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domingo, 1 de febrero de 2015

Fe en la política.

Escepticismo endémico.

Una importante cantidad de ciudadanos ha perdido la fe en la política y su entorno. No creen en los partidos ni en los dirigentes, tampoco en las instituciones o la república, y hasta se animan a criticar a la "sagrada" democracia, asumiendo el riesgo de ser políticamente incorrectos.

Algunos son solo pesimistas crónicos, pero los más, son sujetos normales, gente equilibrada, que está fastidiada con el presente, enojada con lo que sucede y con la innumerable nómina de crónicas retorcidas, con finales poco felices, que se encargan de avalar esa sensación tan frecuente.

Este no es un fenómeno exclusivo de países con sistemas políticos precarios, irregulares o inmaduros. Sucede en casi todo el mundo, aunque con matices evidentes, bien diferenciados entre los extremos opuestos.

Muchas sociedades han padecido aberraciones inadmisibles. Sus habitantes han escuchado hablar de fraudes, acuerdos oscuros, muertes dudosas y casos judiciales bajo sospecha que jamás llegan a la verdad. En realidad no lo saben con certeza, esas personas solo lo suponen. Pero el problema es que cada una de esas hipótesis que rodean a estas historias, son demasiado verosímiles, pueden ser ciertas, podrían realmente haber ocurrido.

Claro que esa base informativa, ese conocimiento disperso, impreciso, pero al mismo tiempo disponible, suele dar lugar a las mas intrincadas versiones, e inspira a los amantes de las conspiraciones, esos que ven confabulaciones por doquier y entramados que poco tienen que ver con la realidad.

Ese escenario de absoluto desprestigio de la política y de sus débiles instituciones no es para nada deseable, pero es saludable asumir que esta visión forma parte del esquema vigente en muchas comunidades.

Es inevitable, que en ese contexto de desesperanza, sea difícil ver la luz al final del túnel, y que muchos personajes de la política prefieran transitar idéntico camino, ya conocido, bajo los códigos contemporáneos, en vez de animarse a revertir la tendencia como si la misma fuera inmodificable.

Hace falta una generación de dirigentes preparados para torcer el rumbo. No debe ser solo una facción, un partido o algún sector de la política. Pero es imprescindible que sea una abrumadora legión de personas dispuestas a cambiar la perversa inercia que ofrece la corporación política actual.

Para muchos, es solo una expresión de deseos y no más que eso. Sostendrán, no con pocos argumentos, que muchos prometieron ser algo diferente y solo continuaron el camino trazado por sus antecesores.

La cuestión de fondo es que ese grupo de dirigentes necesarios, no solo deben ser políticos profesionales, sino una multitud de pobladores con suficiente vocación para modificar esta mecánica desde diferentes estratos.

No surgirá mágicamente una nueva especie en la política, y menos aún en forma espontanea, sino que aparecerá, solo en la medida que la sociedad pueda ser más exigente y deje de conformarse con los mediocres de siempre. Pero también será posible, en tanto y en cuanto, sean muchos los que abandonen definitivamente la comodidad que propone la apatía, renunciando a sus privilegiados lugares de espectadores de lo que ocurre, para ocupar un espacio protagónico allí donde sea preciso.

La política partidaria, esa que se encarga de ganar representatividad en el poder y que conforma gobiernos, es siempre el último peldaño, la cima de esta larga secuencia, que debe empezar mucho más abajo.

Es en el barrio o en el consorcio, en el club o en cualquiera de las organizaciones de la sociedad civil, en definitiva, en cada uno de los ámbitos de participación cívica donde se debe dar este proceso paulatino y progresivo, pero de un modo decidido, perseverante y comprometido.

No hay razones para resignarse totalmente. Se debe dar la batalla. Lo que no se puede hacer, es solo esperar que esto suceda gracias a un golpe de suerte, por un deseo superior, por justo que sea o necesario que resulte.

El desánimo seguirá ganando la pulseada solo si los ciudadanos lo permiten. No será la alta política la que modifique el curso de los acontecimientos, sino la decisión de una casta de individuos capaces de testimoniar, a diario, con su ejemplo personal e intransferible, que están saturados de esta forma de hacer. Que su cansancio ha llegado al límite y que resulta vital construir un punto de inflexión, indispensable para iniciar una nueva etapa.

Seguramente no será un recorrido lineal, libre de sobresaltos, y hasta se deben contemplar esperables retrocesos. No existe alquimia que muestre atajos para revertir el presente sin esfuerzo. Para eso, cada individuo debe revisar, hoy mismo, su actitud frente a lo que ocurre. Sus quejas, enojos, bronca e impotencia, son solo diminutos síntomas, pero no constituyen una acción concreta y mucho menos conducente. Hay que cooperar con algo más concreto, ser parte activa del cambio, participar de algún ámbito y, sobre todo, estar dispuesto a demostrar en el ejercicio de esa pequeña porción de poder, cuan convencido se está de modificar lo que incomoda.

Si esa dinámica diera sus primeros pasos, si ese esquema fuera capaz de demostrar su viabilidad, es posible entonces, que se empiece a superar esta patética situación que solo muestra la peor cara del escepticismo endémico.


Alberto Medina Méndez

jueves, 20 de marzo de 2014

"La tiranía heterosexual".

FEMINISMO EN ESTADO PURO



"La heterosexualidad es una costumbre acérrima a través de la cual las instituciones de supremacía masculina aseguran su propia perpetuidad y control sobre nosotras. Las mujeres son retenidas, mantenidas y contenidas a través del terror, la violencia y el chorro de semen ... [El lesbianismo es] una vía ideológica, política y filosófica de liberación de todas las mujeres de la tiranía heterosexual ..."

Cheryl Clarke, feminista norteamericana.


Y también...

lunes, 19 de noviembre de 2012

Pasó el 8N. Quedará en la historia argentina como el día en que gran parte del Pueblo salió a las calles de todo el país, pidiendo ser escuchado por el partido gobernante.

Opinión
 
-Y ahora, ¿qué? 
Por Malú Kikuchi

 Fue glorioso, educado, genial, correcto, multitudinario, pacífico y contundente. Constitucional. Pero fue. Ya está. Y ahora, ¿qué?
 
Todavía queda la mística del esfuerzo realizado, que fue enorme y formidable. Hecho concebido y realizado a través de las redes sociales, sin partidos, ni dirigentes, ni promesas de prebendas. Simplemente el milagro de sumar ciudadanos conscientes, en defensa de sus libertades básicas que están siendo conculcadas.
Nos sabemos ciudadanos reclamando con razón y con razones, por sus avasallados derechos. Sabemos que este gobierno debe durar hasta el 10/12/2015 -la fecha no es negociable-, sabemos que no estamos representados, y por eso salimos a la calle. En busca de respuestas. En busca de algo. En busca de alguien. En busca de instituciones destruidas.
Pero programar marchas periódicas, no parece ser la solución. Sería utópico presumirlas iguales en cantidad de personas y en calidad de educación cívica a la del 8N. Pero algo debemos hacer para que el entusiasmo y la alegría de recuperar compatriotas y valores que creíamos perdidos, no se diluyan en el tiempo.
Eduardo Marty propone: “Si toman Cablevisión por la fuerza, resistirán cualquier protesta y a los 15 días será Navidad y el verano. De allí la incomunicación del interior y de la propaganda K hay un solo paso. Luego manejarán Fibertel y será el adiós de la comunicación cacerolera (a lo China impidiendo Google). Luego vendrá la liquidación de La Nación, Clarín, Perfil y Canal 13. Luego será fácil, con todos los medios tomados y sin libertad de prensa, fraguar y ganar elecciones. Con 10.000 tipos y una mateada de vigilia rodeando cablevisión, podríamos impedirlo y le daríamos un claro mensaje a la Corte Suprema de respaldo. Protestar con el hecho consumado es ponerse a la defensiva y nadie gana estas batallas de esta forma. ¿La consigna? “No es por vos Magnetto, que sos igual que Nessstor, es por la libertad de prensa”. Luego “no lloremos como mujer lo que no supimos defender como hombres”.
Santiago Lozano propone: “¿Y si estas fiestas no compramos regalos? Si estuviste el 8N, si estás cansado que (…) se quiera hacer pasar por clase media… pensalo. Y si queremos recuperar nuestra libertad, nuestra paz y amistad, nuestra democracia y nuestra república, no consumamos lo innecesario, lo que podemos prescindir, que se caiga la fiesta del consumo y la recaudación, dejemos a los K sin Kaja y se caen. Si tenés hijos pequeños les decís que CFK. Kicillof y Moreno no dejan entrar los regalos de Papá Noel, que cerraron la aduana. Los demás entendemos todos. El 8N fuimos a la calle, esta Navidad brindemos con la familia y los amigos, pero no compremos nada”.
Otros proponen una rebelión fiscal, que está fuera de la ley, por lo tanto no me convence. Hay quien pide un juicio político, que es constitucional, soñando que los diputados, aún los FPV, empezarán a sentir el cambio de humor social y a su vez cambiarán de posición. Pero eso ya no depende directamente de nosotros, los ciudadanos. Sigo sin saber qué hacer. Todo me parece adecuado. Y si todo se hace consecutivamente, mejor.
Le añadiría los números telefónicos y los de los celulares y las direcciones de correo electrónico de todos los funcionarios, diputados y senadores, tanto nacionales, como provinciales. Los de los intendentes y los legisladores. Que cada ciudadano protagonista del 8N se haga una lista y cada día, y todos los días, le dedique media hora de su tiempo para comunicarse y comunicarle al representante de turno, nuestros problemas, necesidades y hechos con los que no estamos de acuerdo. La fuerza del uno más uno, es infinita. Y la persistencia en el reclamo, siempre da resultados.
Que un inmenso e imparable y atronador mensaje llegue a los oídos de los sordos. Que se enteren por nosotros, sin filtros, lo que no nos gusta, lo que no queremos, lo que no estamos dispuestos a permitir. Que sepan, día tras día, que Argentina está compuesta por ciudadanos conocedores de sus derechos y decididos, en paz y dentro de la ley, a defenderlos.
Dependen de nosotros. Les pagamos los sueldos y todos sus privilegios. Viven de nosotros. Y están donde están porque algunos argentinos los pusieron en ese lugar a través del voto. Que se enteren que si no cambian, se acaban los sueldos, los puestos, los privilegios, y el voto. Nosotros, los ciudadanos, nos despertamos después de una larguísima siesta, es hora de ponerles el despertador a los que dicen representarnos.
Acciones directas, respetuosas pero constantes, claras y sobre todo, persistentes. Si los pájaros carpinteros pueden con la madera a fuerza de insistir, podamos con las conciencias de los que se llaman representantes.
Se aceptan ideas legales y son bienvenidas. La Patria es de todos. Y la hacemos entre todos. 

Malú Kikuchi
maluki@fibertel.com.ar

lunes, 8 de octubre de 2012

Las mil y una distracciones que suelen colocar sobre el tapete semana tras semana con el objetivo de sumar en la confusión general a millones de argentinos.

Distracciones
Por JUAN SALINAS BOHILLos integrantes del formidable batallón kirchnerista no dejan de sorprendernos con las mil y una distracciones que suelen colocar sobre el tapete semana tras semana con el objetivo de sumar en la confusión general a millones de argentinos. Es de lamentar que a veces lo logren debido a que son muchos quienes se ocupan más de lo necesario de simples operaciones políticas gubernamentales. Porque eso es lo que son y no otra cosa.
Uno de los tantos magistrados que no podrían serlo en un país medianamente “normal” acaba de manifestar que “es un juez independiente”. Que Norberto Oyarbide se atreva a decir semejante desatino demuestra a las claras el poco respeto que tienen los funcionarios hacia la ciudadanía cuando continuamente se mofan de ella. Esa falta alcanza también a sus pares, al Consejo de la Magistratura y al Legislativo nacional porque más que tolerarlo, daría la impresión de que lo protegen. Eso está más que mal, y si a ello se suman otros extravíos similares, podría entenderse en parte el poco respeto que las personas tienen hacia los integrantes de las instituciones fundamentales de la República. Curiosamente son los responsables de tales incapacidades quienes baten el parche a más no poder en defensa de tales instituciones.
Otro globo de ensayo de tamaño fiesta de cumpleaños ha sido un brulote cuya autoría se lo atribuye José Pablo Feinmann con el título “Usted, señora, que odia a Cristina Kirchner”, en donde el “filósofo”, sí, el “filósofo”, agravia a la mujer y al hombre cacerolero de clase media por un supuesto odio, rencor, envidia (casi no queda pecado capital por nombrar) y hasta por cierta insatisfacción sexual hacia la Presidente por no poder poseerla sexualmente. En realidad, tales lucubraciones son meras especulaciones de su propia proyección a las que dice “fundamentar racionalmente”.
Feinmann, “filósofo” oficial del kirchnerismo, compite en la ardua tarea asignada con otro colega, también oficialista, Ricardo Foster, más sindicado como “intelectual”, quien no solo estuvo de acuerdo con los dichos del primero sino que además dijo:“José Pablo se queda corto con lo que dice de ciertos sectores”.
Lo que Antonio Gramsci definió admirablemente cuando purgaba cárcel acerca de que todos somos intelectuales más que solamente algunos cumplen una tarea de índole intelectual, podría aplicarse al filosofar. Todos lo hacen y en cualquier mesa de un bar pueden encontrarse especialistas por docenas sin que hayan pasado por la universidad. Por lo general, sus conclusiones resultan ser infinitamente superiores a las ahora archiconocidas. 
Por lo que se observa y en aras de reducir el gasto público y cuidar la salud de la población, habría llegado la hora de clausurar por un tiempo algunas facultades.