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miércoles, 17 de abril de 2013

La situación que vive hoy Maduro, luego de la muerte de Chávez, es muy parecida a la que vivió Isabel Perón luego de la muerte de Perón en 1974.

Domingo Cavallo 



 La economía de Venezuela se encuentra en una situación muy parecida a la que prevalecía en Argentina a principios de 1975: fuerte inflación reprimida, brecha gigantesca entre el precio del Dólar en el mercado oficial y el precio en el mercado paralelo, trabajadores y sindicatos demandando fuertes aumentos de salarios para sostener los niveles de vida prometidos en los años anteriores, enorme déficit fiscal, total descontrol monetario y muy bajos niveles de productividad.
Desde el punto de vista político, la desaparición de Chávez, como ocurrió con la muerte de Perón en 1974, deja sin liderazgo a un movimiento fuertemente personalista. Además, Maduro debe enfrentar una situación en la que las expectativas populares, por la naturaleza misma de la metodología política del régimen, son muy elevadas e imposibles de satisfacer frente a las penurias económicas que ya se han puesto de manifiesto y aparecerán con más claridad en el horizonte inmediato.
Es sabido que en 1975 se produjo en Argentina el episodio conocido como “Rodrigazo” cuando una fuerte devaluación, acompañada por fuertes aumentos de tarifas públicas y demandas de aumentos  salariares que fueron satisfechas luego de pujas distributivas y conflictos sociales extendidos, terminó en una explosión inflacionaria que llevó la tasa de inflación del 30 al 300 % anual. La probabilidad de que en Venezuela pase algo similar es alta. Si llegara a ocurrir, es importante que la crisis política que le suceda se resuelva dentro de los cauces constitucionales. Una renuncia anticipada de Maduro, al verse superado por la Crisis y no contar ya con el apoyo unánime de las fuerzas Chavistas, podría llevar a una nueva elección en la que seguramente resultaría electo Capriles, un dirigente que ha dado muestras de liderar una fuerza opositora bien organizada y preparada para gobernar.
Si, por el contrario, los militares Venezolanos llegaran a dividirse y un grupo anti-Chavista derrocara a Maduro para reemplazarlo por un jefe militar, el resultado para Venezuela  sería tan malo como fue para Argentina el Golpe Militar de 1976, porque la gente quedará confundida sobre quien tiene la responsabilidad política de una crisis que en Venezuela puede llegar a ser tan dolorosa como lo fue para Argentina la crisis de 1975.  Entre 1975 y 1990 Argentina sufrió mucha violencia, muy alta inflación y un completo estancamiento de la economía, fenómenos que se prolongaron durante 15 años. La estanflación prevaleció tanto con gobiernos militares como luego de la vuelta a la democracia en 1983.Todos los gobiernos responsables del Mundo, y en particular el de Argentina, que es el que está en mejores condiciones de advertir los riesgos con que se enfrenta Venezuela, deberían tratar de contribuir a que Venezuela se aferre a su sistema constitucional con transparencia y honestidad.
Lamentablemente, el Gobierno de Cristina, en lugar de solicitar a Maduro mesura y sensatez, como lo han hecho, entre otros, los gobiernos de Estados Unidos y España, actúa con el mismo fanatismo Chavista que ha llevado a Maduro no sólo a crear dudas sobre la legitimidad de su mandato sino que también lo aleja del clima de diálogo con la oposición que puede tornarse imprescindible para resolver  con éxito los seguros conflictos internos que ya se insinúan dentro del Chavismo.

martes, 19 de marzo de 2013

Un artículo publicado hoy por el díario La Nación sobre el Papa Francisco escrito por el ex presidente de la Nación y presidente honorario del Movimiento Productivo Argentino, Dr. Eduardo Duhalde.


 Aquel hombre que estuvo en las horas más difíciles. Por Eduardo Duhalde.

En medio de la crisis de 2001, Bergoglio, entonces arzobispo de Buenos Aires, asumió un rol clave en el llamado Diálogo Argentino, que buscó consensos para salir del abismo. Y mostró en aquellos días atributos que ahora lleva a Roma.
Los seres humanos somos distintos y reaccionamos de manera diferente. Ante la extraordinaria noticia que recibimos el miércoles pasado, luego de rezar por él tal como nos lo solicitó y de sentir el bienestar de su ecuménica bendición, me llené de recuerdos. Recuerdos de tiempos difíciles, de aquellos días calientes y decisivos en que asumí la responsabilidad de hacerme cargo de la primera magistratura del país. Es verdad: salimos adelante todos los argentinos, en lo que creo la historia considerará como una de nuestras mayores epopeyas colectivas. Pero hubo figuras providenciales en ese rescate, personalidades gigantescas que, evitando modestamente ocupar el centro de la escena, fueron determinantes para que no cayéramos en la disolución social, que por entonces era un riesgo real y cercano. Aquel hombre, Jorge Bergoglio, fue uno de ellos.
Ya desde antes de que se produjeran los trágicos sucesos de fines de 2001, la Iglesia Católica argentina venía promoviendo un diálogo que alejara las peores sombras que se cernían sobre nosotros. A la par de algunos fundamentalistas, no faltaban hombres de disposición abierta en el gobierno de entonces, pero la dinámica ciega de las políticas implementadas impedía toda posibilidad de una concertación. Sobrevino la hecatombe. Y cuando nadie daba un céntimo por nuestra gestión, la Iglesia Católica argentina, su Episcopado, insistió en la posibilidad de hallar juntos una salida. A la par de los funcionarios gubernamentales y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), los prelados católicos motorizaron lo que se llamó el Diálogo Argentino. Aquel hombre estuvo entre los más resueltos promotores de la iniciativa; por su preeminencia natural entre sus pares, su actitud fue de una importancia incomparable.
Mientras el gobierno a mi cargo sobrevivía, el Diálogo Argentino fue incorporando nuevos interlocutores, ampliando sus miras y transformándose en una usina programática. Se establecieron bases claras para los indispensables consensos; se abordaron y propusieron soluciones transitorias y a más largo plazo para problemáticas tan diversas como la de la salud, la reforma política, la sociolaboral y el funcionamiento de los tres poderes del Estado. Conscientes de estar al borde del abismo, desde la sociedad se daban estos pasos para rescatar la institucionalidad acosada por sus propias falencias y por la ira popular. Dentro de una cantidad de actores empeñados en que nuestra sociedad volviera a ser tal, se destacaba la comprometida actitud de nuestra Iglesia Católica; no por casualidad, los múltiples encuentros del Diálogo se iniciaron en un ambiente tan sacro como bello: el de los patios de la iglesia de Santa Catalina de Siena, en pleno corazón de Buenos Aires.
Si bien el Diálogo Argentino contaba con el apoyo y participación de toda la Iglesia Católica, con su Episcopado al frente, la convincente voz de orden la llevaba aquel hombre: fue él quien movilizó para la causa del Diálogo a los miles de sacerdotes y laicos que participaron. Pese a los múltiples cuestionamientos que recibió -y que todavía pueden formulársele, pues nada entonces podía ser perfecto-, pese a las dificultades que encontramos para su implementación, la medida más impactante resuelta en el ámbito del Diálogo Argentino fue el lanzamiento del Plan Jefes y Jefas de Hogar sin ingresos, que en poco tiempo llegó con un pedazo de pan a los más postergados. Porque, entonces, y aquel hombre lo comprendía, de lo que se trataba era de parar el hambre. Hambre, en la tierra de los argentinos.
Había algo especial en aquel hombre de criterios amplios como para comprender posiciones diferentes, de una vasta cultura ocultada por su modestia. Dotado de una excepcional inteligencia y una memoria prodigiosa, se expresaba con la sencillez del hombre de a pie, o mejor diré, del hombre que siempre prefirió moverse en subte o tren pese a tener a su disposición los lujosos automóviles oficiales. No era, sin embargo, un tibio: podía exaltarse al hablar de los fariseos de “la ciudad corrupta”, que se había vendido al hedonismo y entregado al juego sin detenerse a reflexionar en que, de ese modo, se destruía a la familia y se disolvía la condición de ciudadano. Nadie como él para expresar la preocupación por nuestros jóvenes y su problemática, signada por la falta de educación y posibilidades laborales; o cambiábamos esas condiciones o, aquel hombre nos lo advertía, clausurábamos nuestro futuro. Ese compromiso fue el que lo llevó a elevar su voz cuando la tragedia de Cromañón: clamó en el desierto ante esa innecesaria ofrenda juvenil.
Aquel hombre era un pastor espiritual que no hesitaba en mencionar los problemas materiales; constructor de ciudadanía integral, nunca dudó en dar sabios, oportunos y a veces duros consejos al poder terrenal. No era un indiferente político: como millones de argentinos, pero con mayor claridad que la mayoría de nosotros, se sentía completamente identificado con la causa de la justicia social. De allí que, para asombro de los bien pensantes a los que repele bajar al fango del que también está compuesta nuestra vida social, con frecuencia diera misa a cielo abierto en la Plaza Constitución; su auditorio eran los marginados de todo tipo, aquellos que no encuentran lugar salvo en un corazón alumbrado por todo el amor que se condensa en el sacrificio de la Cruz.
Recuerdo alguna carta recibida de aquel hombre; al rememorarla, me impactan las palabras con las que la cerraba: se ponía a mi disposición, pero me pedía que rezara por él y, a su vez, rogaba que Jesús me bendijera y la Virgen Santa me cuidara. No creo que su pedido fuera formulismo circunstancial, dado que ahora le pidió a cientos de millones de fieles que hicieran lo mismo: antes de otorgarles su bendición, antecediéndola -como en el caso de la carta-, les solicitó que oraran al Señor por él, para que lo iluminara.
Aquel hombre, el cardenal Jorge Bergoglio, es hoy Francisco, sumo pontífice de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Pesa sobre sus hombros la enorme tarea de conducir a la grey católica, y quizás también carga con la mayor responsabilidad humana: la voz del papa importa a todo el mundo, en especial a los hombres de buena voluntad, cualquiera sea su credo religioso.
Es un hombre de esta tierra argentina, es un latinoamericano; podemos confiar en que guarde en su corazón un lugar para los más cercanos entre todos los suyos, que hoy son millones.
Yo sigo recordando: cuánta calma me transmitió en aquellos aciagos momentos, cuánta generosidad para con aquellos a los que nos tocó gobernar, cuánta conmiseración por sus hermanos más sufridos. Y en nombre de esos recuerdos sobre aquel hombre, me permito transmitir a mis compatriotas mi absoluta creencia en que el nuevo representante de Dios en la Tierra es garantía de humanidad, de una humanidad que, sin dejar de serlo, no olvida elevar sus ojos a lo divino.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Como es de público conocimiento, el 21 de diciembre de 2012 no se acabó el mundo sino que comenzó el ciclo final del capitalismo. Asunto de los hombres de maíz, problema cardinal de la humanidad.


2013: Un abrazo directo al porvenir


 “Claro es que no tengo en las manos
el derecho a morirme
ni siquiera en las abandonadas tardes de los domingos.”
Roque Dalton


Andrés Figueroa Cornejo


El modo de producción basado en la explotación de trabajo asalariado, la apropiación privada de la riqueza y la exclusión de los muchos por una minoría -que bien podría habitar alguno de los fiordos desarticulados del sur de Chile, un barrio cercado de los países centrales, o una luna diminuta del cosmos-, y  sus históricas contradicciones internas, ya resulta insoportable hasta para un buen número de villanos. Como ese mismo puñado que concentra como nunca lo que pertenece al conjunto de la sociedad y, pobrecitos, no lo convence la realidad, el dolor de tantos ni nuestras nobles razones, el 2013, una vez más,   tendremos que organizarnos creativa y disciplinadamente para precipitar su caída a la prehistoria de nunca jamás.

Como la mayoría sobrevivimos al día o  morimos por minuto a causa de las crisis cada vez más profundas y sin retorno del capitalismo en su fase madura, esclerotizada y que asesina niños por hambre y munición, y ya no tiene nada más que ofrecer salvo superiores infortunios, patologías sociales y existenciales sin remedio, e irreparable destrucción planetaria, no nos va quedando otra cosa que reunirnos, destronar el miedo y la incertidumbre, hinchar los pulmones e intensificar la indignación. Silenciando nuestras distancias doctrinarias, escrúpulos fomentados por el enemigo y rencillas bíblicas.

Si bien los rebeldes, de acuerdo a las cifras de la historia oficial, hemos sido y estado siempre en la crónica de la lucha de clases, pero insuficientemente como para diluir las sociedades de clase, no va quedando más alternativa que imaginar con los pies en la tierra las tácticas particulares, locales y nacionales capaces de subordinarnos a la estrategia de la emancipación integral (no uniforme, lamentablemente no al mismo tiempo, no bajo la misma fórmula).  Cada pueblo con sus peculiaridades y todos los pueblos contra el enemigo común: los imperialismos de los Estados corporativos.

El 2013 (y no es fatalidad ni predicción malsana, falsa conciencia o puro deseo), ya contiene un variopinto acumulado de experiencias y prácticas transformadoras de los desheredados. Que ya el desarrollo de las fuerzas productivas, la ciencia, la tecnología, el saber humano están en su punto para alimentar, abrigar, cultivar, educar y sanar a la totalidad sin necesidad de los pocos especuladores que organizan la miseria –la insufrible y la llevadera con 15 días de vacaciones al año-. Que por todos los medios a nuestro alcance podemos confundir al egoísmo, desbaratarlo colectivamente, apuntarlo con el dedo en la calle e ir arrojándolo al tacho de la basura histórica. Que no importa de dónde vengas sino a dónde vas. Que sabemos bien qué no hacer para esquivar horrores andados y ahí mismo encontrar las pistas de lo que sí sabremos qué hacer.  Que quien se equivoque o lastime a un igual pida disculpas y enmiende con el ejemplo. Que aunque sea con necesaria rabia, bronca, emputecimiento, los de abajo somos primeramente un corazón, un puente, una cabeza que busca a los compañerxs, un complejo de contradicciones que sólo quiere vivir en paz. Que los niños y los viejos primero.

No es delirio ni alcohol ni cóctel medicamentoso. El 2013 se viene duro y fuerte, doloroso y transformador. Se viene armado con trabajadores y empobrecidos, mujeres, indígenas, juventud rebelde, palestinos unidos a como dé lugar, cristianos que ponen el pecho del que caminó sobre el mar, gente con dudas, guerrilleros y secretarios de acta de junta vecinal, presidentes y parlamentarios que no pierden la memoria ni canjean compromisos por acomodo o posibilismo; chinos haciendo huelgas, huelgas fabricando vocación de poder, poder popular tejido a punta de asamblea y combate, territorios liberados, redes sociales al servicio de la praxis y la organización blindada. Campesinos, viejos luminosos que ya se pusieron al día o jamás dejaron de alumbrar, niños azules. Canciones de antes y canciones del futuro. Modos combinados y la justicia como condición de la libertad. El patriarcado en bancarrota y la Banca rota. Reunión, alianza, fuerza social que despeja ecuaciones y las cosas de orden cambia.

El 2013, a interpretación contemporánea de los anuncios de los hombres de maíz, significa el principio del fin del capitalismo. Cuando sea 1° de enero, no importa dónde estés ni por qué ni con quién. Abraza directo al porvenir.