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viernes, 16 de enero de 2015

EL FUTBOL FUNCIONA COMO UNA RELIGION.

CONTROL SOCIAL 
(AW) No se trata de juzgar al futbol como deporte en abstracto sino de comprender como funciona en el mundo en que fue creado, el mundo burgués. Fue la clase obrera británica la que llevó este deporte a todo el mundo, en el siglo XIX y principios del XX, como cualquier religión, intenta unificar a las comunidades por encima de las diferencias sociales
seleccion argentina

Fútbol, medios de comunicación y control social
Manuel González Ayestarán Rebelión
El nacimiento del fútbol moderno está estrechamente ligado al surgimiento del estado parlamentario burgués y a los primeros pasos del sistema económico capitalista a finales del siglo XVII y principios del XVIII en Inglaterra. En este sentido, la configuración de las reglas de este deporte y el consenso acerca de su cumplimiento es resultado de la filosofía propia del sistema político entonces creado, en el que diversas agrupaciones políticas competían por el poder parlamentario adscribiéndose a unas reglas concretas bajo la supervisión de un juez. Los artífices de esta transposición de valores fueron los estudiantes de los elitistas 'public schools' británicos, que dieron al actual 'deporte rey' la forma que hoy tiene al concretar unas reglas comunes para poder competir a nivel nacional entre los equipos ligados a sus centros educativos. Pero fue a cargo de la clase obrera británica que el fútbol se profesionalizó y extendió, llegando a todas las colonias y puertos con presencia británica en el siglo XIX. Su rápida difusión se debe, entre otras cosas, a la escasez de medios que precisa su dinámica de juego, para la que únicamente se necesita un balón (o algo que pueda pasar por esférico) y unas demarcaciones que hagan las veces de portería. Una religión mediatizada Actualmente el fenómeno es generador de potentes comunidades vertebradas por sentimientos identitarios colectivos gestados en torno a los diferentes clubes del mundo, reafirmados en cada partido mediante una serie de actos masivos que bien se podrían clasificar de auténticos rituales sociales. Varios autores han reflexionado acerca de los lugares comunes que comparten el fútbol y los ritos religiosos. Partiendo de los estudios realizados por Émile Durkheim sobre religiones primitivas a principios del siglo XX, se entiende que la razón de ser de las diferentes religiones, presentes en toda sociedad conocida, es la de justificar la forma social de la que a su vez son resultado. Todo ritual religioso cumple así una función unificadora de la comunidad que lo practica. Estos ritos suelen consistir en actos de comunión conjunta de sus miembros con entidades supraterrenales, que constituyen finalmente una suerte de alabanza y reafirmación de la propia comunidad en sí y de su propia estructura social. Coincidiendo con las revoluciones liberales, en las que se elimina la gracia de Dios como justificación principal del poder, comenzó en Occidente una progresiva, aunque limitada, pérdida de autoridad política del cristianismo, que ha sido suplida por diferentes formas “laicas” de culto a la sociedad. Una de ellas es el fenómeno social del fútbol. Durante el ritual futbolístico las hinchadas realizan un acto de comunión cuasi religioso, expresando devoción hacia su club durante la temporada de fútbol ordinaria y a la propia nación cuando juega la selección de sus respectivos países. Tanto en un caso como en el otro, los individuos llevan a cabo una aproximación al ideal colectivo que los une, encomendándose finalmente a la comunidad de la que forman parte. Varios elementos son compartidos por el ritual religioso y el futbolístico, en los que la comunidad fortalece y reafirma el sentimiento que tiene de sí misma. En todo culto religioso es necesario, en primer lugar, separar los actos sagrados de los profanos configurando un calendario litúrgico diferenciado del día a día de los fieles. Los fines de semana son las fechas elegidas tanto para ir a misa como al estadio generalmente. En segundo lugar, la ruptura con la vida profana debe extenderse también a su dimensión espacial. Una ceremonia religiosa sólo puede oficiarse en un espacio sacralizado y convenientemente acondicionado para ello. Actualmente, los templos del fútbol emergen solemnes en las ciudades simbolizando la importancia política y económica de éstas, así como la grandeza del club mismo. En ellos, el terreno de juego, al igual que el presbiterio católico, se inviste como espacio sagrado que únicamente puede ser pisado por los oficiantes del ritual, en este caso los jugadores y el árbitro. Este espacio es sometido como tal a determinados cuidados que lo hacen digno de ser escenario de tan importante acto: césped cuidado, limpio y regado en su justa medida. En tercer lugar, en todo acto religioso tienen lugar una serie de acciones colectivas más o menos repetitivas mediante las que los fieles expresan su devoción a la instancia a la que adoran. Alzar los brazos, agitar las bufandas, levantarse de los asientos o entonar cánticos son expresiones colectivas de veneración hacia el club y que guardan significativos parecidos con los que realizan las y los fieles hacia sus deidades en sus respectivos templos. Toda comunidad religiosa debe tener una serie de referentes históricos que sirvan de ejemplo a sus integrantes. La leyenda y el mito alrededor de determinados jugadores para un club se asemejan a la tradicional santificación cristiana de personalidades históricas. Los santos constituyen así auténticos ejemplos de actuación y de servicio a la comunidad religiosa, habiendo sido canonizados por la realización de determinados actos o hazañas que contribuyeron a la expansión del cristianismo en el mundo. En el caso del fútbol, las y los aficionados de los equipos recuerdan a jugadores emblemáticos cuyas hazañas en el terreno de juego fueron claves en la consecución de títulos y glorias que engrandecieron al club. El caso de Diego Armando Maradona es un claro ejemplo del vínculo existente entre idolatría religiosa y deportiva: en torno a él se formó la Iglesia maradoniana en Argentina, un culto de corte paródico pero que guarda sentimientos reales de devoción hacia la figura del futbolista. En Nápoles fue santificado extraoficialmente por los aficionados del club. Competitividad, consumo y éxito social Como puede apreciarse, los vínculos existentes entre ritual religioso y ritual deportivo son notorios. Durante la temporada de fútbol se realiza un devoto culto a la competitividad por el éxito profesional (ligado al éxito social) que rige a la sociedad contemporánea, basada en la economía de mercado. Pero, sin duda, en la sociedad actual el fútbol no es el único espacio de congregación colectiva que cumple este tipo de funciones cohesionadoras. La forma de consumir casi cualquier otro tipo de espectáculos, como el cine, la música o la televisión, también se acerca en gran medida al culto religioso. Un ejemplo son las diferentes comunidades de fans (fanatic) que se crean en torno a productos culturales generados por las industrias del espectáculo, cuyos integrantes exhiben símbolos identificativos plasmados en objetos cotidianos de merchandising o realizan auténticas muestras de devoción al acudir a ceremonias colectivas como conciertos, estrenos de películas, o el consumo simultáneo de capítulos de series de televisión. En cualquiera de estos campos es un lugar común la labor de santificación de las personalidades más relevantes, llevada a cabo por los medios de comunicación de masas. Si bien los antiguos santos solían ser ejemplos de conductas ascéticas, las modernas celebridades son santificadas justo por lo contrario, por ser ejemplos de opulencia y conductas sociales ligadas al consumo, las cuales suponen el combustible de un sistema social basado en la sobreproducción. En este aspecto, se configuran en torno al fútbol auténticos modelos de hombre para la clase obrera, debido principalmente a que la mayoría de astros futbolistas provienen de los sectores más humildes de la sociedad y han logrado su fama y éxito normalmente por sus propias habilidades en el campo y por su entrega. Es significativo que la industria mediática otorgue una cobertura tan privilegiada al único terreno que ofrece el sistema económico capitalista en el que la clase social no determina el éxito profesional. Los medios de comunicación de masas llevan a cabo esa labor de glorificación de los campeones, a quienes invisten como auténticos modelos de vida en la sociedad de consumo, así como ejemplos de virilidad, autosuperación y trabajo. Desde la industria publicitaria a los informativos televisivos, se nos muestran continuamente las hazañas deportivas de estos superhombres sobre el terreno de juego y, cada vez más, se introducen las cámaras en sus vidas cotidianas para mostrar la opulencia en la que viven, las mujeres despampanantes que tienen o el nuevo coche que han adquirido. El espectador medio de clase trabajadora podrá ver así que un igual suyo ha ascendido hasta la cima del éxito social por sus propios medios, quedando él mismo como único responsable de sus circunstancias socioeconómicas. El mito generado actualmente por periodistas deportivos y empresas publicitarias alrededor del futbolista Cristiano Ronaldo es el mejor ejemplo de esta estrategia mediática. La marca deportiva Nike lleva años explotando su imagen como modelo de masculinidad y profesionalidad. “Mis expectativas son mejores que las tuyas” era el eslogan de la campaña lanzada por la marca en 2009. Una imagen gigante del futbolista celebrando un gol con el torso desnudo aparecía prácticamente en cada parada de metro madrileña, recordando a los millones de trabajadores que usan el transporte público lo lejos que se encuentran del éxito social y profesional. El consumo se convierte así en la única vía posible para emular al superhombre que no han sido capaces de ser. El césped politizado Pero éste del que hemos hablado es sólo uno de los aspectos mediante los que el fútbol se convierte en espacio político de disputa por el poder y el control social. Es necesario recordar que el fútbol constituye una alegoría del combate en el que dos comunidades perfectamente identificadas se enfrentan a través del juego, que posibilita que el encuentro se resuelva sin arriesgar la integridad física de los participantes. En su dimensión de fenómeno de masas, este deporte canaliza las pulsiones agresivas de la sociedad mediante el elemento mimético que constituye el juego competitivo sobre el césped, siendo un espacio idóneo para volcar tanto pretensiones de empoderamiento como reafirmaciones de la autoridad establecida. El fascista Benito Mussolini fue de los primeros líderes políticos en ver en el fútbol una importante herramienta propagandística. Dedicó grandes esfuerzos a construir estadios monumentales y a organizar grandes competiciones deportivas en aras de demostrar el poderío de la nueva Italia. En la actualidad, esta estrategia es una pauta básica de la política global, regida por similares pretensiones imperialistas. Sólo hay que atender a la forma en la que los Estados-nación vuelcan sobre el césped su orgullo patrio, o la forma en la que compiten previamente por ser la sede de los mundiales, mostrando su nivel de organización y su potencial de desarrollo a la inversión extranjera. Se producen violentas expulsiones de personas pobres del centro de las ciudades, o inversiones millonarias de capital público en la construcción de infraestructuras que darán pingües beneficios a las élites económicas locales y extranjeras. En estos campeonatos, el fútbol funciona como elemento cohesionador. En el caso español, tras el resultado del mundial de Sudáfrica de 2010 no tardaron en escucharse en los medios de comunicación de masas alegorías acerca del gran poder que podría tener una España unida en el terreno de la política global, siendo esta unión requisito indispensable para salir cuanto antes de la crisis económica. El complejo de imperio perdido que vertebra el nacionalismo español se volcó a través de los medios en el triunfo de la selección, reforzando el sentimiento de identidad nacional y contrarrestando a su vez el clima sociopolítico. Contrasta la saturación informativa del Mundial de 2010 con el relativo silencio mediático tras quedar eliminada la selección española en 2014 en Brasil. Mediante la parafernalia mediática creada alrededor de los triunfos de la selección nacional, se genera en la clase obrera una suerte de ilusión colectiva de participación en su Estadonación, a modo de sucedáneo. En cada cadena de televisión se crean tertulias deportivas y programas de “personas expertas” que engrandecen a los héroes del país, dando forma a un espíritu nacional que integra a trabajadores, patrones, e instituciones políticas. Gracias a la facilidad que ofrece a la hora de generar identidades colectivas, el fútbol supone un atractivo de masas sin igual que reproduce las estructuras de poder social y las diferentes tensiones inherentes a ellas. Fútbol y género El fútbol comprende uno de los grandes bastiones intocables de la dominación masculina en su dimensión más tradicional. Las glorias futbolísticas son sistemáticamente negadas a las mujeres a pesar de que cada vez éstas tengan mayor presencia en los estadios. Ellas son minoría, como los homosexuales, condenados al más completo silenciamiento. La asociación ente virilidad y competición de contacto físico, que supone la columna vertebral del culto futbolístico, es resultado lógico del contexto filosófico- moral burgués en el que este deporte se gestó. Como en cualquier otro deporte, se lleva a cabo una discriminación de la mujer a practicarlo junto a los hombres, aludiendo a razones de corte biologicista. Sin entrar en una discusión de este tipo, simplemente es necesario señalar que el fútbol es un deporte en el que las capacidades físicas son relativamente compensables mediante las capacidades técnicas, la inteligencia del jugador o jugadora y la estrategia y cohesión del equipo. De no ser así hubiese sido impensable, por ejemplo, que un equipo como la selección española, integrado en su mayoría por jugadores bajitos y relativamente delgados, se alzase con el título mundial en 2010, habiendo selecciones compitiendo como la camerunesa o la marfileña que no llegaron siquiera a la segunda fase del torneo. De nuevo los argumentos de corte evolucionista se hacen primar respecto a la teoría social a la hora de explicar por qué las mujeres juegan peor al fútbol que los hombres y no son dignas de competir junto a ellos. Sin duda, pensar en el hecho de que las mujeres partan desde su nacimiento de una posición claramente desventajosa para practicar este deporte (y prácticamente cualquier otro) respecto a los hombres debido al rígido constructo social que suponen los roles de género en los que se socializan, es más absurdo que pensar que la mujer juega peor al fútbol porque la madre naturaleza (paradójicamente) así lo ha querido. Por otro lado, el culto al ideal masculino que rige el espectáculo futbolístico conlleva una suerte de prohibición tácita de su práctica a aquellos individuos cuya identidad sexual sea percibida como una amenaza a los pilares de la masculinidad tradicional que se venera en este deporte. No es casualidad que sólo existan en la actualidad dos jugadores profesionales en activo declarados homosexuales, el sueco Anton Hysén y el estadounidense Robbie Rogers, ambos jugando actualmente en EEUU. Los casos más conocidos se hicieron públicos tras su retiro, evidenciando la incompatibilidad de su identidad sexual con su carrera. Así, entendiendo cada encuentro futbolístico profesional como una ceremonia cuasi religiosa en la que la sociedad realiza un rutinario culto a los valores de competitividad y de masculinidad que rigen el sistema sociopolítico dominante, se entiende la dificultad que entraña para un futbolista homosexual erigirse como elemento disonante en un entorno tan mediatizado, en el que será sometido a un inevitable juicio de masas. Aún así, poco a poco se va abriendo la brecha en la FIFA gracias al coraje de los propios jugadores, que, en silencio, luchan por su libertad sexual propiciando el desarrollo de más iniciativas que favorezcan la normalización de la homosexualidad en el deporte. No obstante, éste es solo el principio de un arduo camino que conlleva el necesario replanteamiento de los pilares culturales en los que se asienta este fenómeno de masas.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

8N: “La Nueva Argentina”.



Hoy comienzo una serie de posteos titulados “La Nueva Argentina”, que tratará sobre lo cambios sociales y políticos que estamos viendo hoy día en nuestro país. Será específicamente sobre mi visión (subjetiva) de lo que creo que ocurre, ideas variadas sobre el presente y el futuro, y mi interpretación de lo que sucede detrás de la aparente realidad que nos toca. Por supuesto, aunque haya mucha realidad, los escritos serán subjetivos, y como no soy dueño de la razón, puedo estar completamente equivocado al respecto. Ya tengo la idea de la realización de 3 posteos, pero puede que se vayan agregando más con el tiempo. Los que realice sobre política común o ideas generalizadas sociales que nada tienen que ver con el movimiento popular de estos días, seguirán siendo publicados por separado como hasta ahora.
Considero que hay cuatro pilares básicos en la historia de la queja en tiempos modernos, siendo uno más representativo que el otro, cada uno con más presión social que el anterior. En el 2001, con una masividad pequeña (muy atomizada y con grupos de izquierda violentos), se reclamó el famoso “que se vayan todos” (haciendo que se vaya uno solo y que el resto se prenda como garrapata al poder). En el 2008, se reclamó de forma dual (por un lado, los ruralistas afectados por la 125, y por el otro, gente común que vio un ataque severo en el discurso presidencial de Cristina Fernández), también con una movilización pequeña en Plaza de Mayo, y mucha atomización de repudio dentro de cada casa.
En el 13 de Septiembre del 2012 es cuando empezaron a cambiar, casi súbitamente, varios aspectos que marcarían la siguiente movilización. Por un lado, la convocatoria, si bien fue consensuada (yo sabía de la marcha casi una semana antes de hacerse), tuvo un aspecto mixto de preparación y espontaneidad. Por otro, la convocatoria se dio casi exclusivamente por las redes sociales (Twitter y Facebook, las más importantes), evitando los “canales tradicionales 1.0”. El motivo también fue disperso, pero uno entendía que era “contra el kirchnerismo”, que sobrados motivos nos había dado en cada una de sus áreas de acción; era una línea trazada en la arena con un simple “basta”. Se pidió también el no llevar banderas políticas de ningún tipo: el que convocaba era el Pueblo, y el Pueblo no tiene partido. Confieso que aunque le dí difusión a esa marcha, no sabía que tendría tanta convocatoria (ya se habían dado dos intentos anteriores con magros participantes), y hasta a mí me sorprendió el resultado. Ya desde el inicio se sumaron varias decenas de miles en todo el país, pero la televisación de partes pequeñas por un solo canal (justamente el archienemigo TN), enfervorizó al resto que también terminó sumándose por la afinidad de la protesta masiva. Eran muchos, no había banderas ni grupos violentos, no había mucho orden, todos en contra de las medidas kirchneristas. El cacerolazo fue un éxito. La reacción del Gobierno fue de sorpresa y falta de respuestas (Cristina canceló sus famosas cadenas nacionales y no se la vio por una semana), y no tuvo el reflejo suficiente como para reaccionar en tiempo y forma, demostrando no sólo la falta de preparación política, sino también el verdadero baldazo helado que le llegó de forma inesperada.
El pre-cacerolazo del 8 de Noviembre fue todavía mejor que el anterior. Se consensuó de la misma forma (por internet), pero se propagó hacia afuera, contagiando a gente que no suele manejarse en ese medio, y el boca a boca por fuera potenció el efecto. Viendo que el kirchnerismo se hacía el desentendido, se habló de llevar carteles con consignas bastante puntuales con los pedidos directos a realizar, y los cánticos agresivos que se dieron en la anterior, debían cesar o se dejarían al mínimo. Los medios y hasta la misma oposición política se encargó de mostrar su adhesión, y continuó con la cadena propagandística de esa marcha. Se lanzaron ideas sobre cómo tratar con los violentos o los que intentaran ensuciar el reclamo (muchas, consignas tomadas de las marchas españolas), y no se tuvo miedo de organizar y consensuar, cosa que en ninguna de las anteriores quejas se había dado. Se pidieron también contribuciones económicas para distintas cosas (por ejemplo, para globos aerostáticos o banderas grandes) entre usuarios de las redes, cosa no sólo vista por primera vez, sino también muy bien recibida. También por vez primera, se sabía que no se iba a cambiar nada en el país o la forma de trato del gobierno de forma basal, pero que el cacerolazo tendría un éxito rotundo. Y eso era todo lo que importaba.
El kirchnerismo, sabiendo de todo eso, pasó de sordo a agresivo. Comenzó a atacar las consignas, puso en tela de juicio a los “intereses detrás de ese movimiento de ultraderecha”, se insultó el cacerolazo por no tener líderes visibles, se trató de imbéciles a cada uno de los asistentes por “ser malos con un gobierno benefactor o permitirse manejar por terribles grupos económicos/políticos”, se acusó al movimiento constitucional de ser un golpe de Estado encubierto. Se puso a todo el aparato mediático, propagandístico, y de empleados y militantes funcionales, a trabajar para quitar asistentes a como dé lugar, pero siempre con violencia y agresividad para con el Pueblo. Se contrató a una empresa de márketing para llevar adelante un “yo no voy” y dar de baja usuarios y páginas en redes que anunciaran la marcha. El 8N estaba en boca de todos, a favor o en contra, y cada vez que un “en contra” hablaba, se sumaban más adherentes por el “a favor” (cosa que debemos reconocerle al kirchnerismo). Se inundaron las ciudades con pintadas y carteles K, desde los que recordaban a un Néstor Kirchner “insoportablemete vivo”, hasta los amarillos una semana antes de la congregación, que pedían “no al golpe de Magnetto, Macri y Moyano”, intentando alertar sobre un golpe de Estado anticonstitucional que se daría en días nomás. Se enviaron mensajes alertando sobre grupos violentos que se apropiarían de las plazas y del Obelisco, tratando de desalentar la asistencia de familias completas. Parecieron recordar también derechos (como el de tránsito) que se violarían en ésta marcha (pero no en las varias miles que se dan por año y ellos aceptan). Se apuntó no sólo a los políticos opositores de turno, sino también a cada integrante del Pueblo a congregarse: es que al no tener líderes, no había blancos, y decidieron, así, llevar a cabo el ataque con todo aquel que no estuviese con ELLA. Hubo un momento de mareo táctico presidencial, que se dio 2 semanas antes del cacerolazo, en el que la bajada de línea pareció ser “todo es amor y podemos convencer al resto de nuestra paz con el universo”, pero fue tan rara y tan solapadamente falsa para quienes conocemos a Cristina Fernández y su equipo, que apenas 4 días después se retomaría el ataque ciego hacia cualquiera que se cruzara enfrente.
Pese a todas las maniobras oficialistas (con nuestro propio dinero), llegó el 8N. Entre 500.000 y 700.000 asistentes en el Obelisco y Plaza de Mayo, entre 1.500.000 y 2.000.000 argentinos estimados en todo el país, enormes convocados en puntos “no consensuados” previamente (por ejemplo, a 10 cuadras de Acoyte y Rivadavia, en Carabobo, había otro corte de calles con 1/3 de los convocados en el punto “consensuado”, que no fue contabilizado por nadie), incontables personas caceroleando en las puertas de sus casas, incesantes bocinazos, incontables fotos y videos que llegaban de todas las ciudades del interior del país, y miles que se reunían en el exterior del país frente a las embajadas argentinas para apoyar el reclamo que también les incumbía. Pese a la violencia armada por la prensa oficialista, a enviar noteros militantes recriminadores en vivo esperando algún golpe (de puño o de Estado, daba igual), a ladrones con armas blancas carcelarias (muy bien por Vatayón Militante y sus facas), y un equipo especial de funcionales que pareció hacer violentar a un reconocido grupo de derecha, la marcha (mal que les pese) se desarrolló en total paz y armonía. Más allá del reclamo, fue una fiesta en la que todos teníamos los mismos fines y empatía con el otro. Todos fuimos sin micros, todos llegamos y nos fuimos por nuestros propios medios, nadie nos pagó para asistir, nadie nos contabilizó para ver de qué facción militante éramos, ninguno nos dio argumentos para la asistencia, nadie se fijó si el de al lado era de derecha o de izquierda. Por segunda vez, fuimos todos argentinos hermanados, reclamando por un país ni siquiera de primera línea, sino uno donde, sencillamente, nuestros hijos y nietos puedan vivir. Un Pueblo unido por las fibras más básicas, contra el mal que amenaza con romperlas de un momento a otro.
Por supuesto, hubo grupos políticos opositores que intentaron capitalizar ese movimiento popular (en serio), aunque de formas disímiles. Ya de movida, el sólo dar difusión de una marcha popular o apoyarla, es colgarse de la masividad del cacerolazo. Recordemos que no fue como en el 13S: aquí, ya se sabía que el éxito estaba asegurado. Entonces, el intento de capitalizar “algo” de esa movida, está patente, aunque resta definir cuánto es lo que quita y cuánto le suma al movimiento ciudadano. En ese mismo sentido, hubo otros (como el PRO de Macri) que hasta gastaron recursos partidistas para apoyar la movida (con pintadas callejeras realizadas por militantes); y si bien es algo loable como medio propagandístico, es claro que también busca un rédito (y aunque a muchos les haya salido gratis, convengamos en que esas erogaciones se hacen de impuestos cobrados a todos en CABA). Todo el arco opositor completo intentó reflotarse partidariamente a través de esas medidas o con meros actos discursivos (como Pino Solanas. Binner, o Altamira, por ejemplo), intentando utilizar esa masividad popular con fines propios. Clarín también fue parte de ese uso político, al armar un spot especial diciendo que eran los únicos que habían pasado “eso que muchos podían pintar como cualquier cosa, pero que fue una queja contra el Gobierno”, tratando de formar alguna clase de defensa ante el 7 de Diciembre (7D), fecha en la que el kirchnerismo amenazó con quitarle casi todo. Pero creo que la que más usó (o intentó usar) al Pueblo, fue Patricia Bullrich con su “Unión Por Todos”, que repartía banderitas argentinas impresas con consignas y el nombre de su partido. ¿Qué parte de “apolítica” no entendió esta abusadora?
Como nota especial, creo que esas son las cosas que habría que discutir para la próxima marcha. ¿Qué sería abuso político o empresarial? ¿Cuáles serían los límites tolerables de inserción política en la marcha? ¿Es necesario el aporte publicitario o económico partidista, aunque sea del sector opositor y nos representen de alguna forma? ¿Si la marcha es congregada por algún partido o empresa, o en favor de algún sector político o empresario, habría que sumarse de todas formas, aunque tenga algo de representatividad? Si me preguntan a mí, diría que hay que conservar lo mismo que nos unió y nos fue sumando hasta ahora: sólo gente, congregada consensuadamente, sólo Pueblo asistente. No tenemos la opción de bloquear que publiciten los cacerolazos, pero sí de quitarle toda entidad a la política paralela, y el no tomar banderitas o carteles con consignas de partido alguno. Hay que ser claros al respecto.
El Gobierno, por supuesto, redobló la apuesta. La Policía Federal (esos mismos que hace un tiempito pedían por los sueldos, sindicatos, y denunciaban que estaban siendo maltratados por el gobierno; los mismos también que abrían el tránsito el 13S con gente todavía en las calles) contó apenas 125.000 personas en CABA; pero el funcional Luis D´Elía (el mismo que golpeaba a manifestantes en el 2008) dijo que no llegaron ni a 40.000 y que era una verguenza (así y todo, superaría con creces los 3.500 militantes que hace semanas fueron a la conmemoración de la muerte de Néstor Kirchner). Los ataques se multiplicaron, y variaron desde “intento de golpe fallido”, pasando por “son un grupo de violenta ultraderecha”, por“no se entendió lo que se pedía”, hasta el “no nos vamos a dejar atemorizar por el odio”. La misma Presidente salió un día después, diciendo que había que recordar el 8N como “un día importantísimo para China”, en claro antiguiño hacia los caceroleros, y anunciando públicamente su desestimación de millón y medio de manifestantes a los que debe responderles. Tal como se había previsto, Cristina nada cambiaría. Sólo sirvió para demostrar que al Frente Para la Victoria lo enfada la gente que reclama por derechos inalienables para tal cantidad de argentinos, que pueden aglutinar integrantes de distintas ideologías, clases, partidos y vertientes en una misma marcha (cosa que ellos no pueden lograr… ni pagando).
Puede haber varias lecturas sobre la marcha, el después, las capitalizaciones, y lo que se busca más allá de lo visible (algunas serán tratadas en próximos posteos), pero cabe destacar que la marcha en sí fue un éxito rotundo. Se dice que la única movilización que convocó tanta cantidad de gente, fue la vuelta de Perón con 3.000.000 de personas. Pero yo disiento: esa vez fue por el exilio y la inmensa mayoría eran peronistas. Un Pueblo lleno de Pueblo en estas cantidades, me parece algo inédito para nuestra historia. Y se ha logrado. Luego pueden tratar de desmitificar y decir que somos 44 millones, que 12 millones votaron a Cristina y demás, pero no pueden dejar de olvidar que el argentino es un Pueblo que no suele moverse de sus sillones. Y menos si no hay dirigentes, dinero, o amenazas de por medio. La última movilización multitudinaria kirchnerista (en aquellos tiempos, con Moyano de su lado) no llegó a los 200.000 entre un estadio y las calles; gente que es partidista, paga, o que “tiene que ir sino los rajan”. Entre choripaneros, militantes de ley, personas a las que les gusta el partido o la Presidente porque sí, organizaciones afines y demás, nunca se movilizaron más de 400.000, ni siquiera con música y comida gratis en el lugar de reunión. El 8N, como mínimo, triplicamos esa cifra, sin beneficios colaterales o adicionales por la asistencia, con los ataques de todo un aparato gubernamental que tiene medios y recursos de sobra (que nos quitan a nosotros mismos, fíjense la ironía), con los intentos de atemorización y violencia kirchnerista, con un arco opositor que buscaba resquicios por doquier para sumar para su quintita, y con una congregación tan disímil como el arco iris. Y con el apoyo de mucha gente más gente que no pudo ir, o temió asistir, o no reclama de esa forma. ¿Si ese no es el Pueblo, el Pueblo dónde está?
Fue un éxito, fue en paz, fue representativa, fue demostrativa, fue apolítica. Fuera de lo que pase a futuro, el presente es inmaculado, y la protesta tomó los mejores caminos evolutivos que se han podido ver en mucho tiempo. Pase lo que pase en el futuro, hoy, estoy muy orgulloso de todos y cada uno de ustedes. Hoy, como nunca, casi me siento parte representante de un País, con el pecho henchido por formar parte de los defensores de los valores y la historia del país, y haber marcado un hito que merece ser contado a la posteridad. Nadie fue más peón que el otro, ninguno fue más empresario que el resto, no hubo clases sociales, no existieron diferencias raciales ni ideológicas, no hubo división alguna en ningún sentido: todos juntos, en hermandad patriótica, defendiendo la República de punta a punta, en todos los confines del país. Cosa que no se siente (ni pasa) ni siquiera en las mismísimas elecciones, ¿vió?
PLPLE