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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Si seguimos con la pastoral del guitarrazo...


Terminar con la "pastoral" del guitarrazo
El primer paso para poder superar un error es reconocerlo; sin embargo, ¡cómo nos cuesta avanzar! Sin duda alguna, el enfoque metodológico de la pastoral juvenil tiene que cambiar. ¿La razón? Cada vez más jóvenes que entran en contacto con ella terminan alejándose de la Iglesia, pues –en lugar de un espacio significativo- se encuentran con dinámicas efímeras; es decir, centradas en el sentimentalismo y la falta de respuestas ante las grandes interrogantes que traen consigo las nuevas generaciones. Ciertamente, los sentimientos nos humanizan y, por lo mismo, hay que considerarlos a partir de un enfoque positivo e integrador, pero abusar de ellos, hace de la fe una opción pasajera, incapaz de echar raíces: “rezaré mientras sienta bonito, una vez que desaparezca el sentimiento, me iré”. En lugar de ayudarlos a descubrir que la oración adquiere un nuevo significado cuando aparentemente Dios se ha ido, todo queda en cerrar los ojos y escuchar la voz de un monitor que los hace imaginar un sinfín de historias, mientras escuchan alguna canción identificada con la New age. ¿El resultado? Llevar a cabo un ejercicio ambiguo, impersonal y, algunas veces, esotérico. Quizá se relajen, pero no habrán profundizado en el misterio de Dios. ¿Cómo amar a quien ignoran casi por completo? La respuesta es abrir nuevos espacios delante de Jesús Eucaristía, en los que se cuide la liturgia y, por ende, los diferentes momentos de silencio que son claves para poder relacionarse con Dios. El problema no es la guitarra como instrumento musical, sino la falta de intimidad en medio de tantos guitarrazos. Sentarlos en círculo y pedirse que no se suelten de las manos, ¡qué tendrá que ver con la oración grupal y personal! Se trata de métodos recomendados por ciertos terapeutas pero que –en realidad- incomodan, pues ser tan empalagosos –so pretexto de comportarse como personas amistosas- termina desgastando al grupo. El contacto humano ya se da –de forma natural- al tratase y saludarse, por lo que no hay ninguna necesidad de forzar las cosas al momento de estar con Dios. Para acabarla, en la misa suena todo menos música apropiada al contexto. Y, ¡eso sí! Que el sacerdote de preferencia no use los ornamentos litúrgicos, pues –según ellos- eso aleja a los jóvenes. ¡Olvidan que la falta de cuidado al celebrar la Eucaristía es precisamente lo que termina por desanimarlos! A menudo, se pasa por alto que las nuevas generaciones buscan la belleza; es decir, el significado profundo y, al mismo tiempo, pedagógico de la liturgia. Los tambores se escuchan muy bien en el estadio, pero ¡no tienen ninguna relación con las celebraciones! Recordemos que para todo hay un tiempo, modo y lugar.
Falta una mayor exposición de la relación que existe entre la fe y la razón. No se puede creer nada más porque sí. Es bueno aclarar las dudas que vengan arrastrando, darles la confianza de expresarse libremente. No se trata de hacer de la pastoral juvenil un velorio. Al contrario, tiene que ser un espacio creativo, franco, abierto y natural. En lugar de citar a tanto teólogo progresista, ¿por qué no atreverse a proponer los argumentos de San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Santa Edith Stein o Joseph Ratzinger? Si bien es cierto que la fe no es una idea o fórmula química, sino una experiencia vital, es un hecho que necesita de la filosofía para tener un buen punto de partida. El problema es que en la pastoral juvenil, se ha vendido la idea de que para ser un buen católico hay que encerrarse, evadir responsabilidades y, sobre todo, ser friki, aunque –en realidad- esto no tenga nada que ver con la Iglesia. En este sentido, comentarles –de vez en cuando- la vida de algunos católicos que rompieron esquemas, como el beato Juan Pablo II o la Venerable Concepción Cabrera de Armida, ayudará a que puedan darse cuenta que la fe encaja con las diferentes áreas de la vida.
Si seguimos con la pastoral del guitarrazo -o del correr y echarse al lodo porque es una dinámica bien “divertida” y “formativa”- perderemos el atractivo, la chispa que los jóvenes buscan en la propuesta de Jesús, quien –por cierto- sabía hablar al corazón del ser humano, sin rayar en ideas o actividades cursis. Es necesario aplicar un método renovado que cubra cuatro áreas fundamentales: oración, formación, apostolado y encuentros informales; es decir, actividades libres como –por ejemplo- ir a pescar o al cine. Por lo tanto, dejemos de engañarnos a nosotros mismos y démonos cuenta que para que surjan vocaciones al sacerdocio o al matrimonio, no hace falta ponerles dinámicas ridículas o lavarles el cerebro con algún discurso sociológico, sino favorecer la experiencia de encuentro con Dios por las manos de María.
 Necesitamos hombres y mujeres católicos, ilusionados y convencidos de que es posible alcanzar el éxito profesional sin tener que sacar a Dios de la jugada. Por esta razón, urge renunciar a la pastoral de los guitarrazos. Retomar las enseñanzas del Concilio Vaticano II desde la hermenéutica de la continuidad es indispensable.  

miércoles, 30 de enero de 2013

MAXIMA ZORRAGUIETA ES UNA APOSTATA.



La nena tenía todo para llegar adonde llegó. Una ascendencia familiar alvearista; un padre procesista y pusilánime, unas vacaciones en Punta, un colegio bilingüe y caro, un Yatch Club para aprender a navegar, un instructor de esquí en Bariloche, unas vacaciones en Florianópolis, unos dinerillos para trotar por Europa. Y tenía —y sigue teniendo— un Rafael Braun (sacerdote jesuita amigo de la familia y que participo de su casamiento protestante) para que la inspirara y sostuviera espiritualmente.

Con tales antecedentes, ¿a quién podría sorprender que consintiera en que se basureara a su padre, impidiéndosele llevarla al altar?; ¿a quién que abandonara a su patria, exhibiéndose impúdicamente en medio de la opulencia cuando sus conciudadanos gimen?; ¿a quién que renegara de la Iglesia Católica, para abrazar el protestantismo?; ¿a quién que renunciara a educar a sus hijos en la Fe Verdadera?; ¿a quién puede sorprender incluso, que opte por vivir a gusto en un país en el que la degeneración y la contranatura tienen plena aceptación legal, mientras se escandalizan de nuestra represión militar al marxismo?; ¿a quién llamará la atención que se emparente con la alta alcurnia masónica de la Casa de Orange, homicida de católicos?

El tilingaje nativo tuvo su princesa para festejar “lo grande que somos los argentinos”. No faltó un imbécil que pidiera la asistencia en Amsterdam de la fanfarria del Regimiento de Patricios, ni señoras y señoros encandilados por la gracia y el ropaje de la Mínima. Pero la Iglesia —¡ay, nuestra Santa Madre y sus pastores!— la que primero debió hablar y sancionar, amonestar y prevenir, dilucidar y distinguir, calló con culpa y cobardía. Y aceptó —sin llamarlo al orden— el protagonismo del desdichado Braun; un heresiarca no menor ligado al progresismo marxistoide de Criterio, como para que no quedasen dudas de la ninguna incompatibilidad entre el protestantismo y la, por ellos llamada, “Iglesia Conciliar”. Si para tales tipejos da lo mismo el apareamiento transitorio, el ritual vudú del connubio, el magnum sacramentum o el trámite luterano.

No somos profetas para anticipar futuros, por módicos que estos sean. Todo puede sucederle a la muchacha; desde rectificar sus graves torceduras de rumbos hasta escaparse con el guardaespaldas; desde consolidar sus desarraigos fieros hasta hallar prematura fama y muerte accidentada. Si significara algo para ella, le recomendaríamos la lectura del Infierno del Dante, con sus círculos bien dispuestos para dar albergue a los traidores de toda especie.

Más realistas y modestos, le recordamos una cancioncilla que habrá escuchado alguna vez en sus correrías:“Qué va a ser de ti, lejos de casa. Nena, qué va a ser de ti”.

Antonio Caponnetto