se hace rico compilándolas primero en su libro original titulado"La Cuestión Judía",que más tarde daría origen a su porquería máxima titulada como"El Capital",pero no bien el Imperio Prusiano infiltra al homosexual traidor antisemita de Lénin en Moscú,allá por 1917,los marxistas comienzan a hacer circular miles de escritos en contra de nuestros heroicos hermanos hebreos,los cuales eclosionan durante las masacres antisemitas de Octubre de 1917 en Moscú,adonde miles de comerciantes hebreos son torturados y asesinados por órden directa del amanerado felón de Lénin.
Pocos años más tarde,ya en 1924,el ex-oficial de la policía secreta del Zar,más conocido como el borracho sirrósico de José Stalin,llega,junto a su títere Trofim Lysenko,a ser el maldito tirano proletario de todas las Rusias,con lo cual encarga al inservible de Lysenko escribir un libro de biología que demuestre que los comunistas son la"Raza Superior",y que nuestros estimados hermanos hebreos son como una manga de langostas que viven como parásitos de vaya a saber quien...
Asi fue como este guerrillero soviético de Trofim Lysenko escribe su maldita porquería antisemita denominada como"La Raza Superior del Homo Soviéticus",adonde afirma la estupidez de que los guerrilleros,partisanos,y terroristas marxistas son la"Raza Superior"profetizada por Mahoma,que está destinada a amasijar a los capitalistas católicos,judíos y protestantes,para generar el"Mundo Feliz"que había descripto Marx y que estaba encarnado por su amigo el monstruoso Stalin,cuya macabra obra fue continuada sus no menos genocidas sucesores.
Y asi entre disgustos y malos ratos llegamos a los depresivos años treinta,cuando el enchastraparedes de Adolphe Czapnik-Hitler,descendiente de los Schickengruber de Ucrania,recibe de los comunistas todas estas asquerosidades escritas por todos estos enfermos mentales marxistas antes citados,en las cuales se levantaban calumnias con las que se pretendía difamar a nuestros heroicos hemanos hebreos,y como Hitler compartía con Lysenko su misma paranoia enfermiza,entonces escribió su libro titulado"Raza y Destino",adonde plagia a Lysenko y a Marx,para luego continuar con su porquería estatista denominada"Mein Kampf",es decir,"Mi Lucha"...
Hoy día la maldita tiranía neo-sasánida de la meseta del Irán ha resusitado todos los ridículos mitos antisemitas del maldito marxista de Lysenko y del prusianista de Hitler,y está construyendo bombas atómicas,asi como también miles de ejércitos clandestinos de terroristas islámicos para atacar a nuestros heroicos hermanos hebreos,y a todos nosotros los seres pensantes de Occidente quienes tengamos la culpa de no ser ni musulmanes ni comunista...
Por todo ello,lo que yo propongo a los seres pensantes judeo-cristianos occidentalistas es hacer una alianza filosófica e ideológica con todos nuestros hermanos likudistas de Eretz Israel,para asi contrarrestar a Irán,encarcelar a la Cretina de Kirchner,asi como a todos los pro-iranios castristas de los Timerman,los Szpolski,los Kicillioff,y todos los Verbistzki,quienes han traicionado a nuestras Colectividades Judeo-Argentinas para venderse a Irán,y yo estimo que tan solo asi podremos algún día echar a los falsos inmigrantes musulmanes que invaden Europa,y de paso meter en prisión a un traidor como Obama,quien tanto daño nos ha causado a todos nosotros...¿Soy claro ó lo explico de nuevo?...

jueves, 15 de mayo de 2014

Antonio Ruiz Díaz y el GPS roto, o la navegación boba.

Antonio Ruiz Díaz es un fiel exponente de la decadencia y la degradación doctrinaria.
Ya explicamos como desde un supuesto catolicismo, nos llevaba inperceptiblemente hacia el agnosticismo.
Relativista extremo, en su facilismo conceptual, no mide el daño escandaloso que provoca en la malformación de la gente sobre la que tiene ascendiente.
Pero como dijimos oportunamente...."si un niño nace en un garage, eso no lo convierte en auto.Si Antonio Ruiz Díaz se pasa el día en la Iglesia, eso no lo convierte en católico....
Y como se trata de hechos y no de palabras o gestos al tono, veamos al gran prevaricador en acción.
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El hombre pide a los concurrentes que busquen en sus Biblias el pasaje de Lucas 15, en que habla de la oveja perdida.Pide a concurrentes que lo lean en voz alta, y luego dileta sobre el tema.
Veamos que dice LA PALABRA---


 15:4  ¿Qué hombre de vosotros (“Jesús apela a los propios sentimientos de sus oyentes”, B-S; la palabra hombre es enfática y la implicación es que si bajo estas circunstancias el hombre actúa así, cuánto más Dios lo hará, JWM), teniendo cien ovejas (en esta parábola no hay distinción entre ovejas y cabritos como en Mat. 25:32, porque en esta parábola, como en Ezeq. 34:6, las ovejas son judíos), si pierde una de ellas (por ej., los publicanos y pecadores que le escuchaban), no deja las noventa y nueve (los fariseos y escribas que creían que eran muy justos) en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? – Esto indica una búsqueda seria e intensa.
      Jesús razona desde lo menor a lo mayor (de oveja a hombre). Compárese Luc. 11:11-13, razona desde lo humano (cómo el hombre actúa) a lo divino (cómo Dios actúa). Jesús razona desde el punto de vista de lo que ellos hacen o aprueban; es decir, Jesús buscaba al hombre perdido y los fariseos y los escribas murmuraban, pero ellos hacían la misma cosa si era oveja, pero como Jesús dice en otro texto (Mat. 12:12), “Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja?” Así es que, si los fariseos aceptaran la primera parte de esta parábola, deberían aceptar la segunda parte. Si estaban de acuerdo con la actitud del pastor de ovejas, entonces deberían estar de acuerdo con la actitud de Cristo (el Buen Pastor, Jn. 10:14) cuando se encuentra una de sus ovejas perdidas. ¿Cómo podían decir que los publicanos y pecadores tenían menos valor que las ovejas?
      Las ovejas son dadas a descarriarse y perderse. Son animales indefensos y necesitan dirección y protección. Por eso, el pueblo de Dios se comparan con ovejas. “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino”, Isa. 53:6; “Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas”, 1 Ped. 2:25. Cristo vino al mundo para buscar y salvar a los perdidos (Luc. 19:10). Compárense Sal. 23; Isa. 40:11; Ezeq. 34:15, 16).
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Luego, el agnóstico, procede a diletar un rato, sacar conclusiones, y después de la sesión de entretenimiento grupal, da por terminado el tema.
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¿Pero que hace el sujeto cuando hay que dejar de hablar y empezar a hacer?
Pues exactamente lo contrario que predica.
Por ejemplo, un muchacho, que evidentemente vive en zona de riesgo, deja de concurrir y nadie lo puede ubicar.A pesar de los pedidos en ese sentido, se desentiende de su suerte.
El sujeto habla del "desapego", en medio de reuniones con constantes invitaciones al abrazo y la palmada.
Da asco ajeno.
En realidad, con su teoría deformada del apego, plantea la sicopatía como estilo de vida.El propone un "cristianismo" berreta, del saludito y la sonrisa, pero que no tiene empatía por el otro.El otro es distante y cosificacble, olvidable.
Pero eso es hasta que se encuentra con una sicópata manipuladora muy peligrosa, Noemí Saig, que en medio de un reunión levanta su dedo índice y le impone el uso de la palabra, ante lo cual el baludaque corre a un rincón y calla avasallado.
Es decir que este mamarrachesco personaje, distrata a los buenos y acata a los cretinos.
Normalmente envía mensajes de texto a diario, pero si alguien lo cuestiona en los disparates que hace, automáticamente lo aisla e incomunica.
Si alguien busca un ejemplo de fariseismo explícito, lo tiene en vivo y en directo.
Y obviamente, se va muniendo de un grupo de engendros que lo acompañan en su patología y de otros que arrastrados por código de pertenencia callan ante los dislates.
Antonio Ruiz Díaz hace rato que perdió la orientación, aunque algunos distraidos lo siguen creyendo católico.

miércoles, 13 de marzo de 2013

“La relación de los últimos Papas con el Poder”.

Red Patriotica Argentina 



 
 En referencia al artículo “La relación de los últimos Papas con el Poder” (Diario La Nación, lunes 4 de marzo de 2013), de Mons. Mariano Fazio (Vicario del Opus Dei),  reproducimos parcialmente el artículo “Los neomaritaineanos” del Dr. Fernando Romero Moreno  publicado en el número 22 del Diario de Filosofía del Derecho de “El Derecho” (UCA), Noviembre del 2011, en el que se refiere a ciertas tesis del Vicario del Opus Dei en la Argentina,
Si bien esta pagina tiene una finalidad estrictamente política este articulo  y el del Dr. Romero Moreno son de suma importancia para dejar aclarada una serie de cuestiones que suelen ser motivo de debate en este blog. Sabemos que a una teología se corresponde una política determinada y al liberalismo teológico se corresponde por lo general el liberalismo político y económico y en la actualidad, la adscripción a las políticas y estrategias globales que llevan adelante el imperialismo norteamericano, sus aliados y el Sionismo o sea el Poder Mundial. Suelen identificarse estas tendencias con lo que llamamos "Sionismo Católico", muy difundido en EE UU (aqui aunque no se note también) de la mano de Michel Novak, teórico de la "guerra justa" noreamericana, contra Irak. 
Podemos decir entonces:
1.- El articulo de Mons. Fazio deja en claro que la posición liberal está bastamente difundida (el es cabeza local de una organización católica de primordial importancia) entre la mas alta jerarquía y el clero católico asi como entre la feligresía. En determinadas capas sociales es abrumadoramente mayoritaria.
2.- Se deduce del articulo, el por qué,  quienes  profesan esa tendencia, solo les preocupa y eventualmente luchan (siempre de forma tibia o inapropiada) contra ciertas políticas del Sistema o Régimen de Dominación (aborto, control de la natalidad, "casamiento" de los homosexuales) y no rechazan al mismo en un todo. Pretenden aceptarlo con beneficio de inventario, cosa que a todas luces es imposible por el carácter totalitario del Poder Mundial esencialmente liberal, que alienta la Globalización homogeneizadora de la política, la economía y la cultura; y dilusora de las soberanias nacionales. Aquello del pensamiento único y finalmente de un mundo sin  fronteras ni nacionalidades hermanado por los mercados especialmente financieros.
3.-También ilustra mucho sobre  por qué, gran parte de la jerarquía acepta el pensamiento hegemónico: derechos humanos. democracia moderna, "respeto a la identidad de cada uno" (termino sospechoso y ambiguo), sacralización del denominado "Holocausto" etc. dejando absolutamente en el olvido las condenas ex catedra al liberalismo por pare de los Papas Pio IX y la que se realizara al Modernismo por boca de Pio X, como si las mismas fueran inexistentes y calla también que muchos de los Papas que sí menciona  condenaron en su momento  al liberalismo y al modernismo.
4.- Finalmente nos hace inferir el acotadisimo margen, para no llamar  imposibilidad practica y concreta, de hacer política confesional dirigida a la conquista de espacios de poder y eventualmente a conquistar el Estado, pues siendo esta la visión teológica-política imperante en la cupula de la  Iglesia, encontrar un aval mínimo para ello seria muy dificultoso, pues la jerarquia, lo considerarían incurso en el error de "clericalismo".
Recomendamos leer estos dos articulos y complementarlos con la lectura de "Documento Vaticano y Gobierno Mundial" del Tte. Cnel Santiago Roque Alonso en Diario Patria Argentina de enero y abril de 2012 (Boletines CCP 172 y 174) para conocer la verdadera magnitud y finalidad del liberalismo católico.


 LA RELACION DE LOS ULTIMOS PAPAS CON EL PODER.
 Por Mons. Mariano Fazio

PIO IX CONDENÓ EX CATEDRA AL LIBERALISMO EN EL SILLABUS

D e Benedicto XV a Benedicto XVI, la Iglesia contó con pontífices "expertos en humanidad", fieles a su misión. Provenientes de distintas naciones y estratos sociales, con personalidades muy diferentes entre sí, los papas de los últimos 100 años, desprovistos de poder humano, pero confortados con la asistencia divina, han sido auténticos testigos de la verdad y de la caridad. Nunca en la historia de la Iglesia moderna se han sucedido en la sede de Pedro vicarios de Cristo tan convincentes, que se convirtieron, para toda la humanidad, en custodios y garantes de la dignidad de la persona y promotores de la paz.
En 1870, la Iglesia Católica había perdido el dominio sobre los Estados pontificios. A partir de esta carencia de poder temporal, la voz de los papas se hizo sentir clara y nítida, pues la autoridad moral del pontificado creció en forma exponencial después de la desaparición de su poder político. La libertad espiritual ganada por la Sede Apostólica es uno de los beneficios providenciales que trajeron esos sucesos, considerados por los católicos de ese momento como un golpe durísimo infligido a la Iglesia.
El proceso de secularización se puede interpretar en dos vertientes: en primer lugar, como la intención de excluir totalmente a Dios de lo público, reafirmando la autonomía absoluta del hombre, constituyendo la religión como un hecho privado, carente de interés -y hasta peligroso- para la vida social.
En segundo lugar, como proceso de desclericalización de la vida política y social, que reivindica la legítima autonomía relativa del orden temporal. Benedicto XVI llama a la primera vertiente laicismo, y a la segunda, sana laicidad. Esta tríada clericalismo-laicismo-sana laicidad ofrece la posibilidad de comentar la compleja relación entre la Iglesia y la Modernidad.
Los casi 100 años que van desde el pontificado de Benedicto XV hasta la actualidad han visto un aceleramiento del proceso de secularización. Los romanos pontífices no fueron espectadores pasivos de este proceso. El camino recorrido comienza con Benedicto XV y coincide con el inicio de la Primera Guerra Mundial, hecho histórico clave para comprender la crisis de la cultura de la Modernidad en la que estamos todavía inmersos: la Gran Guerra fue un mentís al optimismo decimonónico liberal y positivista que pensaba que el siglo XX sería el siglo de la glorificación prometeica de la humanidad. En las trincheras de media Europa, esta ilusión se desvaneció rápidamente.
La Primera Guerra Mundial inaugura un período cultural nuevo, no tanto por el cambio de las categorías mentales, sino por la vívida percepción de las consecuencias sociales, económicas, políticas y morales de esas mismas categorías ideológicas: se rompe el paradigma del progreso indefinido por medio del avance científico.
El pensamiento de los papas del último siglo se puede dividir en dos partes, con el Concilio Vaticano II en el centro: la primera incluye los pontificados de Benedicto XV, Pío XI y Pío XII (1914-1958), y la segunda parte se ocupa del Concilio Vaticano II, que se desarrolla durante los pontificados de Juan XXIII y Pablo VI, y se despliega en la vida de la Iglesia durante los de Juan Pablo II y Benedicto XVI.
En la primera mitad del siglo, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII tuvieron que enfrentarse a manifestaciones violentas y extremas de la secularización entendida como afirmación de la absoluta autonomía humana. Frente a los totalitarismos de derecha y de izquierda, los papas reaccionaron denunciando la pérdida de la visión trascendente de la persona, que implica respeto por su dignidad espiritual y una organización político-social acorde con dicha dignidad.
No se trató sólo de denuncias: las propuestas para el restablecimiento de la paz y de la justicia, las movilizaciones a favor de las víctimas de las tragedias contemporáneas, la exposición de los principios de una doctrina social que pone en el centro de su atención la persona humana y sus derechos y el recurso a la oración para promover la misericordia constituyen algunos de los medios practicados por los papas de la primera mitad del siglo para aliviar las consecuencias de las guerras.
Benedicto XV, Pío XI y Pío XII tuvieron clara conciencia de la gravedad del proceso de secularización que consagraba una visión que exasperaba el afán de dominación. Las circunstancias culturales de su época les hacían añorar una societas christiana que había sido el paradigma social de la Edad Media y, en menor medida, el del Antiguo Régimen. No se trataba, obviamente, de una nostalgia ingenua de un tiempo pasado que también presentaba notables limitaciones. Pero todavía no estaban los tiempos maduros para una toma de conciencia plena de la positividad de la laicidad.
No obstante, las continuas referencias de Benedicto XV, Pío XI y, de modo particular, de Pío XII a favor de una profundización y respeto del derecho natural y de la ley natural -en sintonía con la próxima declaración universal de los derechos humanos- ponen de manifiesto que la defensa de la dignidad de la naturaleza humana es un elemento esencial de la tradición cristiana y constituyen el inicio de la renovación que se completará en el Concilio Vaticano II.
En la segunda mitad del siglo XX, junto al continuo avance de la secularización laicista, cobra cada vez más vigor la toma de conciencia de la positividad de la secularización entendida como desclericalización de la sociedad, como distinción entre el orden natural y el sobrenatural, entre Iglesia y Estado. El Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII y clausurado por Pablo VI, y los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, en plena continuidad con lo anterior, siguen denunciando las consecuencias destructivas de una visión antropológica con pretensiones de autonomía absoluta, al mismo tiempo que subrayan la dignidad de la persona humana, dejada por Dios libre para tomar decisiones en un campo amplísimo de su actividad, guiada por la conciencia abierta a la verdad y movida por deseos de justicia, solidaridad y paz.
Joseph Ratzinger eligió su nombre papal en alusión a la tarea de promoción de la paz que había guiado a Benedicto XV. El Papa teólogo se identificó a sí mismo desde el primer momento con el anuncio de la paz, en un mundo atiborrado de violencia. "La paz es obra de la solidaridad", había dicho Juan Pablo II en 1988. Sólo la capacidad de entregar algo de lo propio para beneficio del otro, sólo quien está dispuesto a superar el propio egoísmo es un verdadero promotor de la paz. La primera solidaridad es la apertura al diálogo y la confianza en que es posible compartir unos valores fundamentales, valores que no negocian con el poder ni el dinero, sino que son a la vez salvaguarda de los más débiles y condición de la vida en común.
Muchos de los anhelos de libertad y de justicia que movilizaron energías humanas en el siglo XIX, a veces teñidos de anticlericalismo por la confusión reinante entre el trono y el altar, encuentran hoy en la doctrina católica -en particular con la afirmación del valor propio de lo temporal y la libertad religiosa- un lugar privilegiado. Doctrina ya presente en el Evangelio, pero que siglos de historia vividos entre la heroicidad de la santidad y la mezquindad de la miseria humana se ocuparon de oscurecer. Una parte fundamental de la herencia que nos deja Benedicto XVI es su doctrina de la sana laicidad, sobria y positivamente promotora del pluralismo y del respeto por la identidad de cada uno y de cada una, afirmada sobre los derechos humanos, y muy consciente de que la fe se debe proponer de corazón a corazón.
El autor, vicario del Opus Dei en la Argentina, escribió De Benedicto XV a Benedicto XVI. Los papas contemporáneos y el proceso de secularización.
 Fte. Diario LA NACION


EL LIBERALISMO CATÓLICO DE MONS. MARIANO FAZIO
Por Fernando Romero Moreno


 PIO X CONDENÓ EX CATEDRA AL LIBERALISMO CATÓLICO EN LA  PASCEND

I
El error   del “liberalismo católico”, es de antigua data. Con diversidad de matices y tendencias, puede rastrearse su origen en el pensamiento de Lamennais y probablemente su representante mayor en el siglo XX haya sido Jacques Maritain. La oposición entre las tesis de este liberalismo con la Fe católica fue expuesta por la mayoría de los Papas, sobre todo a partir de Gregorio XVI.
Como saben los entendidos, en su naturaleza más íntima el liberalismo católico es, por un lado, un naturalismo o semi-naturalismo político que promueve un laicismo “moderado”, según aquel apotegma clásico convertido por ellos en “ideal” o “tesis”: La Iglesia libre en el Estado libre. Es decir, la renuncia a la doctrina del Estado católico, convirtiendo en una norma “de máxima” la hipótesis del Estado laico “aconfesional”, respetuoso de la Ley Natural y de la libertad de la Iglesia.
Junto con esto, caracteriza al liberalismo católico un intento de superar el individualismo y el utilitarismo de los liberales ilustrados mediante una antropología “personalista” que desnaturaliza la naturaleza del bien común (…)
 En los últimos treinta años se ha ido desarrollando una variante del “liberalismo católico” que sólo tiene diferencias de grado con el anterior, viene formulado con una terminología nueva – al menos en parte – y  pretende apoyarse en los documentos del Concilio Vaticano II y en las enseñanzas de los Papas posteriores al mismo.
Además, frente a la “aventura de la teología progresista”, es visto en muchos ambientes  como un baluarte de ortodoxia.
Antes de explayarnos en los errores de esta corriente, queremos  reconocer que, en  sus representantes, hay un genuino y legítimo deseo de cristianizar el orden temporal; de garantizar la legítima autonomía de las realidades terrenas; de recordar la misión que tienen los laicos de santificarse y santificar la vida personal, familiar y social (la “consecratio mundi”); de respetar la legítima libertad en cuestiones opinables y prudenciales; de dar fundamento a una sana laicidad; y, en definitiva, de “oxigenar” los ambientes cristianos de actitudes y mentalidades clericales o integristas, proclives al celo amargo, a un desordenado “agere contra” y a una intransigencia cerril no con el error, sino también con las personas que yerran. Por otro lado, sus representantes han hecho aportes valiosos en distintos campos del saber, como la teología, la filosofía, el derecho, la historia, la economía, etc.
No obstante y más allá del natural aprecio que sentimos por algunos de ellos (a quienes conocemos personalmente), no podemos dejar de advertir sobre los errores de sus posturas.
Algunos de los referentes más importantes de este liberalismo católico son, según nos parece, Pedro Lombardía, Michael Novak, Andrés Ollero Tassara, Martín Rhonheimer, Roberto Bosca, Alfonso Santiago, Rafael Termes, Gabriel Zanotti, Alejandro Chafuén, George Weigel, Mons. Mariano Fazio y Juan Manuel Burgos (…)
Una característica de esta corriente es, en general, la defensa como ideal de una “laicidad aconfesional” en una comunidad política respetuosa de la Ley Natural, teniendo como superada – por clerical o integrista – la doctrina tradicional acerca de la necesidad del Estado católico.
Esta “laicidad aconfesional” (separación amistosa entre el Estado y la Iglesia) presentada como “tesis” fue oportunamente reprobada por el Papa León XIII (en relación al caso norteamericano, que el Santo Padre consideró como la mejor solución para esa nación dadas sus circunstancias, pero no como el “ideal supremo”)  y el Concilio Vaticano II no cambió nada al respecto, pues sostuvo que la doctrina tradicional sobre las relaciones Iglesia-Estado seguía vigente, idea que nos parece ser la clave hermenéutica para interpretar correctamente la Declaración “Dignitatis Humanae”.
Dice el Concilio: “puesto que la libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a Dios, se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo” .
Es que la Iglesia siempre ha sostenido, como enseñanza  definitiva de su Magisterio Ordinario y Universal, que, supuesta una comunidad mayoritariamente católica, el Estado debe serlo también. Y esto no sólo por razones culturales, sino porque el hombre debe rendir culto a Dios de modo individual como social. No “favoreciendo el hecho religioso en general” (indiferentismo político) sino con actos de culto público al Dios Uno y Trino de la Revelación cristiana, con la subordinación de su orden político y jurídico a la Ley Natural y a la Ley Divino-positiva, con el reconocimiento expreso de la Realeza social de Nuestro Señor Jesucristo, y con el apoyo a la Iglesia Católica, sin menoscabo de la recíproca libertad del Estado y de la Iglesia en sus campos respectivos (distinción de potestades, sin separación).
Eso no supone, pues, defender un Estado fundamentalista, clerical o integrista (confusión entre lo temporal y lo espiritual). Que en el “modelo de Cristiandad medieval” hubiera desviaciones en ese sentido (como de hecho las hubo) no es algo consubstancial a la naturaleza del Estado católico. De modo que identificar la mentada “unión del Trono y del Altar” como una “esencial” confusión entre lo sacro y lo profano es una afirmación falsa.
Si una novedad vino a aportar el Concilio Vaticano II fue la de complementar las enseñanzas clásicas acerca de las relaciones Iglesia-Estado con una mejor comprensión de la autonomía relativa de lo temporal (sana laicidad) y con la doctrina de la libertad “civil” en materia religiosa, pero dejando intactas las obligaciones del hombre y de la sociedad respecto de la verdadera Iglesia de Cristo.
Esa misma noción de “libertad religiosa” tiene aún que formularse de modo más claro – una mejora nos parece que ya existe en el Catecismo de la Iglesia Católica – para mostrar la continuidad, en lo esencial y definitivo, respecto del Magisterio precedente. La hipótesis de un Estado laico “aconfesional” pero respetuoso de la Ley Natural, siempre fue vista por la Iglesia como un “mínimo exigible” en naciones pluriconfesionales y con comunidades católicas minoritarias. Pero, repetimos, nunca como “el” ideal. Por otro lado, dicho Estado, históricamente no existió y antropológicamente es de difícil aplicación, si contamos con la existencia del pecado original y con las distintas “interpretaciones” que de hecho hay acerca del iusnaturalismo.
Hay en esta tendencia, además, una visión altamente optimista de la Modernidad, valorando lo que llaman el proceso de “desclericalización” (aunque critiquen el secularismo), que ha permitido pensar en la posibilidad de una Modernidad “cristiana”, cuyos antecedentes serían la Segunda Escolástica Española, el liberalismo “moderado” al estilo de Tocqueville, el personalismo de Maritain y Mounier, y el Magisterio del Concilio Vaticano II ( sobre todo a partir de la Constitución “Gaudium et spes” y la Declaración “Dignitatis Humanae”).
El principal problema de esta interpretación es la “justificación”, no ya sólo doctrinal sino también histórica, de las ideas del nuevo liberalismo católico.
Respecto de esto, nos parece importante aclarar lo siguiente: consolidados los cambios religiosos, políticos, sociales, culturales y económicos de la Modernidad (Reforma Protestante, Ilustración, Revolución Francesa, Capitalismo y Revolución industrial), aparecieron entre los católicos, dos tendencias fundamentales lícitas en relación al juicio que este proceso merecía y al modo de actuar frente a las nuevas realidades.
Una tendencia fue el tradicionalismo (José de Maistre, Donoso Cortés, el Cardenal Pie, Mons. Delassus, Juan Vazquez de Mella, el Cardenal Billot, Julio Meinvielle, entre otros) que se caracterizó por realizar un juicio altamente crítico de la Modernidad y la Revolución, defender el ideal de Cristiandad (comunidades políticas católicas) y juzgar como erróneos los intentos de cristianizar la democracia liberal, el capitalismo y el socialismo.
Esta tendencia, ortodoxa en sus representantes más importantes (aunque teñida de tradicionalismo filosófico en Francia), podía llevar en su seno el peligro del integrismo y el fundamentalismo (confusión de los órdenes natural y sobrenatural, desconocimiento de la legítima autonomía de lo temporal, mentalidad de partido único), pero en sí misma era y es una tendencia legítima, en tanto y en cuanto se mantuviera y se mantenga fiel al Magisterio de la Iglesia.
Hay muchos tradicionalistas ortodoxos, prudentes, con una sana libertad de espíritu, abiertos al diálogo verdadero, a los que sólo calumniando se puede tildar de “integristas” o de “clericales”. Por caso, podemos citar el ejemplo, entre nosotros, de Carlos A. Sacheri.
Otra corriente que podemos denominar socialcristiana prefirió rescatar de la Modernidad los aspectos que no eran necesariamente incompatibles con el Orden Natural y con la Fe católica, procurando cristianizar el régimen republicano, la economía de mercado (en otros casos el Estado de Bienestar), e incrementar el diálogo con la cultura contemporánea. Tal opción también era y es legítima, como lo prueban los casos de Federico Ozanam, Albert de Mun o Augusto del Noce o entre nosotros de Juan Rafael Llerena Amadeo o Eduardo Ventura (de hecho, el problema no está en defender un modelo republicano, de economía de mercado y sana laicidad, asunto que está dentro de las opciones legítimas y opinables de que goza cualquier católico - sobre todo lo referente a los dos primeros aspectos -  sino hacerlo de un modo contrario a las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia: democracia “naturalista”, capitalismo “liberal” y laicidad “aconfesional”).
El peligro de esta corriente más “abierta” hacia la Modernidad, radicó y radica en un desordenado afán por conciliar con la Modernidad y la Posmodernidad que puede conducir al error, como sucedió con Lamennais y otros católicos liberales, con el democristianismo de Le Sillon, con las corrientes marxistas de la teología de la liberación y en general, con toda la teología progresista, sea en su versión de “centro” o “centro- derecha” (neoliberalismo católico) o sea en la variante de “izquierda” (tercermundismo o “cristianos para el socialismo”).
Estos errores fueron oportunamente condenados por los Papas, de modo que justificar una “modernidad cristiana” con ejemplos erróneos (por caso, los Padres Fundadores de los EE.UU o la democracia cristiana maritaineana) no parece el camino correcto para alguien que quiera ser fiel a la dimensión pública de la Fe católica, máxime si esas enseñanzas se dirigen principalmente a fieles laicos cuya misión es precisamente la “instauración cristiana del orden temporal” (…) La doctrina de la Iglesia acerca de estas cuestiones no ha cambiado. Una “hermenéutica de la continuidad”, como la que pide Benedicto XVI debe también aplicarse a este punto. Y si hubiera una legítima discontinuidad en algunos temas, como también ha sugerido el Romano Pontífice, la misma debe probarse. Es cierto que sobre las relaciones Iglesia-Estado, la democracia, el capitalismo y las Revoluciones modernas, la Doctrina Social de la Iglesia, no sólo después sino también antes del Concilio Vaticano II, fue teniendo modificaciones parciales. Pero, en lo que al Magisterio Ordinario y Universal se refiere, siempre se trató de cambios acordes con la Tradición. Supuesto que ahora hubiera dudas respecto de algunos documentos, deben interpretarse de acuerdo al Magisterio definitivo precedente.
En lo que hace a uno de los aspectos principales del error católico liberal (el pelagianismo o semipelagianismo político) veamos lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “El deber de rendir a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Esa es ‘la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo’ (DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan ‘informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive’ (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf AA 13). La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas (cf. León XIII, enc. "Inmortale Dei"; Pío XI, enc. "Quas primas")”.
Y al referirse a la doctrina sobre la libertad religiosa afirma: “El derecho a la libertad religiosa no es ni la permisión moral de adherirse al error (cf León XIII, enc. "Libertas praestantissimum"), ni un supuesto derecho al error (cf Pío XII, discurso 6 diciembre 1953), sino un derecho natural de la persona humana a la libertad civil, es decir, a la inmunidad de coacción exterior, en los justos límites, en materia religiosa por parte del poder político. Este derecho natural debe ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad de manera que constituya un derecho civil (cf DH 2) (…) El derecho a la libertad religiosa no puede ser de suyo ni ilimitado (cf Pío VI, breve "Quod aliquantum"), ni limitado solamente por un ‘orden público’ concebido de manera positivista o naturalista (cf Pío IX, enc. "Quanta cura"). Los ‘justos límites’ que le son inherentes deben ser determinados para cada situación social por la prudencia política, según las exigencias del bien común, y ratificados por la autoridad civil según ‘normas jurídicas, conforme con el orden objetivo moral’ (DH 7)” [11].
Por su parte, ese gran defensor de la secularidad o sana laicidad bien entendida, de la legítima libertad política en cuestiones opinables y prudenciales, un crítico agudo del clericalismo y del “catolicismo oficial” como fuera San Josemaría Escrivá (al que algunos de estos autores que mencionamos presenta erróneamente como precedente de la “secularidad” entendida al modo “católico-liberal”, coincidiendo en esto – aunque en sentido contrario – con ciertas interpretaciones tradicionalistas acerca del Fundador del Opus Dei), no dudó en felicitar al entonces Jefe del Estado Español precisamente por seguir la doctrina de la Iglesia en este punto. En carta al mismo del 23 de mayo de 1958, decía: “aunque apartado de toda actividad política, no he podido por menos de alegrarme, como sacerdote y como español, de que la voz autorizada del Jefe del Estado proclame que ‘la Nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única y verdadera y Fe inseparable de la conciencia nacional que inspirará su legislación’. En la fidelidad a la tradición católica de nuestro pueblo se encontrará siempre, junto con la bendición divina para las personas constituidas en autoridad, la mejor garantía de acierto en los actos de gobierno, y en la seguridad de una justa y duradera paz en el seno de la comunidad nacional”.
En cuanto a las libertades e instituciones “liberales” escribió: “Es necesario contrarrestar con denuedo esas 'libertades de perdición', hijas del libertinaje, nietas de las malas pasiones, biznietas del pecado original..., que descienden, como se ve, en línea recta del diablo”.
Lo que en buena lógica se desprende de estos textos es que para Escrivá no había contraposición entre sana laicidad y Estado Católico, ni identificación entre secularidad y catolicismo liberal. Ideas que no nos consta haya modificado después del Concilio Vaticano II.
Podríamos traer a colación otros textos del Fundador del Opus Dei acerca del laicismo, la masonería o la teología progresista para corroborar lo impreciso de ubicarlo a la par de pensadores heterodoxos como Mounier o Maritain. Pero estimamos que con esto es suficiente.
Con algunas limitaciones en su interpretación, esta misma doctrina sobre el ideal del Estado católico era ya, a la hora de ser redactado el nuevo Catecismo, la tesis de Fernando Ocáriz (mejorando ideas de De Fuenmayor), en la que procuraba mostrar la continuidad del Concilio Vaticano II con el Magisterio anterior. “Hermenéutica de la continuidad” que, con más precisión, ya habían esbozado oportunamente el P. Victorino Rodríguez O.P. y Mons. Guerra Campos.
 Sobre otros puntos del liberalismo católico, que ahora se presenta “aggiornado”, se expresaron con claridad Charles de Koninck, Leopoldo Eulogio Palacio, Julio Meinvielle], Eudaldo Forment, Carlos Cardona, Héctor H. Hernánde o Luis María Sandoval, entre otros.
Catolicismo y liberalismo, como catolicismo y socialismo, son, pues incompatibles. Si es ilegítima una “teología de la liberación” de inspiración marxista, también lo es una doctrina de la laicidad, la democracia, el capitalismo y la Modernidad de carácter liberal o neoliberal.

Fernando Romero Moreno es: Abogado (UNR); Profesor Superior Universitario en Abogacía (UCA); Secretario Académico del Centro de Estudios Universitarios del Rosario (CEUR); Director de Estudios del Colegio Los Arroyos (APDES-Rosario); Miembro del Equipo Coordinador de la Licenciatura en Organización y Gestión de Centros Educativos (LOGE), Escuela de Educación, Universidad Austral (Rosario); Profesor de “Antropología de la Educación” y “Pedagogía” en la LOGE-Universidad Austral (Rosario).

martes, 31 de julio de 2012

Lección dejada por "La Nueva Coca Cola".


Misa Tridentina y Coca Cola


¿El Novus Ordo falto de sabor católico?




Bill Cosby en un comercial sobre la Nueva y efímera Coca Cola '85


Acabamos de ver este interesante escrito publicado en "The Remnant", periódico católico estadounidense fundado en 1967.
Sin más comentarios recomendamos su lectura según nuestra traducción:



Por Mons. James T. Byrnes, PhD

Casi 30 años atrás, en Abril de 1985, Coca Cola Company anunció su plan de cambiar la fórmula del "refresco más popular del mundo"; lo cual se hacía, como contó después la empresa, porque Coca estaba perdiendo posiciones frente a Pepsi en el mercado mundial, y con el objeto de hacerla más atractiva para el gusto moderno (por lo tanto, más rentable). La decisión implicó cambiar la fórmula de su producto estrella, luego de 99 años de éxito.

Hay que aclarar que el cambio se hizo tomando ciertas providencias. Se realizaron pruebas de sabor a 200.000 consumidores que se definían a sí mismos como "tomadores de Coca". Mientras muchas de estas pruebas dieron resultados positivos, entre un 10 y un 12 % de los "tomadores de Coca" dijeron que no comprarían el nuevo producto, para el caso de que reemplazara al tradicional.
Siguiendo el resultado positivo de la prueba, Coca Cola siguió adelante con lo planeado y efectuó el cambio.  En ese momento, no había nadie en la compañía que pudiera predecir lo que iba a pasar en los próximos 79 días.

La gente llamó a la empresa a un ritmo tres veces mayor que el normal, para manifestar su indignación por la alteración de la fórmula tradicional. Algunos incluso comenzaron a acaparar envases de la "vieja" Coca en sus hogares. Llegaron cartas al Edificio Central de Coca Cola que insultaban a los directivos que habían aprobado tan tonta idea. ¡Y esto antes de que el nuevo producto hubiera sido comercializado fuera de los Estados Unidos!

Es interesante puntualizar lo que Coca Cola piensa ahora de aquella situación, y qué es lo que no se tuvo en cuenta: "la legendaria fórmula secreta de la Coca, fue cambiada por otra que había sido la preferida en las pruebas de degustación realizadas a cerca de 200.000 consumidores. Lo que estas pruebas no mostraron, por supuesto, es el vínculo que sentían los consumidores con su Coca Cola, algo que no deseaban ver manipulado por nadie, ni siquiera por la empresa que la fabricaba".

Luego de estos movidos 79 días, Coca Cola anunció que continuaría fabricando la versión tradicional. La gente había hablado y los gerentes escuchado. Se continuaría vendiendo la nueva fórmula bajo el nombre de "New Coke", mientras la fórmula tradicional sería llamada "Coke Classic". Sin embargo, a principios de los años 90 la "Nueva Coca Cola" fue retirada del mercado, y la "Coca Cola Clásica" volvió a ser llamada simple y llanamente "Coca Cola".

Dignas de mención son las lecciones que Coca Cola dijo haber aprendido de este fracaso: "Los acontecimientos de la Primavera y del Verano de 1985 -las lumbreras de la mayor metedura de pata del marketing del siglo XX, el acaparamiento de la vieja Coca por parte de los consumidores, las llamadas de protestas de miles de personas- cambiaron para siempre el pensamiento de la empresa". Como mencionamos arriba, sus directivos recibieron el mensaje y lo recordarían por largo tiempo.

Otro punto interesante son los comentarios realizados por los adictos a la vieja Coca Cola. Según la misma empresa "Grupos de protesta, como la Sociedad para la Conservación del Verdadero Sabor y Bebedores Americanos de la Vieja Coca Cola (que se arrogaba haber conseguido el apoyo de 100.000 personas a su campaña), surgieron por todo el país. Se escribieron canciones en honor al viejo sabor. En una protesta realizada en el centro de Atlanta en Mayo del 85, se vieron carteles con leyendas como: "Queremos el verdadero sabor" y "Nuestros hijos nunca conocerán un refresco"" .

Hoy día, aunque en la compañía traten de darle una interpretación diferente, casi todo el mundo está de acuerdo en que éste probablemente haya sido el mayor fiasco en la historia de la empresa y del márketing.
Mientra Coca Cola sostiene que cambiar la fórmula fue un "riesgo inteligente", la mayoría acuerda que si bien fue un riesgo, estuvo lejos de ser inteligente. Es también más que probable que la empresa nunca vuelva a tomar un riesgo como ese.

Como en este punto es probable que estén pensando por qué les cuento este acontecimiento de la historia empresarial norteamericana, voy a ir al grano. Las similitudes entre los pensamientos y las acciones de la empresa Coca Cola en aquellos meses de 1985, tienen una semejanza que asusta con el cambio ocurrido en la práctica litúrgica de la Iglesia luego del Concilio Vaticano II.

Como es sabido, luego del Concilio, un grupo de expertos fue llamado a implementar el Decreto sobre la Sagrada Liturgia (Sacrosanctum Concilium). Este grupo, denominado Concilium (ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia), tomó la Liturgia de la Iglesia que había permanecido sustancialmente invariable por cerca de 1500 años, y desarrolló un nuevo producto (el Novus Ordo Missæ o Misa Nueva), el cual creían se ajustaría mejor al gusto del hombre moderno.

Hicieron algunas "pruebas de sabor" encontrando que a muchos de los integrantes de los grupos de prueba les agradaba, aunque a un número bastante significativo no. De todas formas, siguieron adelante con el cambio e introdujeron, bajo la autoridad del Papa Pablo VI, la Nueva Misa en el Adviento de 1969; removiendo con eficacia el "viejo" producto de los anaqueles (aunque el Papa Benedicto XVI nos ha recordado que la Misa antigua nunca ha sido abrogada).
La introducción de la Nueva Misa fue seguida por una ola de protestas proveniente de muchos sectores, mientras muchos católicos se preguntaban por qué el cambio.

Y aquí es donde, lamentablemente, las similitudes entre la Coca Cola y la Iglesia Católica llegan a su fin. Mientras la empresa se dio cuenta de que se había ido demasiado lejos al reemplazar la venerada fórmula tradicional, la Iglesia Católica Romana (al menos en las palabras y las obras de la mayoría de su jerarquía y presbiterio) sólo ignora o trata de reprimir a los que claman por la Misa Tradicional. Gente que frecuentemente ha sido ridiculizada por hacer comentarios similares a los de los que protestaban por la Coca Cola: "Queremos el verdadero sabor", "Nuestros hijos no conocerán el refresco".

Durante los últimos 40 años no han disminuido las protestas, pero tampoco ha disminuido el ridículo y la opresión de que son objeto los que buscan la Misa Tradicional (no obstante la Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI).
Esto sería comprensible si la Nueva Misa hubiera logrado lo que fue llamada a hacer, a saber: incrementar la devoción y la fe, y hacer ésta más clara para el católico actual.
Desgraciadamente ha ocurrido lo contrario: el número de católicos que asisten a la Nueva Misa ha disminuido de manera constante, al igual que las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, por no mencionar la disminución del conocimiento que de la fe tiene una amplia mayoría de los católicos que todavía asisten a la Misa dominical.

¿No les parece que, al confrontarse con estos hechos, la jerarquía de la Iglesia debería cuestionar el valor de "la nueva fórmula", y comenzar a preguntarse si este experimento no ha sido un fracaso en todos los niveles?
En su lugar, se nos dice constantemente que el problema no es del producto, sino más bien de la forma como se lo comercializa o como se lo consume (haciendo una analogía empresarial).
En términos más eclesiásticos, se nos dice que el problema no es el Novus Ordo Missæ sino de la mala forma en que fue implementado durante los años 70; o que aquellos que habitualmente hacen caso omiso de sus rúbricas, son los culpables de que no haya logrado los frutos que de él se esperaban. Se nos dice hasta el cansancio que de ninguna manera el Novus Ordo pueda ser el causante de todo esto.

Por favor, no me malentiendan, así como la "Nueva Coca" era Coca como la "Clásica", la Misa Nueva es Misa, válida y legítima, pero al igual que en la "Nueva Coca", hay algo que se ha perdido de la fórmula tradicional, y ese algo no puede ser ignorado, y es deseado por muchos que han "probado" la fórmula tradicional.

Sólo 79 días les llevó a los ejecutivos de Coca Cola darse cuenta de que habían cometido un error, y eso antes de que hubiera una declinación apreciable en sus ventas o en la participación en el mercado.
¿Por qué, oh por qué, la jerarquía de la Iglesia Católica, luego de 40 años de ver declinar sus números en casi todas las categoría mensurables, y de aparecer, al menos en los Estados Unidos, más y más como una empresa, no comienza a preguntarse si el problema no estará en el producto más que en el consumidor?

Mons. James T. Byrnes pertenece al clero secular de la Arquidiócesis de New York