Mostrando entradas con la etiqueta ciudadanos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciudadanos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de febrero de 2014

Utilizar los mecanismos constitucionales para desalojar, ya mismo, a doña Cristina del poder.



Sinfonía para saqueo a muchas manos

"En los períodos de crisis, las culpas se buscan automáticamente en el pasado, cuando los culpables viven en el presente"Osvaldo Loudet

Se me reprocha mi postura a favor de utilizar los mecanismos constitucionales para desalojar, ya mismo, a doña Cristina del poder, y a juzgarla –con sus familiares, cómplices y funcionarios- por los hechos de corrupción cometidos. Quienes piensan lo contrario invocan la posibilidad de victimizarla y, con ello, darle la oportunidad de retornar en el futuro, aunque creo que, al menos en la dirigencia, prima el miedo a asumir el pago de la cuenta que la inevitable crisis pasará, sin dudas, a quien la suceda.

No pretendo que, en Argentina, se replique lo sucedido en Egipto, Túnez, Libia, Siria, Ucrania y está pasando en Venezuela, o sea, desplazar al Gobierno con manifestaciones callejeras. Como sucedió en Honduras y Paraguay, donde presidentes fraudulentos o incapaces fueron destituidos, quiero que el pueblo se exprese libremente y, si una significativa mayoría así lo quiere, logre que los legisladores asuman en papel que la Constitución les asigna, es decir, la representación de los ciudadanos y de las provincias.

Mi posición, como sabe, tiene su fundamento en el enorme costo que toda la sociedad argentina deberá asumir por sostener al régimen hasta que finalice el período legal. Para que quede claro a qué me refiero, haré un resumen de la historia de uno de los rubros más significativos que componen ese costo aún cuando, en este caso, la suerte parece ya estar echada.

Se trata, obviamente, del arreglo con Repsol, anunciado con bombos y platillos por los mismos que, hace muy poco tiempo y con igual verborragia, tomaron la sede de YPF militarmente y provocaron al mundo afirmando que nada se pagaría –es más, se cobraría- por la confiscación (la expropiación requiere el pago anticipado del precio) del 51% de las acciones. A priori, declaro que llegar a un acuerdo era absolutamente indispensable.

Esta historia comenzó, en la práctica, cuando don Néstor (q.e.p.d.) se transformó, siendo Gobernador de Santa Cruz, en el factótum de la privatización de la empresa dispuesta por el gobierno de Carlos Menem. Para “facilitar” la decisión de los mandatarios de las provincias petrolíferas, el Turco inventó un gigante caramelo: la liquidación de regalías mal liquidadas; eso sí, cuando firmó ese acuerdo, el mismo quedó condicionado a la aprobación de la venta de YPF por el Congreso, es decir, los gobernadores debían obtener los votos de los legisladores para poder cobrar esas regalías.

El esfuerzo que realizó Kirchner fue tal que hasta llegó a enviar el avión sanitario de su provincia a buscar a un senador del noreste argentino, que resultaba indispensable para alcanzar la mayoría necesaria. Como contrapartida, el santacruceño recibió US$ 500 millones en efectivo y acciones de la propia YPF que, vendidas en el mercado poco después, le reportaron otros US$ 600 millones; esos son los fondos de Santa Cruz fugados al exterior y desaparecidos, sobre los cuales la ciudadanía no recibió explicación alguna.

Como necesaria consecuencia de la crisis de 2001, las tarifas de energía y combustibles, entre otras, fueron congeladas por Duhalde, para proteger a quienes se habían caído del mapa en ese tsunami. Al llegar don Néstor al poder en 2003 y pese a que la economía ya se había recuperado fuertemente, mantuvo el congelamiento, al principio por razones populistas.

Luego, la imaginación del Pingüino, que recibía permanentes reclamos de las compañías petroleras, le permitió imaginar qué sucedería si ese fenomenal apriete financiero empezaba a golpear los bolsillos de Repsol. Cuando, finalmente, obtuvo ese previsto resultado, ofreció a los españoles una solución: vender parte de YPF (primero 15%, con derecho a 10% más) a una empresa que, pese a no saber absolutamente nada acerca de la industria del petróleo, “tiene mucha experiencia en operar en mercados regulados”, como dijo luego el contrato de venta.

Como la adquirente, los Eskenazi –dueños del Banco de Santa Cruz, carecían de los fondos necesarios para pagar la compra del porcentaje comprado, la propia Repsol le prestó el importe necesario y, sorprendentemente, le transfirió la total administración de YPF. Eso sí, para garantizar la devolución del préstamo, la compradora y administradora debió comprometerse a distribuir no menos del 95% de las ganancias anuales; en la industria mundial, ninguna empresa distribuye más del 30/35%, ya que el resto debe ser invertido en exploración y producción; además, Repsol exigió que el contrato de compraventa estuviera confirmado por Kirchner y por Patotín Moreno.

En una nueva voltereta, al momento de la firma apareció como compradora una empresa con sede en Australia que, estoy seguro, pertenece al gigantesco patrimonio de la sucesión de don Néstor. A partir de entonces, todos felices. En el primer año, YPF distribuyó 142% de las ganancias, incorporando las reservas de ejercicios anteriores; por cada US$ 100 que se repartían, US$ 75 se los llevaba Repsol por la propiedad de sus acciones, y los otros US$ 25 también, en pago de la deuda de los Eskenazi/Kirchner.

Como no quedaba dinero para el giro de YPF, ésta dejó de buscar y producir gas y petróleo, y la Argentina perdió todas sus reservas probadas y, sobre todo, el autoabastecimiento energético; la consecuencia de ambos hechos llevó a que hoy, las importaciones alcancen la bonita suma de US$ 14.000 millones anuales, y siguen creciendo.

Todo el mundo sabe que, en el mundo de la corrupción, no hay papeles ni documentos que prueben el rol de cada uno de los actores de cada hecho, tengo para mí que, cuando su marido murió, la viuda llamó a los Eskenazi y les pidió la rendición de las cuentas non sanctas. La negativa de los testaferros habría desatado la furia presidencial que terminó con la confiscación de la empresa. Como el Bambino Kiciloff la había convencido que había una importante suma en la caja de YPF, fue indispensable invadir con la Gendarmería la empresa y echar a los funcionarios sin que pudieran tocar un solo papel.

A partir de entonces, YPF pasó a pertenecer en un 51% al Estado y a las provincias petrolíferas, un 12% conservó Repsol, un 7% terminó en manos de Carlos Slim por la ejecución de sus propios créditos contra los Eskenazi, y el resto está en las bolsas.

Los españoles, que de bobos tienen poco, armaron una inteligente estrategia para forzar un arreglo con el Gobierno: inició demandas preventivas ante tribunales de varios países, con las cuales amenazó a cualquier compañía que pretendiera invertir en YPF, y bloqueó así todos los esfuerzos del Mago Galucchio para conseguir indispensables acompañamientos para Vaca Muerta.

El mismo aullante Bambino, ahora con cara compungida, nos informó que se ha llegado a una solución para el problema. Argentina pagará a Repsol, en bonos, US$ 5.000 millones netos, o sea, tendrá garantías suficientes para que, cuando decida venderlos, siempre perciba esa suma. En resumen, nuestro país emitirá deuda soberana por un importe cuyo monto se ignora, pero se estima entre US$ 1.000 y US$ 3.000 millones adicionales, y con una tasa de interés que supera –en realidad, casi triplica- la que pagan Bolivia, Uruguay, Paraguay, Perú y Chile por su deuda a treinta años; si esto es un nuevo negociado, ya se verá.

Lo más notable es que no se conoce quién y con qué criterio valuó las acciones, pese a que la ley ordena que sea el Tribunal de Tasaciones quien fije el monto de la indemnización a pagar.

Esta larga explicación justifica que doña Cristina sea destituida, siguiendo los pasos previstos en la Constitución, ya mismo. Si ese hecho se concretara, en realidad lo considero imposible por ahora, un nuevo gobierno, confiable y serio, reduciría sensiblemente el riesgo-país que hoy padecemos y, con eso, también la tasa de interés a pagar.

También, al sincerar las cifras de la inflación y del crecimiento, nos evitaría tener que efectuar el pago –ya confirmado- por los cupones atados al PBI, que he denunciado desde hace meses como un nuevo saqueo y que alcanza a otra sideral suma: entre US$ 2,5 y 4.000 millones. Y lo califico así por una respuesta que usted mismo podría dar a una pregunta elemental: si todos los bancos y las agencias de riesgo decían que la Argentina no creció el año pasado, ¿quiénes pudieron comprar esos cupones si no fueron aquéllos que sabían que podían falsear las estadísticas?

Lo absurdo y más preocupante es que, en la práctica, la ciudadanía nada sabe ni le interesan estos hechos, pese a que ellos son los causantes de la inflación que hoy los azota. No vincula la corrupción al deterioro de su propia vida. Tal vez, como alguien me dijo, se deba a que “entre los pueblos sajones, la cosa pública es de todos; entre los latinos, no es de nadie”.


Bs.As., 26 Feb 14

miércoles, 20 de febrero de 2013

Juan Manuel Santos anda más preocupado por el fútbol que por el país.


Nuestra triste dirigencia de juguete

Juan Manuel Santos anda más preocupado por el fútbol que por el país

Por Francisco José Tamayo Collins – Ciudadano de a pie
El Gobierno Nacional ha impulsado la nueva era del diálogo – ¿a qué precio para el resto de ciudadanos?-, con muy poco éxito, como se preveía. El jefe del grupo negociador y el ministro de Defensa ya han expresado ideas que develan lo que todos sabíamos desde hace rato: que las FARC no quieren dejar su lucrativo negocio (un diversificado portafolio de narcotráfico, mercado ilegal de armas, secuestro, terrorismo, etcétera…), y que el tiempo les importa un pito; de hecho, no han salido del marxismo putrefacto, vil esperpento momificado del siglo XIX. Para colmo, en La Habana ninguno de los funcionarios enviados a Cuba desde la Casa de Nariño ha pasado por una especialización, seminario intensivo o maestría en negociación…
Esto parece un juego; y por supuesto que lo es: es el juego de quienes se relamen las manos untadas de mermelada, mientras acusan a otros que hacían algo que los ciudadanos podíamos ver y tocar: individuos que hoy denigran de personas que promovían una política estratégica – muchas veces atacada-, pero llena de logros que reconoce el pueblo y recuerda la historia.
Cada vez es más evidente que acompañar nuevos liderazgos en el cambio que se está llevando a cabo al interior de la dinámica electoral colombiana, es el camino a seguir. Por supuesto, liderazgos respetuosos del orden jurídico, que no se les ocurra acabar con la Constitución –imperfecta, jamás moribunda- ni azuzar luchas de clases, ni odios peligrosamente armados, ni implementar modelos económicos donde reina la escasez…
En consecuencia, deseo compartir con ustedes algunas ideas que considero útiles para crear un espacio de reflexión ciudadana y crítica política, sin nombres ni apellidos, sino desde el bolsillo exánime de quienes ostentamos el cada vez más paupérrimo título de ciudadanos.
Leyeron bien: sin nombres ni apellidos. Voy a escribir atendiendo esas lecciones, hoy olvidadas, que John Locke, un siglo antes de los ilustrados franceses, nos enseñó con tanta lógica y precisión. Como decían los abuelos: “vea, mijo: desde el bolsillo, la realidad se ve claramente.”
Ya va siendo hora que nuestra triste dirigencia de juguete sepa darnos una respuesta adulta, pues como contribuyentes, luego de 200 años de cínico festival de despilfarro, donde la más rapaz, inmunda y criminal corrupción campea con más naturalidad que el Cid por las dehesas ibéricas, tenemos todo el derecho de exigir. Seamos directos: se acabó el espacio para las promesas; queremos ver resultados: infraestructura hecha con calidad, donde se aprecie cada centavo de peso que se invierte.
Porque, aunque quienes resultan electos con miles de votos que compran con un tamal o una teja no lo crean, el mundo de nuestros días está gobernado por personas que ofrecen alternativas para salir adelante. De esta manera, y no negociando lo innegociable, los líderes del siglo XXI encaran con éxito las problemáticas de la gente. La idea es sumar y multiplicar. Hacer las cosas bien; esa es la tarea.
Al compartir este sentimiento que late en el corazón de las mayorías, con evidente satisfacción debo decir que a los ciudadanos nos llegó la hora de cobrar por los impuestos que pagamos. Señor presidente, señores ministros, gobernadores, alcaldes, senadores, representantes, diputados, concejales y ediles: ¿somos inexistentes para ustedes?  Después de ver el estado de nuestras calles, acueductos, carreteras, ríos, puertos, puentes, andenes, escuelas, hospitales y parques, la verdad… En fin, este texto es una invitación para quien comprende que, en esta tierra, todo tiene un límite. Desde la libertad, impulsando un capitalismo social, como lo propusiera ese gran santo que fue Juan Pablo II, empecemos a darnos las respuestas que quienes nos gobiernan son incapaces de brindarnos.
Inicialmente, preguntémonos –porque tenemos la obligación de hacerlo- ¿dónde están nuestros impuestos? Sí, la plata que pagamos para que nos den una vida decente en lo mínimo. A ver: ¿dónde están las fases 1, 2 ó 3 de obras que ni siquiera podemos ver en un plano? Respuesta típica: “¡Ay, disculpe, es que yo no sé qué pasó con el presupuesto…! ¡Ah, sí!: es que todavía el estudio que contrató el doctor no se ha terminado de evaluar…”
¿Cuál doctor? ¿Cuál estudio? ¿Cuál presupuesto? ¡Por Dios! ¿Dónde está la plata que le pagué, señor edil, concejal, diputado, alcalde, gobernador, representante, senador, ministro, presidente, para que mi familia pueda disfrutar de una calle decente y limpia; de un acueducto que vengo esperando hace medio siglo, para que mis niños no se mueran de infecciones causadas por el agua contaminada que no ha sido capaz de hacer potable, así exista tecnología que daría término a ese problema desde hace 40 años? ¿Será que no tengo derecho, en pleno siglo XXI, a gozar de una clínica bien dotada donde no se muera mi gente, o de una escuela moderna donde los profesores no se vayan a paro porque la nómina no se les ha pagado desde hace meses o porque el techo del salón está que se viene abajo? ¿Dónde está mi plata? – pregunto de nuevo.
¡No me diga que en las ciudades de otros países donde sí existen dirigentes de verdad! Las mismas ciudades que usted visita, para pasar vacaciones, también pagadas por los ciudadanos, y todos tan felices… Eso no es negocio para mí. (¿Y para usted, amable lector?)
Bueno, para que no suene a abuso ni atropello ni irrespeto alguno, me detengo en este punto. Ojalá que quien lea estas ideas, entienda que la Democracia no se hace con balas ni con babas; y mucho menos con una dirigencia de juguete. Se hace con gente pensante, que entiende que las ideas, cuando se transforman en obras concretas, abren la puerta al desarrollo humano y social.Siempre desde la libertad, por la libertad y para la libertad.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Pasó el 8N. Quedará en la historia argentina como el día en que gran parte del Pueblo salió a las calles de todo el país, pidiendo ser escuchado por el partido gobernante.

Opinión
 
-Y ahora, ¿qué? 
Por Malú Kikuchi

 Fue glorioso, educado, genial, correcto, multitudinario, pacífico y contundente. Constitucional. Pero fue. Ya está. Y ahora, ¿qué?
 
Todavía queda la mística del esfuerzo realizado, que fue enorme y formidable. Hecho concebido y realizado a través de las redes sociales, sin partidos, ni dirigentes, ni promesas de prebendas. Simplemente el milagro de sumar ciudadanos conscientes, en defensa de sus libertades básicas que están siendo conculcadas.
Nos sabemos ciudadanos reclamando con razón y con razones, por sus avasallados derechos. Sabemos que este gobierno debe durar hasta el 10/12/2015 -la fecha no es negociable-, sabemos que no estamos representados, y por eso salimos a la calle. En busca de respuestas. En busca de algo. En busca de alguien. En busca de instituciones destruidas.
Pero programar marchas periódicas, no parece ser la solución. Sería utópico presumirlas iguales en cantidad de personas y en calidad de educación cívica a la del 8N. Pero algo debemos hacer para que el entusiasmo y la alegría de recuperar compatriotas y valores que creíamos perdidos, no se diluyan en el tiempo.
Eduardo Marty propone: “Si toman Cablevisión por la fuerza, resistirán cualquier protesta y a los 15 días será Navidad y el verano. De allí la incomunicación del interior y de la propaganda K hay un solo paso. Luego manejarán Fibertel y será el adiós de la comunicación cacerolera (a lo China impidiendo Google). Luego vendrá la liquidación de La Nación, Clarín, Perfil y Canal 13. Luego será fácil, con todos los medios tomados y sin libertad de prensa, fraguar y ganar elecciones. Con 10.000 tipos y una mateada de vigilia rodeando cablevisión, podríamos impedirlo y le daríamos un claro mensaje a la Corte Suprema de respaldo. Protestar con el hecho consumado es ponerse a la defensiva y nadie gana estas batallas de esta forma. ¿La consigna? “No es por vos Magnetto, que sos igual que Nessstor, es por la libertad de prensa”. Luego “no lloremos como mujer lo que no supimos defender como hombres”.
Santiago Lozano propone: “¿Y si estas fiestas no compramos regalos? Si estuviste el 8N, si estás cansado que (…) se quiera hacer pasar por clase media… pensalo. Y si queremos recuperar nuestra libertad, nuestra paz y amistad, nuestra democracia y nuestra república, no consumamos lo innecesario, lo que podemos prescindir, que se caiga la fiesta del consumo y la recaudación, dejemos a los K sin Kaja y se caen. Si tenés hijos pequeños les decís que CFK. Kicillof y Moreno no dejan entrar los regalos de Papá Noel, que cerraron la aduana. Los demás entendemos todos. El 8N fuimos a la calle, esta Navidad brindemos con la familia y los amigos, pero no compremos nada”.
Otros proponen una rebelión fiscal, que está fuera de la ley, por lo tanto no me convence. Hay quien pide un juicio político, que es constitucional, soñando que los diputados, aún los FPV, empezarán a sentir el cambio de humor social y a su vez cambiarán de posición. Pero eso ya no depende directamente de nosotros, los ciudadanos. Sigo sin saber qué hacer. Todo me parece adecuado. Y si todo se hace consecutivamente, mejor.
Le añadiría los números telefónicos y los de los celulares y las direcciones de correo electrónico de todos los funcionarios, diputados y senadores, tanto nacionales, como provinciales. Los de los intendentes y los legisladores. Que cada ciudadano protagonista del 8N se haga una lista y cada día, y todos los días, le dedique media hora de su tiempo para comunicarse y comunicarle al representante de turno, nuestros problemas, necesidades y hechos con los que no estamos de acuerdo. La fuerza del uno más uno, es infinita. Y la persistencia en el reclamo, siempre da resultados.
Que un inmenso e imparable y atronador mensaje llegue a los oídos de los sordos. Que se enteren por nosotros, sin filtros, lo que no nos gusta, lo que no queremos, lo que no estamos dispuestos a permitir. Que sepan, día tras día, que Argentina está compuesta por ciudadanos conocedores de sus derechos y decididos, en paz y dentro de la ley, a defenderlos.
Dependen de nosotros. Les pagamos los sueldos y todos sus privilegios. Viven de nosotros. Y están donde están porque algunos argentinos los pusieron en ese lugar a través del voto. Que se enteren que si no cambian, se acaban los sueldos, los puestos, los privilegios, y el voto. Nosotros, los ciudadanos, nos despertamos después de una larguísima siesta, es hora de ponerles el despertador a los que dicen representarnos.
Acciones directas, respetuosas pero constantes, claras y sobre todo, persistentes. Si los pájaros carpinteros pueden con la madera a fuerza de insistir, podamos con las conciencias de los que se llaman representantes.
Se aceptan ideas legales y son bienvenidas. La Patria es de todos. Y la hacemos entre todos. 

Malú Kikuchi
maluki@fibertel.com.ar

lunes, 20 de febrero de 2012

La explotación capitalista del kirchnerismo.


Un análisis marxista del Estado kirchnerista

Por Agustín Laje (*)
Siendo una de las teorías más conocidas de Marx −y de hecho sobre la que se asientan en gran medida los presupuestos de explotación que se le adjudican al sistema capitalista−, la plusvalía, en términos simples y concretos, refiere al trabajo no remunerado del asalariado. El filósofo alemán se preguntaba de dónde provenían los beneficios del empresario, concluyendo que había una porción de lo trabajado por sus hombres (“plusvalor”) que aquél apropiaba injustamente generando una situación de explotación.
Valga destacar que la teoría es disparatada por lo simplista de principio a fin. En efecto, toda producción se origina conjugando los llamados “factores de la producción” (recursos de la naturaleza, capital y trabajo), recayendo sobre el empresario la responsabilidad de reunirlos, combinarlos, administrarlos, innovar y arriesgar. La idea de plusvalía pretende, al contrario, que la cantidad de trabajo es la única causa del valor de cambio de las cosas, con lo cual, y si esto fuera así, una empanada de barro debiera costar en el mercado lo mismo que una de carne, por ejemplo. Pero todos sabemos que eso no es cierto, y se debe a que no sólo las horas de trabajo determinan el precio de un producto.
No obstante esto último, cabe reconocer que el concepto de plusvalía −en tanto apropiación de porciones del trabajo ajeno− es paradójicamente interesante para el análisis de la Argentina actual.
Si algo ha caracterizado a la gestión kirchnerista desde mayo de 2003 a la fecha, eso ha sido el paulatino y desmesurado crecimiento del Estado en desmedro de los derechos individuales de sus ciudadanos. Desde los parasitarios planes sociales (que expropian a los que trabajan en beneficio de quienes no lo hacen), pasando por las viandas y servicios de divertimento y ocio “para todos” (financiados con el dinero de quienes no los consumen), hasta los improductivos emprendimientos que el Estado encara cuando quiere jugar a ser empresario (cuyo déficit, como el de Aerolíneas Argentinas que pierde 2 millones de dólares diarios, lo pagamos entre todos), constituyen algunos ejemplos ilustrativos.
Así como Marx se preguntó de dónde provenían los ingresos del capitalista, resulta ahora interesante preguntarse de dónde provienen mayoritariamente los ingresos del “Estado de Bienestar”. En efecto, dado que en esta vida nada es gratis, la obesidad estatal debe financiar tanto su ineficiencia connatural como sus políticas de corte clientelista de alguna manera. O bien lo hace a través de un sistema tributario que conciba al ciudadano casi como un esclavo y lo despoje en altas proporciones del fruto de su trabajo, o bien emitiendo dinero espurio sin sustento en bienes y servicios que provoca inflación y disminuye el valor real del dinero de las personas, expropiándolas así indirectamente. En definitiva, lo cierto es que de una u otra forma, el Estado obeso se financia metiendo la mano en el bolsillo de la gente. Así de simple.
En la Argentina kirchnerista ambos mecanismos están puestos en marcha: según diferentes investigaciones privadas, la carga impositiva entre impuestos directos e indirectos (sin contar la inflación), va desde el 40% hasta el 60% de los ingresos anuales de los ciudadanos. ¿Qué quiere decir esto? Que de 365 días que tiene un año, los argentinos trabajamos entre 146 y 219 días −dependiendo el caso− no para nuestro propio provecho, sino por pura servidumbre. A ello deberíamos sumarle los efectos nocivos de una inflación que va, dependiendo la fuente, desde el 9.5% en hipótesis de mínima, hasta el 30% en hipótesis de máxima. Téngase en cuenta, por si hiciera falta aclararlo, que a quienes afecta en mayor medida la inflación no son a las clases pudientes sino a los sectores de menores ingresos.
A la luz de estos datos de la realidad, es difícil no recordar la plusvalía de Marx y preguntarse en esos mismos términos, aunque invirtiendo su idea: ¿no estamos asistiendo no a la cacareada “explotación del hombre por el hombre”, sino a la explotación del hombre por el Estado?
(*) Agustín Laje tiene 23 años y es autor del libro “Los mitos setentistas”.