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viernes, 5 de junio de 2015

Ni una mas.

Comparto opinión, tema demasiado profundo para resumirlo en un par de renglones, es clara la consigna y también la intención que se pretende, no comparto las formas, partiendo del simple concepto de igualdad ya no puede haber diferenciaciones, iguales derechos, iguales obligaciones, responsabilidades compartidas y por mi edad y educación, roles diferentes por simple naturaleza.
Una breve presentación
Para que entiendan de dónde viene mi postura, soy una mujer de 21 años, estudio en la UBA y me gusta cuestionarme ciertas consignas que veo a diario en mi facultad y que ví también en mi secundario (que depende del mismo organismo). Lamento en muchos casos encontrarme con estos carteles o discursos que a mi ver son totalmente vacíos y tendenciosos y nada aportan a solucionar las cosas, sino a segmentar o salir en la foto. No soy machista ni tampoco hembrista, no me gusta darme ni darle títulos a la gente, me gusta responder con acciones
Hablando del tema en sí
Creo que conozco más mujeres violentas que hombres, (y me incluyo dentro del grupo reconociendo mis errores cotidianos que espero no repetir), sin embargo seguimos invocando la imagen de la pobre mujer indefensa al pensar en violencia de género, cuando tranquilamente podría ser al revés. Sin mencionar que ahora está de moda colgarse la bandera de "ni una menos" y "¡basta de femicidio!". Me copa que por lo menos se intente desnaturalizar algo que está mal, pero ¿por qué limitarnos a 1 solo tipo de damnificado?¿no debiera ser la bandera de la movilización más inclusiva?.
¿Por qué no nos manifestamos todos juntos en contra de la causante de todos los males, por qué tenemos que separarnos en bandos? ¿Por qué creemos que nuestro reclamo es más válido que el del otro si ni siquiera nos tomamos la molestia de ver cómo nuestra conducta impacta sobre él?
ni una menos
¿Es tan difícil entender que "víctima" puede ser cualquiera? Y que incluso es posible todos seamos victimarios con acciones cotidianas sin darnos cuenta? El género no debiera ser un agravante real en la cabeza de los individuos, dejémosle ese trabajo a quienes se encargan de caratulizar los hechos para sacar provecho de ellos.
La violencia no tiene ni pene ni vagina y al igual que un homicidio sigue siendo un hecho aberrante se trate de quien se trate. Paremos un rato de ser manipulados por las campañas tendenciosas y permitámonos pensar un poco fuera de la caja. No nos carguemos banderas si no podemos sostener su peso, ni dejemos afuera a los compañeros que todavía no tienen la suya
Me parece que resultaría más acertado que el slogan fuera "Ni unx menos" y que hablemos un poco de otros tipos de violencia, no solamente el abuso o la violencia física, que dicho sea de paso he sufrido ambas por hombres y mujeres, pero eso no me cierra la cabeza a pensar que son las únicas.
Como dije al principio, conozco más mujeres violentas que hombres y casualmente, el tipo de violencia que generalmente emplean no sale en los medios y es generador de todas estas conductas. Violencia también es educar a tus hijos con roles de género absolutos y lo son muchas prácticas cotidianas a las que les hacemos la vista gorda, símplemente porque no garpan en la bandera de la movilización.
Mi conclusión
Con esto no digo que las mujeres son entonces las únicas que ejercen esta conducta, no, al contrario, digo que es podestá de todos, pero que en vez de segmentarnos para cambiar aquello que está mal, debieramos ser más inclusivos y unidos para que el reclamo sea más fuerte y realmente ataque la raíz del problema. Para eso no necesitamos otro muerto en la mesa, o una movilización en facebook, bastaría para la mayoría de los problemas que dejáramos de hacernos los boludos cada vez que esto sucede sin importar nuestro sexo o género y nos hagamos cargo individualmente de nuestra propia cuota de violencia por más pequeña que sea, empezando por casa.
Unas breves aclaraciones: soy consciente de las bases sobre las que nuestra sociedad está constituida, pero ese machismo afecta a todos los sexos y géneros de muchas maneras.
Con respecto a esta movilización, yo no estoy en contra de las consignas que se muestran en contra de la violencia, lo que me molesta es el recorte de ellas porque dejan afuera a muchos tipos de víctimas que no están siendo representados por nadie en el congreso. Es normal que porque ahora pegó el hype haya gente que malinterprete todo y use los slogans para sus propios fines, cosa que también me enferma, pero creo que hoy "la minoría" es otra y hay que darle bola entre todos, no desde bandos diferentes señalando al de enfrente.
Y por sobre todas las cosas me parece importante recalcar que si dentro de las consignas nos planteamos en contra de la violencia de género y no queremos sonar hipócritas debemos hacer campaña también EN LA MISMA CONVOCATORIA para detener la violencia que el género femenino ejerce sobre el masculino y a su vez sobre sí mismo. Lo que está mal, está mal para todos y pedirle a alguien que cambie primero porque nos visualicemos como las únicas víctimas de la problemática es totalmente estúpido. ¿Acaso necesitamos otra marcha contra la violencia de género pero con carteles azules? o ¿Podemos ser menos pelotudxs y juntarnos en una sola, si total estamos pidiendo lo mismo?
                       

miércoles, 14 de enero de 2015

QUIEN BEBE A CUENTA SE EMBORRACHA EL DOBLE”.

EDUARDO GALEANO


 “
(AW) El consumidor ideal es el hombre quieto dice Eduardo Galeano y agrega “triunfa la basura disfrazada de comida”, “la publicidad ha logrado lo que el Esperanto no pudo, las flores de invernadero están condenadas a luz continua, para que crezcan mas rápido, las gallinas también tienen prohibida la noche y la gente condenada al insomnio por la ansiedad y la angustia de pagar”. En un texto lleno de ironía e inteligencia.
galeano
Hemeroteca El imperio del consumo
Eduardo Galeano
La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar. La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.  El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica. EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.
«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».
Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.
El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad grave» ha crecido casi un 30% entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos 16 años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, la diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.
Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald’s, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.
El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald’s no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald’s dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald’s de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín.
Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald’s viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restaurante de Montreal en Canadá: el restaurante cerró. Pero en el 98, otros empleados e McDonald’s, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness. Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.
Los expertos saben convertir las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, tanto mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?
El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente en la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.
Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a 7.000 años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiende en las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.
Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?
El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.
El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.
La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad; las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.
Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error que se debe corregir, ni un defecto que se debe superar: es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar un shopping center del tamaño del planeta.