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viernes, 6 de diciembre de 2013

"Identidad de género infantil".

Los niños y la identidad sexual 

Por Noemí Lapacó *


El modo en que nos nombran, antes de nosotros saberlo, nos representa ante los demás. Es el modo en que los otros nos identifican y nos alojan, mucho antes de que tengamos, en tanto sujetos diferenciados, una identidad propia. Ese reconocimiento que viene del Otro en primer término es el que cada uno de nosotros, alienado a ese decir adopta. Es decir nos adoptamos como “mí mismo” a partir de algo que se nos dona en la palabra de otro, por lo general antes de nuestro nacimiento. Quién de nosotros no preguntó a alguien que estaba en camino de ser padre o madre “¿ya tienen el nombre?”, o bien “¿todavía no tiene nombre?”, como intentando saber anticipada e imaginariamente a quién esperar. Como si su identidad dependiera de ese nombre que le será donado por quienes van a recibirlo en este mundo social.

Y no estamos muy lejos de la verdad; los nenes chiquitos dicen “nene” o “nena” de sí mismos, según como sean llamados por los otros, mucho antes de decir su nombre. Nombre que en general desconocen que sea el suyo en un tiempo primero de la vida. La posibilidad de decir “yo”, es decir de hablar de sí mismos en primera persona, está evolutivamente ubicada alrededor de los dos años y medio. No antes. Antes de eso, el niño se considera una parte indivisa del mundo que lo rodea. Todo el mundo es él y lo que percibe alrededor suyo. Hay entre él y el mundo, para nosotros exterior, una continuidad que sólo de a poco y por la intervención de la palabra y los actos de los adultos se va circunscribiendo. Son la palabra y el contacto directo con los otros, sus actos, los que transmiten en ese primer tiempo un cierto orden acerca de qué es cada cosa y para qué sirve.

A los dos años de vida un niño apenas ha comenzado a nombrar las diferencias entre los objetos, las diferentes consonantes de la lengua materna, por ejemplo, que a menudo todavía confunde en su “media lengua”. Entonces, ¿qué sabría un niño de dos años acerca de qué clase de cosa es una princesa? ¿Cómo obtendría ese saber, que tampoco ha alcanzado aún a distinguir a nivel del lenguaje ni de la experiencia, salvo que lo escuchara y muchas veces? Podría ser que apareciera en un cuento leído, pero entonces, ¿cómo asociaría ese concepto, lejano a su experiencia, con la compleja percepción de un yo integrado, siendo que éste aún no está articulado en una “identidad” consigo mismo, con lo que él íntimamente experimenta?

Y algo más asombroso: ¿qué sabe un niñito de dos años de la diferencia de los sexos? ¿Cómo llegó al conocimiento de qué hay dos sexos y de cuál es el que será finalmente el suyo? A esa edad, ellos, los nenes, no saben si son nenas o varones, no se distinguen, somos nosotros quienes los distinguimos. La alternancia en la presencia/ausencia de pene no ha sido establecida todavía como universal a nivel simbólico, es un dato observable pero sin significación sexual aún. En el caso de que la experiencia la hubiera puesto a su alcance, las teorías sexuales infantiles acuden prestamente a desmentirla y a tranquilizar la angustia que la fantasía de pérdida, de castración, induce. Los argumentos fantaseados como “ya le va a crecer cuando sea grande” respecto del pene tranquilizan a los varones y esperanzan a las niñas por esas épocas de sus vidas.

En esa etapa precoz, las sensaciones corporales eróticas, por vívidas que sean, aún no se asocian a la diferencia que hace de alguien “varón” o “nena”, simplemente porque esa diferencia permanece aún fuera de su registro simbólico. Los niños ven una apariencia sin establecer una relación entre esa apariencia y una modalidad singular de goce sexual. La propia excitación o el placer erógeno de una zona corporal es percibida por el niño sin asociarse con lo masculino o femenino, ni con lo activo o pasivo; sólo se siente, sin representación de género que la legitime y la ordene.

La sexualidad infantil, según Freud, es “perversa polimorfa”, es decir que no ha definido aún un objeto o zona erógena singular de la que goza. Por el contrario, goza indiferenciadamente de cualquiera de ellas. Sólo después del paso por el Complejo de Edipo y su represión, la identidad sexual empieza a estructurarse alrededor del ideal social de cada sexo, tanto para aceptarlo como para rechazarlo. Esto recién se manifiesta entre los cinco y seis años, por lo general.

Insisto: no antes.

Entonces no puedo menos que preguntarme: ¿como podría un niño de dos años nombrarse a sí mismo si no fuera porque alguien lo llamó así antes?; ¿cómo podría llamarse “yo”, usando gramaticalmente la primera persona, cuando aún no ha articulado, no ha concluido en la percepción de un yo estructurado como tal por la incorporación de las diferencias con el otro y los propios límites, cuando no sabe aún qué es “yo” y qué es “no yo”?; ¿cómo podría atribuirse la identidad definida conceptualmente de “princesa” cuando no sabe aún nombrar, casi seguramente, ni la calle de su casa ni el oficio de su padre?; ¿cómo reclama una sexualidad diferenciada como “nena” o “nene” cuando aún no tiene registro de que exista una estructura anatómica o un goce corporal que no sean los suyos, incluyendo la “teta” de mamá, que también considera suya muchas veces a esa edad?

En septiembre pasado, el gobierno de la provincia de Buenos Aires, en una decisión sin antecedentes en el mundo, decidió cambiar el documento, por pedido de su madre, al infans conocido a través de la prensa como Lulú. Se dice que al año y medio Lulú decía: “Yo nena, yo princesa”. Según lo que hemos expuesto, sería más razonable pensar que este reclamo, de cuya existencia no dudamos, resulte mucho más tardío que los dos años, que es la edad a la que se le atribuye insistentemente. A los siete años que ahora tiene, en cambio, es muy posible que haya tenido tiempo de percibir y adoptar o rechazar el modo en que se lo nombró, y en qué lugar fue esperado, consciente o inconscientemente, por los que lo alojan en su deseo.

Un niño crece alienado al lugar que le es ofrecido por la cultura, mediada por las personas de sus padres en sus dichos. Para alcanzar palabra propia, así fuera en la más absoluta aceptación del lugar que le fue ofrecido, debe recorrer un camino de identificaciones, renuncias y elecciones. Cada sujeto va construyendo por partes, anticipada y trabajosamente, un esbozo del sí mismo que le gustaría alcanzar, su yo ideal, al decir freudiano.

Es recién en la pubertad donde cada quien se las ve con lo que su sexo le hace desear, le exige como satisfacción. Estas modalidades de satisfacción sexual no se eligen voluntariamente en ninguna época de la vida; el sujeto se ve exigido a adoptar una posición sexual, a partir de condiciones de goce erótico singulares, que muchas veces él mismo desconoce y sólo pone en acto.

El sexo propio no es una imagen idealizada, no es una identidad aislada de lo real de la sexualidad efectiva y satisfactoriamente consumada. De ningún modo podemos asumir que antes de la pubertad esas preferencias estén decididamente definidas; sólo están, como decíamos antes, esbozadas en la imagen y aún sin confirmación real a nivel del goce sexual.

Por otro lado, la identidad legal de un sujeto en sociedad debería corresponderse a aquella que lo haga auténtica y subjetivamente feliz.

No quiero dejar de expresar mi preocupación acerca de que, en función de la aceptación de una legalidad vigente y oportuna, que asegura los derechos de quienes deciden asumir una identidad sexual autopercibida, ley con la que acuerdo plenamente, se generalice esta posibilidad respecto de los niños pequeños, que considero aún no pueden tomar esa decisión, ya que su autopercepción aún no está del todo establecida en forma independiente y responsable.

La ley es una; habría que repensar, propongo, las condiciones mínimas para su aplicación, para no caer en el error inverso a la rígida dependencia anatómica y/o de los roles sociales preestablecidos. Es decir, no caer en una elección caprichosa o apresurada al menos, y que no resulte seriamente justificada sobre la base de una autodeterminación subjetiva que posibilite preservar la singularidad de cada sujeto, y lo cuide así de posteriores complicaciones.

* Licenciada en Ciencias de la Educación. Psicoanalista. Miembro de la Escuela Freudiana de Buenos Aires (EFBA). Anticipo del artículo que se publicará en el próximo número de la revista Imago-Agenda.
     

sábado, 24 de marzo de 2012

24 de Marzo de 1976.


Conste que no quería saber ni comentar nada sobre política. Teniendo 2 semanas de vacaciones, había tenido que tomar la decisión de si duplicar mi participación en las redes y escribir más en mi blog, o si dejar todo eso en modo secundario y disfrutar de mi familia, distenderme jugando, y liquidar algunos trabajitos retrasados (como el backup de mi vieja PC). Y había tomado la segunda decisión. Y de ésto pueden dar fe los que me siguen en las redes sociales.
Pero así y todo, no pude evadirme del mal del kirchnerismo ni de los de los “Derechos Humanos”. Seguían las noticias que me llegaban por cualquier canal, y Cristina parecía esforzarse por que volviese, por ejemplo, con medidas como limitar la importación de libros porque “pueden ser peligrosos para el consumidor” (y es cierto, algunos contenidos pueden ser tóxicos para algunos integrantes de ciertas sectas). Parcialmente vencido, entré brevemente a subir algunos links, cuando mi mujer me avisa que había actividad en el jardín de infantes de mi nena (sala de 5 años, aunque ella tenga 4) con motivo del “Día de la Memoria“. Ya había tenido una “muestra gratis” en el cuaderno de mi hija, cuando pedían cuál era su nombre y por qué se le había puesto. No tardé mucho en hilar “identidad” con “memoria” y el 24 de Marzo. Decidí ir, aunque en ese tranquilo estado zen que me había prometido.
Llegamos, nos sentamos en las sillitas de las que ya había hablado años atrás, con los chicos en el piso, y la maestra situada frente al pizarrón con un curioso e improvisado teatro de títeres (una manta con una luz detrás). Comenzó diciendo de cara a los padres algo como “Hoy recordamos cosas sucedidas en épocas terribles para el país, pero que nunca hay que olvidar. Ellos todavía son chiquitos como para explicarles la situación completa, no van a entender todavía ni se les puede hablar a fondo, pero creemos que hay ciertas cosas de las que sí les podemos hablar y afianzar el concepto, como la identidad y el respeto. Por eso, van a ir pasando detrás de la sábana y van a hablar a través de sus títeres (creados por ellos en clases) con un cartelito con su nombre al lado [cartelito que entre los 3 habíamos hecho en casa días antes]“
Yo suspiré a medias porque parecía ser un revisionismo extra-light, los chicos fueron pasando (mi hija estuvo hermosa, por supuesto :-P ) y fueron sucediéndose algunas pequeñeces curiosas. Por ejemplo:
  1. Mi hija pasó primera y cuando la maestra preguntó su nombre para que represente, dijo su apodo (diminutivo de su nombre real); la educadora la corrigió y ella tuvo que decir su nombre completo para que siguiera la obra. Pregunto: ¿acaso el apodo no es parte de la identidad? ¿Si la identidad fuera algo único e irrepetible, no deberían haber dicho también segundo nombre, apellido y DNI?
  2. La escuela a la que asiste mi nena es pública y laica. La maestra dijo“algunos nombres de los chicos provienen de La Biblia. No les dije “Biblia”, sino “un libro”, como para que sepan que algunos pueden tener ese origen“. Ella parece estar confundiendo el significado real de “enseñanza laica”. Que no pueda machacar con cualquier religión ni imponerla a sus alumnos, no indica que no pueda decir realidades reales. Si un nombre proviene de La Biblia, vino de allí y listo, no de “un libro” cualquiera. Uno de sus alumnos tiene un nombre que proviene del Corán, pero ella no pareció notarlo ni mencionarlo, ni siquiera como “un libro”. Respeto e identidad para no-todos…
  3. Uno de los chicos dijo cuál era su equipo favorito, y la maestra animó a los siguientes a que lo dijesen. Me pareció un tanto dual para una obra sobre identidad, porque cuantas más pertenencias tengamos, menos individualidad e identidad propia vamos a tener. Está bien como entretención para cualquier otra obra, pero para una del Día de la Memoria… y más si tenemos en cuenta que ella vitoreaba a los que eran de Boca, reforzando el espíritu grupal al individual.
  4. Un chico tenía verguenza de hablar detrás del telón, y la maestra justificó “y bueno, no importa. Total no vas a ser artista”. Ahí van los sueños de un pibe. Respeto al palo.
Cuando todo parecía haber terminado, la maestra vuelve a decir que a los chicos no se les podía decir la verdad completa porque no estaban listos de manera grupal, pero que los padres podían aprenderla y, si querían, y explicársela a su manera a sus chicos. Con un manojo de fotocopias en la mano, dice que va a hacer entrega de una “carta histórica para comprender mejor lo que pasó“, y recibo un ejemplar de “Carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar“. O sea, la verdad para ella era “la parcialidad de la historia revisionista”, y dejaba en claro que ellos no podían adoctrinar, pero sí te dejaban material para animarte a que lo hagas vos mismo en tu casa. Apenas leí el título debí haber puesto una cara extraña, porque mi mujer enseguida me pasó la propaganda subversiva con cara de “tomá… hacé lo que quieras“, con un gesto que leí en ese momento como una carta blanca para ahorcar a la maestra frente a su alumnado.
Le dí una oportunidad a la fotocopia, y busqué por si había algo también “del otro lado“, pero esa carta era lo único que había. Ojeé al vuelo algunos párrafos (no la conocía), y se hablaba de la inflación en el gobierno militar, falseaba datos en varios frentes, y exponía quejas sobre que les mataban a mucha gente en represalia por la gente que mataban ellos (?!?!). Cosa rara para repatir en un acto de “identidad”, “memoria” y “respeto”. Le pregunté a mi mujer qué podía hacer, no porque no supiera que hacer, sino porque no sabía hasta dónde llegar; no quería iniciar una guerra intelectual en el medio del jardín con todos los chicos, pero tampoco se sentía bien dejar pasar todo. A éste gobierno le dejamos pasar todo y miren dónde estamos…
Había decidido llevarme la fotocopia igual, pero seguía incómodo. Cuando nos tocó el turno de saludar y firmar para retirar a nuestra hija, ví el pilón de fotocopias no entregadas en una mesita. Con mi propia copia apunté hacia la pila y le pregunté a la maestra:
- Disculpame, ¿puedo dejar ésto ahí, no?
- [Sin comprender demasiado] S…Sssi. Pero esa copia es para ustedes, es para que la lleven y lean, no hace falta devolverla.
- Sí, ya sé. Pero… no… igual te la dejo. No… [decía mientras suprimía la catarata de cosas por decirle, y negaba con la cabeza y una cara de "conmigo no, Barone"]
Ahí pareció captar lo que estaba diciendo, aunque no creo que adivinase el por qué. Espetó un “Está bien… está bien… respeto tu decisión… la respeto…” con una cara mezcla de sorpresa y asco fitopaence. Le quedó lindo para cerrar el Día de la Memoria y su idea de “respeto”, aunque supongo que seré tildado de pro-militar en su tonta y/o adoctrinadora cabecita. Me hubiese gustado decirle que hubiese tomado de muy buena gana la fotocopia si venía acompañada por la otra parte de la memoria real, como una “Carta abierta de un civil a un guerrillero” (o algo más personal, como la nunca escrita “Carta de Juan Eduardo Barrios a Montoneros”, chico asesinado por subversivos a sus 3 años de vida), pero era explicarle algo a una maestra que no coteja información o que ya es seguidora de la secta “sólo los militares fueron malos“. O sea, cualesquiera fuera el caso, era para hacer lío sin llegar a nada.
Después nos retiramos y casi me arrepentí de mi decisión. Pude haberme llevado las fotocopias igual y evitar que se adoctrine con ellas a una nueva familia, y usar el tan preciado papel para prender el calefón de mi casa o limpiar las cacas del perro. Además, ya las había pagado por adelantado, ya sea a través de la cooperadora escolar o por los expoliantes impuestos para todos. Pero bueno, no todos venimos con el gen ventajero terrorista dentro…
PLPLE