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sábado, 23 de noviembre de 2013

Carta de Cristian Rodrigo Iturralde.

CARTA ABIERTA AL DIPUTADO EDUARDO AMADEO



Carta del camarada Cristian Rodrigo Iturralde a propósito de los incidentes ocurridos en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires el martes 12 de noviembre.


Estimado Sr. Amadeo:

No sin antes saludarlo cordialmente y felicitarlo por su oposición a la despenalización del aborto y la liberación de las drogas, aprovecho la oportunidad para dirigirme a Ud. a efectos de expresar mi desacuerdo y estupor ante su desmedida reacción –cuasipatoteril- y declaraciones vertidas en ocasión a los eventos conocidos del martes pasado en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires. Sin mesura alguna, no trepidó siquiera en increpar niños ni en lanzar gravísimos e impropios epítetos –con el agravante que es Ud. Diputado- sobre ciudadanos que pretendieron mostrar su desacuerdo con la ceremonia de marras, calificándolos, muy ligeramente, de ¨miserables nazis¨ (N.A.: curioso caso de nazis que rezan devotamente el Rosario).

Si fuera Ud. tan amable, me gustaría, Sr. Diputado, que responda algunas de las inquietudes que me han surgido a este respecto, pues entiendo que debe una aclaración a parte de la ciudadanía: 

1- ¿En que hechos, evidencias y derechos se apoya para endilgar a estas personas el –siempre indeleble y descalificador- rotulo de nazifascistas, refiriéndose incluso a sacerdotes legítimamente ordenados como ¨miserables disfrazados de tales¨? 
2- ¿No es acaso la difamación y la calumnia, además de inmoral, un delito penado por la Constitución Nacional? 
3- ¿Qué fue lo que a Ud. indignó y sería lo reprobable aquí: la profanación de un templo católico o la interrupción momentánea de un homenaje a la comunidad judía? 
4- Por último me gustaría saber qué entiende por ¨tolerancia¨. ¿Debe ésta ser recíproca?
5- Si lo que Ud. busca son ¨nazis¨, Amadeo ¿por qué no se toma como cualquier hijo de vecino el 85 a Isidro Casanova y expresa personalmente y con la misma desbordante energía al Sr. Luis D´Elía lo propio? Eso sí: sin cámaras de TV.

Son seis preguntas que le ruego tenga a bien responder y esclarecerme.

No obstante, duela reconocerlo, su actitud es lógica y coherente, incluso entendible. Pues, hay que decirlo, a nadie escapa el hecho del rédito político que supone la realización de ilimitadas concesiones a ciertas comunidades/lobbys –sean estas justas o injustas- y la condena de todo acto -mal denominado- ¨antisemita¨. Contrariamente, sabemos, en la carrera por la ascensión política, denunciar y condenar toda acción en que la víctima sea la propia Iglesia Católica goza de un completo descrédito. (Ojala pusiera la misma energía en condenar las decenas de profanaciones y agravios que sufren la Iglesia, sus sacerdotes y los laicos casi a diario).

Un poco de historia y un consejo, Sr. Diputado: aprenda de los judíos. Ellos defienden en forma incondicional sus creencias y a su comunidad (justificando incluso el verdadero holocausto que cometen contra los palestinos en Medio Oriente). Deje de proclamar como dogmas cosas que no son tales y de rememorar hechos de cuestionable veracidad histórica y comience por recordar y defender su propia historia: 100 millones de cristianos asesinados en 70 años de comunismo, otros millones entre Nagasaki y Dresden y otros tantos linchados diariamente en Medio Oriente. 

Sino, al final, será como dijo la vez pasada un buen amigo con respecto a los argentinos de GreenPeace detenidos por los rusos: ¨No se entiende. Estando tan necesitados nuestros compatriotas, habiendo tanta hambre e indigencia en nuestro país, éstos se van a salvar ballenas a Rusia. ¿Por qué no dan primero una mano a los nuestros? La respuesta en realidad es harto sencilla: es más chic, ciertamente, salir en defensa de una tortuga del Mar Rojo que ayudar desde el anonimato a los propios hermanos de Formosa o el Chaco.

Un peso y dos medidas

Sin más, lo saludo atentamente.

Cristián Rodrigo Iturralde

domingo, 10 de noviembre de 2013

Complicidad con el narcotrafico.

NARCOTRÁFICO LA GRAN HIPOCRESIA Y DESIDIA DEL ESTADO

Una década de inacción y de negación del Kirchnerismo nos crea una duda es por incapacidad…?, o por complicidad con el narcotraficante…?, yo creo que es por complicidad
Nunca se le dio importancia a este problema y por eso ahora explotó. No quiero decir que sea tarde, pero se ha dejado avanzar al narcotráfico al punto de tener bandas de otros países que vienen a instalarse y hacer negocios. Si en los 80 podíamos ser un país de tránsito por excelencia, hoy tenemos un mercado de consumo muy, muy importante, aquel diagnóstico de país de tránsito de los años 80 acabó siendo una suerte de excusa para la autocomplacencia de las autoridades y organismos del Estado por mucho tiempo; un tiempo perdido irrecuperable para la prevención y la lucha contra este flagelo.
No importa en qué grado de crecimiento esté el narco en una sociedad, hay que preocuparse por atacarlo en vez de preocuparse en qué punto se está. En Colombia, cuando se quisieron acordar, ya manejaban el negocio y habían corrompido la policía y la Justicia. Cuando menos lo pensaron ya tenían cárteles que habían convertido a ese país en un narco-estado.
No hay duda de que Argentina se consolida como una ruta importante de drogas hacia Europa, donde se paga el mejor precio para la cocaína –basta recordar el caso Juliá: en enero de 2011 un avión privado que salió de Buenos Aires fue requisado en Barcelona con 944 kilos de cocaína-.
Las razones por las cuales nos hemos convertido en un país accesible a la operatoria de esos grupos hablan de nuestra debilidad institucional, fronteras sin controles ya que la Gendarmería y Prefectura no está donde debe estar, la política de radares es una gran deuda del estado, recuerdo cuando en el año 2004 ante el aumento de vuelos clandestino ingresando drogas a nuestro país, el Presidente Néstor Kirchner firmo el decreto para la instalación de 69 radares en todo el país, esta iniciativa aún está lejos de cumplirse, también la oposición planteó la necesidad de sanción una ley de derribo, recuerdo las afirmaciones de Aníbal Fernández en aquel entonces Jefe de Gabinete de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, dijo que la “Ley de Derribo” es similar a la pena de muerte. “La radarización en sí misma no resuelve absolutamente nada”, dijo. “Es una de las tantas zonceras argentinas”.
El sistema tiene bajos los anticuerpos, 90% del espacio aéreo sin radarizar, nuestros pasos fronterizos son fáciles de atravesar, hay una debilidad intrínseca del Estado que hace que sea muy fácil operar acá.
No es exagerado decir que las avionetas ya llegan hasta el conurbano bonaerense, tiran la droga sin bajar todos lo saben, también todos saben que hay más de 1500 pistas de aterrizaje clandestinas, pero nadie hace nada.
La villa 1-11-14 está dividida por la avenida Riestra, y cada cual tiene su zona, pero cuando se quieran expandir, estallará la violencia, como ya ha sucedido en algunos casos. En un mismo barrio puede haber varias banditas de no más de 10 a 15 personas que trafican entre 500 y 100 kilos de marihuana por semana. Tan fácil como un tipo acá y otro en Paraguay, cruzan la droga por Wanda (Iguazú), Misiones, sin el menor control, en tandas de 200 kilos, y cuando tienen una cantidad importante la mandan en camión. La marihuana viene del Paraguay y es más fácil para ellos conseguirla. En cambio la droga que sale al exterior es obra de bandas de argentinos o de colombianos. Salvador Maza, en Salta, frontera con Bolivia, es otro colador. Son coladores todas las fronteras. 
La falla es política, porque no hay decisión de encarar el tema. Es como la inflación: si se
niega la realidad, es imposible enfrentarla  En segundo lugar el sistema de seguridad es un descalabro. Traen gendarmes y prefectos de la frontera a las ciudades, las fronteras están poco cuidadas por falta de personal, últimamente han usado a militares para cubrir esos agujeros, lo cual es violatorio de la ley de seguridad interior... y además el personal de la Fuerzas Armadas no esta capacitado  para esa tarea. O sea, un despropósito. Si cada uno hace lo que se le ocurre y las fuerzas de seguridad están desbordadas, no podemos tener otro resultado que el actual.
Según la encuesta anual de la ONU, el 2,8% de la población adulta (entre 15 y 64 años) de Argentina consume cocaína, lo que equivale a casi un millón de personas mientras que 7,5% consumen marihuana. Es un mercado de consumo muy significativo. Un kilo de cocaína en Buenos Aires vale 10 mil dólares, si una persona consume 50, 100 gramos al mes, estamos hablando de un negocio de más de mil millones al año.
Como verán es un negocio que no pueden estar ajenos los gobernantes y que seguramente les da pingües beneficios.
Diez años de gobierno es un tiempo más que razonable para fijar una política seria de seguridad.

Carlos Alberto Espiño
C.A.B.A. Noviembre 10 del 2013

lunes, 13 de mayo de 2013

En tiempos de crecimiento económico, algunas sociedades suelen pretender ampararse en indicadores para justificar su entusiasmo.


Euforia, desconsuelo y reconstrucción.

 Ciertas estadísticas parecen reflejar determinados logros, y por eso es que el debate político aprovecha para apoyarse en esas cifras y demostrar su aparente éxito.


“No todo lo que brilla es oro”, dice una frase popular que intenta advertir a los ingenuos, de que unos pocos datos aislados, presentados con arrogante ampulosidad, no pueden explicar el presente profundo.

Muchos de estos países están pasando por esa etapa. Una situación bastante infantil, demasiado ingenua, en la que buena parte de la comunidad prefiere creer en “espejitos de colores” presumiendo del supuesto triunfo de sus ideas. Lo concreto es que no tiene sustento real y solo muestra la superficialidad de ciertos progresos que no explican con precisión el momento actual.

En ese contexto, los que viven convencidos de estar en el paraíso, hacen insistentes comparaciones con el pasado, se retratan en él, afirman que jamás antes vivieron de este modo y dicen no comprender como es posible que el resto de la sociedad no reconozca las maravillas del presente.

Tal vez exista cierto paralelismo, entre esa descripción cotidiana que hacen algunos y lo que le suele suceder a aquel que se sumerge en el infierno de las drogas. En un instante difícil de su vida, elige el camino más rápido, busca ese atajo a la felicidad que le proponen los mercaderes del mal. Esos que dicen que consumir sustancias hará que todo se vea mucho mejor, más que especial, diferente, accediendo así a un mundo pleno de bienestar.

El relato de los que transitaron por ese abismo, habla de una enorme sensación de entusiasmo, alegría y placer, que en cada nuevo intento se disfruta con incomparable satisfacción. Lo que no alcanzan a percibir en ese trance, es la totalidad de lo que está ocurriendo, que es no solo lo evidente de la inmediatez, sino lo que sobrevendrá después de esa fase de delirio, cuando se distinga la oscuridad que tiene preparada el porvenir y las consecuencias inevitables que pagará por ese instante de placer.

Los que inducen a estas políticas, son como los distribuidores de drogas, y se constituyen en los grandes ganadores de este juego. Son ellos los que disfrutan del resultado y sacan provecho a las decisiones individuales, los que se enriquecen y sobreviven al proceso.

En la vida en comunidad sucede algo similar. No existe vericueto que lleve a la dicha, al crecimiento y al desarrollo integral. El progreso, el despliegue económico, el avance social, la derrota de la pobreza, no se obtiene con extraños artilugios edificados bajo efímeras circunstancias positivas.

El éxito sustentable siempre viene de la mano del esfuerzo, del trabajo, del sacrificio perseverante de una suma de individuos. Creer que con planes sociales, ayudas económicas, saqueos sistemáticos a los que producen, se puede lograr una sociedad armónica, es casi tan ilusorio como suponer que consumiendo sustancias se conquista la felicidad personal.

Las naciones no consiguen un progreso sostenido, una construcción con mayúsculas, hasta que no comprenden las verdaderas y profundas razones que explican la prosperidad. No existe magia en esto, nada se obtiene de modo casual. Las condiciones propicias dilapidadas bajo este esquema de distribucionismo irresponsable, solo llevan a recorrer un camino que implica asumir una secuencia interminable de altísimos costos de mediano plazo.

La inmoralidad de una clase dirigente que compromete a las generaciones futuras, gastando en el presente recursos que no dispone, para endeudarse de cara al porvenir, dejándoles así la responsabilidad de “pagar la fiesta” de la que disfrutaron ellos, a sus hijos y nietos, muestra la perversidad del régimen y la insensatez de los aplaudidores contemporáneos.

Ellos insisten en esto de convencer a todos de que lo logrado es genuino, que los resultados visibles son hechos objetivos y que no hay nada que temer. Cada vez que alguien describe lo que vendrá, solo atinan a acusar sistemáticamente de conspiradores y desestabilizadores a quienes se ocupan de anticiparse a lo inexorable. Ignoran uno a uno los síntomas que muestran que el régimen apela todos los días a más de la misma sustancia para sostener la artificialidad de su construcción.

Para cada tropiezo inesperado, se ufanan de tener una explicación satisfactoria. Cada atropello tiene un asidero en ese relato. Así avanzan en su fantasía en la que creen vivir, hasta el punto de negar las consecuencias que pagan ellos mismos por las políticas que defienden sin sentido.

Inseguridad, corrupción, inflación, abandono de la cultura del trabajo, degradación moral, y las ya más evidentes, perdidas de la libertad, ausencia de institucionalidad y debilitamiento de la república, están a la vista de todos y ya no se pueden ocultar bajo las cándidas caricaturas que utilizan.

Creer en la existencia de atajos a la felicidad, en materia política, es desafiar la esencia humana, ya no solo su historia, sino la racionalidad que ha posibilitado al hombre progresar con creatividad y esfuerzo.

Por ahora, una parte importante de la sociedad prefiere disfrutar de la fugaz dicha que le propone la ficción, sin percibir los efectos nocivos de las “sustancias” que consume. La realidad, pronto, se ocupará de poner las cosas en su lugar, y terminar el cuento de hadas que algunos creyeron.

Continuarán recorriendo ese árido camino e invitarán a otros a seguirlos, como sucede en el mundo de las drogas, mientras los políticos que exaltan al “estado del bienestar” y este falso progresismo económico, sacan provecho personal de esa novela.

Salir de este enredo no será tarea fácil, pero a veces las caídas consiguen despertar a todos del letargo para salir con más vigor de esos errores. Es de esperar que no sea en vano y que el aprendizaje llegue cuanto antes para convertir esa preocupación en fuerza vital y empezar a construir un país en serio. Pronto la realidad despabilará a los más, para pasar de la euforia al desconsuelo, y recién desde allí, emprender el camino de la reconstrucción.



Alberto Medina Méndez

martes, 12 de junio de 2012

Francis Fukuyama: "Construcción del Estado: gobierno y orden mundial en el siglo XXI".


ACERCA DE FUKUYAMA


La historia no había terminado...

"Defiendo la construcción del Estado como uno de los asuntos de mayor importancia para la comunidad mundial, dado que los Estados débiles o fracasados causan buena parte de los problemas más graves a los que se enfrenta el mundo: la pobreza, el sida, las drogas o el terrorismo". Esta idea jamás podríamos asociarla al pensamiento neoliberal (o "capitalismo salvaje", para decirlo sin atenuantes), el cual se caracteriza por una apología fanática de la libre empresa y del achicamiento/ desaparición del Estado.
5 de junio de 2012.-

Marcelo Colussi
mmcolussi@gmail.com

Pero curiosamente es lo que nos dice Francis Fukuyama en su libro "State-Building: Governance and World Order in the 21st. Century", publicado en el año 2004 y llevado al español como "Construcción del Estado: gobierno y orden mundial en el siglo XXI".
Fukuyama se hizo famoso la década pasada cuando en 1992 (año del centenario del inicio de la conquista de América, casualmente) pronunció el grito triunfal en su libro El fin de la historia y el último hombre: "la historia ha terminado". Pero en realidad lo dicho por este pseudo-intelectual ni es pensamiento profundo ni encierra ninguna verdad científica. La historia ¡no había terminado! Años después de pronunciar esa frase de victoria (ideológica, visceral), se atempera y reconsidera el papel del Estado.
A inicios de la década pasada, caído el muro de Berlín y derrumbado el campo socialista de Europa del Este, el capitalismo se sintió exultante, triunfal. Todo parecía indicar que la economía planificada no llevaba a ningún lado, y que el mercado se imponía como modelo único e inevitable. Coadyuvaba a esta visión la idea de democracias parlamentarias como más "civilizadas" y dando más respuestas a los problemas sociales que las "dictaduras" del proletariado de partido único.
Fue tan grande el golpe -y en buena medida, el golpe mediático que el capital supo implementar al respecto- que el discurso dominante inundó toda la discusión. La izquierda misma quedó perpleja, sin argumentos. Parecía cierto que la historia nos dejaba sin respuesta. Pero la historia no había terminado (¿habían terminado acaso las causas que ponen en marcha la protesta social?, ¿habían terminado las asimetrías sociales basadas en la explotación y las injusticias?)
El término "globalización" se adueñó de los espacios mediáticos y del ámbito académico, pasando a ser sinónimo de progreso, de proceso irreversible, de triunfo del capital sobre el "anticuado" comunismo que moría, representado en autoritarios jerarcas de Comités Centrales que, sin duda, de comunistas no tenían más que el nombre. Y de verdad que nos lo hicieron creer. La siempre mal definida globalización pasó a ser el nuevo dios; según se nos dijo -siendo Fukuyama uno de sus principales difusores- la misma traería desarrollo y prosperidad para todo el planeta. La historia había terminado (mejor dicho: el socialismo había terminado), y el término que lo expresaba con elegancia, por no decir con refinado sadismo, era globalización. No se podía estar contra ella.
Por ese entonces el optimismo triunfalista del neoliberalismo en boga campeaba sobre el mundo. Después de las fracasadas experiencias socialistas (aunque habría que discutir más eso del "fracaso". ¿Cuba fracasó?, el sistema capitalista ¿triunfó y eliminó más pobreza?), o mejor dicho: después de la presentación mediática que hacía el capitalismo victorioso de los acontecimientos que marcan estos años, no quedaba mayor espacio para las alternativas. Con fuerza de moda, las políticas neoliberales barrieron el planeta. Según nos aseguraban sus mentores con convicción mesiánica, por fuerza traerían la paz y la felicidad.
Hoy, casi dos décadas después de este grito de guerra, la realidad nos muestra algo bastante distinto a paz y felicidad planetarias: buena parte de la población global pasa hambre, la miseria golpea con fuerza y la prosperidad es una palabra desconocida para la mayoría de los pueblos del mundo. El capitalismo creció, sin dudas, pero a condición de seguir generando más pobreza. La riqueza se reparte cada vez en forma más desigual, con lo que puede decirse que si algo creció, es la injusticia. Y las guerras no sólo no han desaparecido sino que pasaron a ser un elemento vital en la economía global; de hecho, en la dinámica de la principal potencia a escala planetari, los Estados Unidos, es su verdadero motor, ocupando alrededor de un cuarto de todo su potencial y definiendo su estrategia política tanto interna como internacional. Por lo que se ve, la historia no había terminado. La protesta social, aunque silenciada con nuevas y refinadas técnicas de control (¿medios de comunicación?, ¿nuevos fundamentalismos religiosos?), sigue estando.
Después de unos primeros años de impactante conmoción, tanto el campo popular como el análisis objetivo de los hechos fue saliendo del estado de shock, haciéndose evidente que este momento de euforia de los grandes capitales era un triunfo, enorme sin dudas, pero no más que eso: un triunfo puntual (una batalla) en una larga historia que sigue su curso. ¿Por qué iba a terminar la historia?
"Siéntate al lado del río a ver pasar el cadáver de tu enemigo", enseñó hace dos mil quinientos años el sabio chino Sun Tzu en el Arte de la Guerra. Parece que este asiático entendió mejor el sentido de la historia que este moderno oriental americanizado, Fukuyama. La historia no termina.
Después de observar los desastres que ocasionó el retiro del Estado en la dinámica económico-social de tantos países siguiendo las recetas (impuestas, por supuesto) de los organismos financieros internacionales en esta ola neoliberal absoluta, también hay gente pensante que reacciona. Este desastre -con éxodos imparables de inmigrantes desde el Sur hacia el Norte, con brotes desesperados de violencia tendenciosamente llamados "terrorismo", con un desastre medioambiental que pareciera ya irreversible de no cambiarse el curso de las cosas- torna al mundo cada vez más problemático, más invivible. Invivible, al menos, para las grandes mayorías. Y ahí aparece nuevamente Francis Fukuyama.
En realidad, en este otro libro al que nos referimos no se desdice radicalmente de lo dicho años atrás, pero lo matiza. Lo cual, en otros términos, no es sino expresión de una inconsistencia intelectual enorme. Un grito de guerra no es teoría. Y lo que 20 años atrás se nos presentó como formulación seria y sesuda -que la historia había terminado- no pasa del nivel de pasquín barato con visos de amarillismo. No hay en juego ningún concepto riguroso: sólo hay fanfarronería ideológica, pirotecnia verbal. Si algunos años después Fukuyama debe apelar a esta revalorización del papel del Estado, ello es lisa y llanamente porque la historia le demostró la inconsistencia del show propagandístico que nos lanzó años atrás. Además, pone el acento en el Estado y no en las relaciones estructurales que el mismo expresa. El problema no está en el Estado, si debe ser fuerte o débil: el problema siguen siendo las luchas de clases, la estructura real de la sociedad. Cuando el Estado debe salvar a los grandes capitales en bancarrota, como lo vimos recientemente ante la fenomenal crisis de las sub-primes en el 2008, crisis de la que aún las grandes masas no terminan de salir, ahí está inyectado millones y millones de dólares para rescatar a las empresas en dificultades (Glodman Sachs, Citigroup, General Motors, Wells Fargo, Bank of America), pero no así al pequeño ahorrista, al trabajador desamparado, al indigente. Y cuando tienen que reprimir la protesta social, aún en los maliciosamente llamados Estados "fallidos", no fallan, cumpliendo su cometido a la perfección.
La historia sigue su curso. En todo caso, no sabemos bien cuál es ese curso. Pero sigue, inexorable. La historia no es otra cosa que movimiento, cambios, revoluciones, violencia para cambiar lo que se resiste a morir ("la violencia es la partera de la historia"), avances y retrocesos, un meneo perpetuo. Pero de quietud, de fase final: nada.
Como atinadamente dijo Jorge Gómez Barata: "Lo que demonizó a Carlos Marx e hizo de él un adversario formidable, no fue haber predicado la revolución, sino haber demostrado su inevitabilidad, aunque tal vez ocurra de manera diferente a como lo soñó."
Para expresarlo en clave hegeliana: el amo tiembla aterrorizado delante del esclavo porque sabe que inexorablemente tiene sus días contados. Por más que el amo lo reprima, lo llene de "opios" varios -televisión, religiones fundamentalistas, Hollywood, guerra de cuarta generación mediático-psicológica-, por más que lo trate de anular y le muestre los dientes con arsenales de la más mortífera y sofisticada tecnología, sabe que en algún momento el esclavo puede abrir los ojos. ¿Qué otra cosa, si no esa guerra formidable, es la historia de las sociedades de clase?